Mientras escribo este artículo, va saliendo el sol para mostrar a todos los trujillanos los estragos de la lluvia que ha caído por unas tres horas. Y como suele siempre suceder, desnuda todas las debilidades y carencias que la ciudad afronta por décadas. Lo peor es que Trujillo sigue creciendo caóticamente, acentuando las falencias que debieron ser abordar frontalmente desde el Niño del 82-83. En ese entonces, aún no existía Chavimochic, proyecto agrícola que ha cambiado toda la realidad climática y geográfica de nuestra ciudad, volviéndola más húmeda y con cierta regularidad pluvial en los veranos; cada vez es más raro que en la última década no hayamos tenido alguna lluvia de regular intensidad. Todos los ciudadanos se han visto forzados en los últimos años en reforzar techos y habilitar formas de evacuación de agua; se espera que las últimas edificaciones residenciales cuenten con todo un sistema adecuado de evacuación de aguas pluviales. Ya es una realidad. La lluvia que cayó ayer sábado no se ubica en el cuadro de un nuevo Niño. Seguirán incrementándose, sea por el cambio climático, sea por los efectos Chavimochic. Fuera de los dramas individuales o familiares, están los problemas por la escasa o nula planificación adecuada de las autoridades de turno. No existe un plan concreto y global de alcantarillado y drenaje en nuestra ciudad; las calles siguen presentando reparaciones que no contemplan una implementación adecuada, peor aún por el uso frecuente de usos disuasivos para el tráfico, como los rompemuelles que, tras una lluvia, presentan grandes charcos de agua acumulada por horas o días, con toda la molestia que esto causa y con el sostenido deterioro de la capa asfáltica; por eso, es frecuente ver grandes huecos al costado de estos artificios, gracias a la erosión de las aguas estancadas. La preocupación de las autoridades ha sido la de abordar un control de las quebradas, pero la situación de la ciudad en sí deja mucho que desear. Viendo las imágenes que se han difundido a través de las redes sociales, los lugares afectados son casi siempre los mismos. Por ejemplo, desde el Niño del 82 y luego en todas las demás lluvias torrenciales (otros Niños, Yaku, lluvias anticiclón), lugares como la Piscina Olímpica y la Av. Jesús de Nazaret son los “caseritos” del anegamiento y colapso de infraestructura. Es como si las imágenes se fueran replicando. Hay zonas residenciales, como la Urb. Primavera, en la que se prometió un cambio de redes de agua y desagüe, así como una obra de alcantarillado; eso se comentó al vecindario a inicios del año pasado; se preveía la instalación de alcantarillado a inicios de este 2025. Y aún no terminan con las obras iniciales. Lenta agonía. Estas lluvias llegan en mal momento para las campañas electorales de la ciudad y región. Es posible que tengan un fuerte coste político. Aunque en el país de las maravillas en que nos hemos convertido, todo puede pasar.