viernes, 22 de septiembre de 2017

EL VIEJO NUEVO MUNDO: CHAVÍN DE HUÁNTAR



Domingo 10 de setiembre. Nuestro último día en Huaraz y en el Callejón de Huaylas. Ese día, por la noche, regresábamos a Trujillo nuevamente. A la humedad y al frío inclemente que ha estallado en estos días. Sin embargo, nuestra despedida iba a ser un poco accidentada. Decidimos cambiar de servicio de agencia de turismo, pues la anterior nos había fallado en el servicio; así que probamos con la del hotel. Pero…
Nos levantamos temprano para dejar todo arreglado; además nos fuimos al mercado para comprar el pan matutino y unas guaguas que salían frescas y ricas. Además pedimos pagar todo nuestro gasto para que al llegar no tengamos apuro alguno. Dejamos todo listo y lo único que íbamos a tener pendiente iba a ser los quesos que habíamos dejado en refrigeración.  Además ya por la noche iba a comprar un nacimiento para llevar de recuerdo a Trujillo. Tomamos un buen desayuno y esperamos. El tiempo aquí es bastante relativo. Nos dijeron que nos iban a recoger a las 8; pasaron por nosotros a las 9. Y fuimos los últimos; esta situación me hizo montar en cólera, pues nos tocó los peores lugares; de haberlo sabido, hubiéramos ido más temprano y nos hubiéramos ubicado en sitios más cómodos para nuestra última visita de este viaje: Chavín de Huántar.
Con el humor revuelto, salimos hacia nuestro destino. Sentados de manera incómoda nos y tomar la carretera hacia Huari. En el camino bajamos a ver una laguna por un espacio de 10 minutos. Estábamos atrasados supuestamente por nuestro “retraso”. Esa información me sacó más de quicio. Lo mejor que hice ante esta situación fue dormir. No tenía mucho interés en ver la ruta, ni el túnel Kahuish, ni otro detalle. Así que recién desperté faltando poco para llegar a Chavín de Huántar. Gran parte de la carretera está asfaltada, pero inusualmente el último tramo para llegar a este sitio arqueológico estaba bastante deteriorado. La primera vez que fui en 1985, la ruta estaba asfaltada y el tramo del túnel era bastante inusitado: el túnel presentaba rajaduras por las cuales caía agua. En el 2000, el viaje se hizo con un tráfico endemoniado, una fila de buses que se dirigían a las ruinas de Chavín. Y en la última oportunidad, al retornar de la visita a Chavín una vez cruzado el túnel tuvimos delante de nosotros la carretera y los cerros cubiertos de una capa fina de nieve. En esta oportunidad no hubo nada de excepcional. Sin embargo, la visita sí me permitió conocer el nuevo Museo Arqueológico de Chavín. Anteriormente, muchas de las piezas halladas en el complejo arqueológico estaban en una suerte de museo provisional que aún se halla en la entrada a dicho complejo.
Llegamos aproximadamente a las 11 del día; la mañana estaba parcialmente nublada y me temía una lluvia; felizmente no hubo tal. Ingresamos al museo previa compra de la entrada; eso es lo complicado del servicio: el precio del tour no incluye los boletos que hay que pagar tanto para el complejo como para el museo. Algunos turistas estaban desorientados en cuanto a esta situación. Incluso algunos tenían información de que tenían que pagar 5 soles, que luego se convierte en 7. Si Ancash quiere prosperar en este rumbo (y pueden apostar por ello, ya que mueve todos los servicios de ciudades grandes y pequeñas del Callejón) es comenzar a sensibilizar a la gente en cuanto a mejorar la calidad de sus servicios y cumplir con lo que ofrecen desde el horario hasta la visita en sí; deben de especificar qué es lo que incluye el servicio y qué no con el fin de que el turista tenga una idea de los gastos que debe de afrontar. Quizá no afecte tanto a una sola persona, pero para un padre de familia (como uno que iba en el tour con su esposa y dos hijos) puede ser mortificante. Nos juntamos para empezar la visita y esta se hizo con una explicación nada práctica y redundante en detalles poco relevantes. Además muchos de los espacios estaban cubiertos, puesto que las lluvias ya están próximas y hay que cubrir algunas partes para evitar su deterioro. La primera visita en el 85 vi poco del monumento; ahora ya hay más espacios descubiertos. Otro problema que afrontan espacios como estos es el aforo de visitas que hace que algunos espacios sean difíciles de visitar como sucedió con las visitas a las galerías o al lanzón monolítico. Cuando vine en 1993 y 2000 no pude ingresar a ambos lugares. En 2008 y ahora sí pude visitar ambos lugares muy interesantes. El lanzón está aislado y protegido con una mica. Antes te acercabas a él y muchas personas lo tocaban. Algo nuevo para mí fue precisamente una plaza circular que apunta a la galería en la que se halla el Lanzón.  Todo esto se ubica en torno al edificio principal denominado A, en el que se encuentran las galerías, el Lanzón y en las paredes exteriores la única cabeza clava que se halla en su sitio. Aquí hay más información (http://www.arqueologiadelperu.com.ar/chavin.htm). La zona, como todo el Callejón, es altamente sísmica y ha sufrido daños sea por los terremotos o los aludes que afectaron su estructura. El más “reciente” fue el de 1945 que afectó a la población y al sitio arqueológico; aquí más datos (http://culturaancash.blogspot.pe/2014/01/17-de-enero-de-1945-aluvion-en-chavin.html). El sitio no cuenta con una guía escrita o folleto. El último que obtuve fue en 2000. Pena.









Nos fuimos a almorzar en uno de los numerosos restaurantes que ahora hay en la zona. Recuerdo que en 1985, había un solo restaurante cuyos servicios higiénicos eran letrinas. Esos años. El almuerzo fue generoso, una buena trucha al ajo. Espectacular, todo rociado con cerveza. Pena que había artesanales, pues Huaraz es productora de ello. Luego del almuerzo, nos fuimos al Museo Nacional de Chavín, obsequio del gobierno de Japón. Esta visita sí bien merece una misa. Aunque el edificio no es notable y rompe, en cierta forma, con el medio circundante, el anterior sí por lo demás interesante, con una museografía detallada, con piezas líticas que antes se hallaban en el complejo y que ahora se hallan protegidas de la intemperie y del manoseo de los turistas que gustan tocar las cosas. Aquí se encuentran numerosas cabezas clavas que antes se hallaban apiñadas en el museo provisional. Hay maquetas, mapas, líneas de tiempo y una rica información de la cosmogonía de esta vieja cultura. Además la magia de la informática hace una lectura detallada de los principales monumentos de esta civilización con el Lanzón o la Estela Raimondi. Para cerrar esta visita, pasamos por una galería de hombres ilustres que trabajaron y trabajan para desentrañar esta cultura, abriéndola Don Julio C. Tello. Mis respetos para este hombre terco y celoso de su trabajo que mostró al mundo por qué somos el Viejo Nuevo Mundo.











Listos para retornar, nos fuimos a la plaza de armas del pueblo a recoger a una turista alemana, Corina, que estaba más interesada en ver plantas medicinales que ruinas. Antes de salir quise comprar un recuerdo: nadie estaba en el stand de ventas. Problema de una institución pública.  Una vez ya recogida Corina ella nos comenzó a mostrar lo que había comprado. Hablamos sobre medicina tradicional, le conté sobre nuestras usanzas y las famosas recetas de las abuelas, farmacias vivientes que te sacan de todo apuro. Nos enseñó a cantidad de plantas medicinales deshidratadas que había comprado. Para ella era un tesoro impresionante que había descubierto, lo que muchas veces vemos en nuestros mercados y despreciamos por ser “cosa de indios”. Así se descubrió la quinina, la uña de gato, el matico, chancapiedra, un largo etcétera de plantas que son nuestro patrimonio; pero como es cosa de indios… Un  percance en el camino me hizo temer lo peor: el pedal de los cambios se malogró y mis dudas de llegar a tiempo a Huaraz comenzaron a crecer en mí. Sin embargo, yendo en primera y segunda llegamos a esta ciudad a las 7 pm. Nos despedimos de la gente y nos fuimos hasta la plaza de armas. Ahí compré el nacimiento típico de aquí y luego nos fuimos al hotel. Nos quedaban algunas horas más. Salimos a cenar a un simpático restaurante: Trivia. Espectacular. Comer en Huaraz ha sido toda una revelación y debería de figurar en cada guía de viajero: no hay pierde. Y nos quedamos cortos de visitar más sitios para cenar en un lugar tan cosmopolita como se esta ciudad. Cinco estrellas.

Faltando media hora para irnos, nos despedimos de la amable gente del hotel Casablanca y nos fuimos a Moviltours. Trujillo nos esperaba.





martes, 19 de septiembre de 2017

CALLEJÓN DE HUAYLAS: RIQUEZA ARQUEOLÓGICA Y NATURAL



Luego de un viernes agitado, el sábado 09 iba a ser un día más tranquilo. Habíamos decidido no ir a Chavín de Huántar para hacerlo el último día en Huaraz, el domingo 10. Busqué una nueva opción: había pensado ir a Willkawaín y visitar el Museo Arqueológico de la ciudad. La última vez que visité este museo fue en el 2000, hace 17 años. En ese entonces quedé impresionado por todo el material lítico con el que se cuenta. Es un museo injustamente no tan promocionado. De haber sabido que íbamos a salir a las 10 am hacia nuestra visita al sitio arqueológico y natural de Honcopampa, hubiésemos hecho una visita relámpago al lugar. Sí no hubiéramos podido ir a las ruinas de Willkawaín (Wari), pues hay que ir con vehículo (aunque está a 8 km de la ciudad) y amerita una visita detenida de los restos. Casi todo el Callejón de Huaylas tiene vestigios Chavín, Recuay, Wari o Inca. Es un gran parque arqueológico. Eso hubiéramos visto de manera sintética en el Museo Arqueológico. En fin queda pendiente.
Como quedaba pendiente la visita al mercado quedaba al frente de nuestro hotel, nos fuimos a hacer las compras para llevar a Trujillo; así buscamos embutidos y chorizos que estaban a buen precio y había variedad. El día anterior por la noche, en camino a nuestro hotel de retorno a Yungay, hicimos la compra de quesos. Es mejor hacer la compra en el momento: si postergas dichas compras, es altamente probable que al final de cuentas no las hagas. Eso me dijo Olivier en Madrid, cuando veía unos libros de fotografías o cómics, me dijo que los comprase: sabio consejo.
Como íbamos a baños termales de Chancos, pedimos “prestadas” algunas toallas del hotel. El auto (sí, nos fuimos en auto, un error que nos pudo costar caro) vino a recogernos al hotel a las 10 am y nos fuimos a recoger al último pasajero: éramos cuatro viajeros y nuestro chofer que iba a fungir de guía. Tomamos la ruta al Norte como si fuéramos a Yungay. Poco antes de cruzar el río Santa para acceder a Anta, el auto siguió en el margen derecho (mejor sería decir al lado de la Cordillera Blanca) para dirigirnos a nuestro objetivo. Llegamos al poblado de Pariahuanca en pleno ascenso. Según nuestro chofer-guía, íbamos a subir hasta casi 4 mil metros de altura. Íbamos un poco incómodos; sin embargo, la novedad y los nuevos paisajes atenuaban las molestias. Cruzamos muchos pequeños poblados y nos sorprendía la cantidad de jóvenes y niños que regresaban de sus colegios o escuelas. Sábado de recuperación. En la entrada al aún no reconocido parque arqueológico, miembros de la comunidad nos recibieron en la garita de peaje: el señor nos quiso cobrar como extranjeros, pero cuando entre ellos hablaban en quechua, se refirieron de nosotros con la palabra Misti, y les dije que éramos peruanos, solté varias palabras en quechua. De pronto, los demás integrantes del grupo, salvo María, hablaban o entendían quechua: uno su madre era originaria de Huancavelica y le hablaba en quechua; otro, toda su familia venía de Ayacucho; el chofer sí hablaba quechua y yo me defendí con todo el vocabulario que aprendí en Arequipa y en la Universidad Católica en mis clases de quechua. Insólito y sintomático.  Al fin llegamos a nuestro primer objetivo: las ruinas de Honcopampa.





Las ruinas se ubican en una zona de gran emanación acuífera, la napa está muy cerca de la superficie y tiene una vegetación frondosa pero de poca altura. Al preguntarle por el origen del nombre del lugar, aventuró una teoría del nombre y la palabra Junco, pues por la presencia de estas aguas subterráneas, se formaban (ahora ya no tanto) frondosas matas de ichu (pero hubiera sido más lógico Ichupampa). El complejo lítico está en buen estado, podría estar mejor si hubiera un proyecto de restauración. Y hay que apurarse, pues estas ruinas Wari son la delicia de los idiotas que quieren dejar su nombre inscrito en las paredes del lugar. Tienes muchos  nombres sobre las piedras, algunos con pinturas u otros han tallado la piedra para poner sus “recuerdos” de sus acciones estúpidas.


Luego de esta visita, nos dirigimos hacia las cataratas cercanas llamada Yuracyacu (Agua blanca). Estas cataratas son el producto directo del deshielo, por eso sus aguas son bastante frías. Llegamos a un recodo donde dejamos el auto; en ese lugar había un buen grupo de personas que había llegado en buses y muchas personas del lugar que habían llegado para ofrecer sus alimentos a los viajeros. Una vez que nos apeamos del auto y nos preparamos para ir hacia nuestro destino final, nuestro guía nos dijo que íbamos a ascender más y que nos tomaría casi una hora para llegar al lugar. Cuando comenzamos la ascensión, María me dijo que no se sentía del todo bien, así que cuando llegamos a una suerte de pascana en el camino, se detuvo y me dijo que nos iba a esperar ahí. En realidad, fue sensata, pues el resto del camino me hizo recordar la odisea que pasamos en Chachapoyas cuando fuimos a conocer las cataratas de Gocta, caminata que casi se convierte en un suplicio. La marcha se apresuró, pues todavía faltaba un buen tramo para llegar al último destino que era los baños termales de Chancos. Al llegar a las cataratas, tenía ante mí una bella caída de agua fría, por cierto muy fría. Estuvimos un buen rato contemplando la caída de estas aguas, sensación bastante agradable a pesar de parecer un rugido. Quizá sea que este sonido es permanente y genera una sensación de calma y no es un sonido agudo y dañino. Después de todo el discurrir de las aguas siempre causa quietud y es lo mismo que sentí en el oleaje perezoso en la playa de Zorritos o la lluvia que caía en Huamachuco, Cajamarca o Arequipa. Claro que también hay rugidos de agua terribles como los que experimentamos este año en Trujillo con una lluvia torrencial un martes 14 de marzo o siete huaycos que cruzaron nuestra ciudad. En fin.





Descendimos para ya irnos a las aguas termales de Chancos. En el retorno, me adelanté para recoger a María que se había quedado esperándonos. Al pasar por el lugar no la vi por lo que pensé que había descendido al auto. Al llegar tampoco la vi. Retorné al mismo lugar y en el camino lancé varios gritos y ella respondió, se había ido a caminar y tomaba sol con una campesina. Antes de irnos, decidimos comer algo, un rico choclo con papa. Trabamos una simpática conversación y entre chistes fui averiguando algunos costos que en realidad muestran por qué la pobreza y el retraso de estas zonas; por ejemplo, un kilo de azúcar les cuesta a ellos tres soles. La conversación fue por lo demás amena. Al terminar subimos al auto.
El último tramo sí fue una pequeña calamidad. Nuestro guía-chofer tomaba esta ruta por primera vez; y será la última. El jovencito no tenía la menor idea del estado calamitoso en se hallaba este tramo que une Honcopampa con Chancos. El tiempo que le tomó para recorrer tan corto espacio fue excesivo y nos hizo perder buenos minutos que hubiéramos aprovechado para retornar temprano a Huaraz y ver el Museo Arqueológico. Hubo momentos en los cuales todos los pasajeros tuvimos que bajar, pues el auto no podía pasar. Parte de la aventura. En esos momentos, María aprovechaba para recoger semillas de eucalipto para emplearlas como un buen remedio para la gripe o golpes cuando se deja las mismas en alcohol de 90 grados. Nos llevamos incluso hasta una inmensa rama. Las semillas nos acompañaron hasta nuestro retorno a Trujillo.




Los baños termales de Chancos podrían ser una verdadera bendición para el descanso y el relajo. Pero la organización y administración del mismo es un verdadero caos, peor fin de semana. Compramos el servicio para entrar a las cuevas que funcionan como sauna; pero no teníamos una real información. Luego nos enteramos por uno de los acompañantes del viaje que podías esperar hasta una hora para ingresar. Una estafa. Decidimos ir a los baños en sí: otro caos. Tuvimos que actuar de manera bravucona para poder tomar una sala de baño. Y así lo hicimos. Pero una vez ya adentro y con el agua caliente que salía de las cañerías, nuestro humor cambió. Tras 20 minutos de reposo y zambullidas, salimos un poco atontados por el baño, el calor corporal y la sed que nos mataba. Al salir de las instalaciones, nos dirigimos a un puesto ambulante a tomar un reparador jugo de naranja con miel. Increíble. Un baño de vigor y de placer que tu cuerpo necesitaba en esos momentos.
Y así retornamos a Huaraz, vía Marcará (la carretera que habíamos empleado para ir a Yungay el día anterior) ya por una vía totalmente asfaltada. La conversación fue amena. Pensábamos ir al Museo pero tiempo restante era nimio. Así que le pedimos que nos dejase en nuestro hotel para tomar una buena ducha y luego salir a buscar libros de la zona. En realidad, esta es una falencia en la ciudad. No hay librerías, no podemos hallar libros de viajes de la zona para que te puedas informar más y tener fuentes más documentadas. Fuimos a ver al restaurante del día anterior, Chilli Heavens, y la dueña nos contó que había traído un buen lote de libros sobre Callejón de Huaylas y que estos habían prácticamente “volado”. No sería una mala idea traer otro bloque más de libros; pese a internet, aún hay viajeros como nosotros que tenemos necesidad de leer más; por ejemplo, conocer las montañas con sus fotos para que no nos estén diciendo una retahíla de cosas que las vamos a olvidar como pasó con todos los nombres que nuestro primer guía nos dijo.
Por la noche fuimos a cenar con María del Carmen Altuna que había ido a dictar un curso. Cerramos así un segundo día divertido con sus altibajos.


domingo, 17 de septiembre de 2017

ENTRE HISTERIAS Y FOBIAS MEDIÁTICAS (ARTÍCULO DE OPINIÓN DIARIO CORREO DE TRUJILLO DOMINGO 17 DE SETIEMBRE)

La liberación de Maritza Garrido Lecca, fuera del circo mediático que se generó, fue también una demostración de las fobias y frustraciones que arrastra nuestra sociedad y que se desencadenan de vez en cuando en situaciones como estas. Extrapolando todos los elementos y por antítesis, hace recordar la triste historia de Jorge Villanueva Torres, denominado Monstruo de Armendáriz, a quien se le imputó el asesinato de un niño de 3 años en 1954, y que tras la falta de pruebas contundentes, surgió la propuesta para absolverlo póstumamente 60 años después de su fusilamiento. Aunque ambos, Maritza Garrido Lecca (MGL) y Jorge Villanueva (JVT), distan mucho en sus móviles y acciones, pues MGL sí reconoció su militancia política y JVT negó su crimen; las interpretaciones contextuales se les asemejan y, por oposición, los igualan. Ambos representaron o representan grupos humanos débiles en una sociedad como la nuestra clasista y racista: JVT era pobre y negro/MGL es blanca y mujer. El factor raza o sexo dirigió y dirige los sentimientos de animadversión de una población asustada que reclama venganza y permite que estos personajes reúnan todas las características que hagan desencadenar mis temores y mis fobias inconscientes. Mientras que las evidencias del asesinato de JVT eran débiles y se iban cayendo en el tiempo; en el caso de MGL, sorprende que la prensa escrita y hablada haya hecho todo un revuelo circense por su liberación convirtiéndola en una suerte de vedette, sea por su estrato social de origen, sea por haber trasgredido los cánones de mujer atractiva, blanca y frívola. La forma de enfrentar ambos acontecimientos por los medios de comunicación fue cuestionable por su falta de equilibrio, la actitud tendenciosa y la escasa ponderación necesaria para una población desinformada. Uno podría deducir que los medios se ensañan con los más débiles de la sociedad: así los pobres y las mujeres son más propensos a ser convertidos en chivos expiatorios de nuestros miedos y temores. Añadamos nuestras oscuras frustraciones con esta bailarina de la sociedad limeña; esta no solo ha trasgredido la justicia formal peruana, sino que quebró el orden o estatus que le compete a cada persona en la sociedad peruana, sobre todo a una mujer. Su situación se asemeja a la de Adela Quested, personaje de la novela Pasaje a la India de E. Foster, quien por un acontecimiento y su desenlace pasó de heroína inglesa a una mujer defenestrada y humillada por su grupo social. Además, solo comparemos la cobertura de prensa con el caso de la liberación de Lori Beredson, norteamericana ligada al MRTA, quien salió en libertad condicional tras 15 años de prisión.   

Interesante hubiera sido que los medios actuasen con la misma diligencia e indignación frente a los escandalosos indultos o liberaciones de probados delincuentes y de gente ligada al narcotráfico; o el reciente asesinato de 6 campesinos en Ucayali por posesión de tierras.

sábado, 16 de septiembre de 2017

ENTRAÑAS DEL PERÚ VIEJO: HUARAZ, CARAZ, YUNGAY


El viernes 08 de setiembre fue el inicio del reencuentro con una de las zonas más atractivas y entrañables del Perú: el Callejón de Huaylas. Personalmente, quería sacarme el clavo del sinsabor de algunos hechos del viaje anterior, sobre todo por los servicios contratados. Con María ya habíamos acordado hacer una visita a uno de los lugares más cargados de belleza, historia y tragedia. Salimos el jueves 07 por la noche vía MovilTours. El viaje fue tranquilo (no tanto para María) y llegamos a Huaraz a las 6 de la mañana.
Teníamos una reserva en el Hotel Casablanca. Al llegar siempre hay gente que te ronda, pululan para cazar al turista desprevenido. Bueno, nosotros dos fuimos esos turistas desprevenidos que nos tomaron al paso para poder comprar paquetes turísticos. Compramos el primero que nos iba a llevar a Llanganuco, Yungay y Caraz. Ni modo. Nos dirigimos al Hotel Casablanca que queda frente al Mercado Central de la ciudad y pensábamos que eso iba a ser un factor en contra. Pronto nos daríamos cuenta          que no iba a ser así. Lo malo del día fue la jugada que nos hizo el tipo de la empresa de turismo al endosarnos el costo del taxi. Luego se lo cobramos. Nos instalamos en el hotel; en un primer momento estuvimos en el tercero piso; luego nos acomodarían en el primero. Ese día acaeció el sismo de México e hizo que los huaracinos comiencen a hablar sobre la necesidad de organizar simulacros en caso de un fuerte sismo y, sobre todo, de un posible aluvión, como el que los afectó en 1941, matando a más de 1500 personas, quizá más (http://huarazinforma.pe/archives/2346).  Nos fuimos a tomar un suculento desayuno. Lo simpático del momento fue enseñarles a esa amable gente a hacer huevos escalfados (ese sería parte de nuestro desayuno los siguientes días). Como no venían a recogernos, nos dirigimos a la empresa 69 Tour en plena avenida Luzuriaga para irnos de paseo. Nos tocó un guía de lo más rayado, era un parlanchín y contaba muchas anécdotas. Bueno, con un lugar así, entre terremotos, avalanchas y escaladores suicidas, tienen mucho qué contar. Salimos más o menos a las 9 y 30 del día hacia el Norte del Callejón. Pasamos varios pequeños poblados, el aeropuerto de Anta y llegamos a Recuay. Hicimos un alto aquí para una breve visita a los servicios. Estuve en esta zona en 1993, en 2000 y en el 2008, este último año de visita con Melissa y Gustavo. La zona ha cambiado mucho, sea por la presencia de las minas, sea por el intensivo turismo que reciben. Recuerdo en mi primer viaje por estos lugares en 1985: las ciudades eran pequeñas y desoladas; ahora son más grandes, con más movimiento y con diversos servicios que anteriormente carecían. Terminada la breve visita, comenzamos la real visita con la ciudad de Yungay. 


Antes, por la ruta, vimos a la distancia la cueva del Guitarrero, uno de los lugares arqueológicos más antiguos del Perú y Sudamérica (10 mil años). Este lugar merece una vista. De Yungay, no recordaba en impresionante paisaje que ofrece a los lejos la posición del cementerio, construcción que sobrevivió al terremoto del 31 de mayo de 1970. Ese sismo borró del mapa a la ciudad, y solo el cementerio y parte del estadio (donde se hallaba un circo chileno que ofrecía una función gancho que permitió salvar a muchos niños de morir) no quedaron cubiertos por la avalancha de hielo, piedra y lodo que destruyó completamente la ciudad. La zona es un gran camposanto lleno de pequeños y grandes mausoleos que honran a los miles de personas que quedaron sepultadas aquel 31 de mayo. Pero el desastre se “huele” por la zona; cerca a Yungay está Ranrahirca, pequeño poblado que ha sido arrasado varias veces por aluviones. Ese 31 de mayo también le cupo ese triste privilegio; pero el más grave fue el 1962, que mató a más de 2 mil personas en este poblado. La belleza va a acompañada de muerte por estos lares. (http://yungaynoticias.blogspot.pe/2013/01/aluvion-de-ranrahirca-10-de-enero-1962.html). La visita a Yungay se inicia con el imponente cementerio, sobreviviente de la catástrofe del 70, aún en uso y que ofrece una espectacular vista del Huascarán, el nevado más alto del Perú. Con razón, Antonio Raimondi llamó a Yungay “hermosura”. El cementerio ha sido restaurando, pues algunos de sus cuarteles se vieron afectados con la caída de sus paredes y nichos. El monumento contaba con 5 anillos, dos de los cuales de la parte inferior fueron destruidos por la avalancha. La primera vez que fui en los 80, el lugar aún permanecía desolado. Lo recorrimos rápidamente, pues solo se podían percibir con claridad las pocas palmeras quedaron en pie después del aluvión, parte de la catedral y una que otra cosa. En esta oportunidad, pude ver la tumba del arquitecto suizo que planteó y edificó su proyecto.  A medida que he ido retornando al lugar, he visto crecer un hermoso jardín de rosas y otras flores, además la edificación de varios mausoleos (algunos conmovedores), la aparición de más restos y, lastimosamente, la muerte paulatina de las palmeras que quedaban. Nuestro grupo se detuvo en algunos lugares, pero estuvimos un buen tiempo frente a los restos de la catedral para que el guía que era uno de los hijos de los sobrevivientes nos reproducía los detalles cómo la iglesia había sido literalmente demolida por las grandes piedras que caían como lluvia sobre la ciudad al haber chocado la avalancha con un pequeño cerro que había protegido a Yungay en el aluvión de 1962. Esta vez fue prácticamente su verdugo. El guía vendía un documental que filmaron unos japoneses que se hallaban de visita en la zona y presenciaron el desastre. Aquí hay más referencias del terremoto que quedará en la memoria de toda esta gente y todos los peruanos que vivimos directa o indirectamente esta tragedia, pues millones estábamos a la expectativa de la inauguración del  Mundial de Fútbol en México (http://rpp.pe/peru/actualidad/terremoto-1970-revisa-las-imagenes-de-la-tragedia-que-azoto-yungay-noticia-802657). Este fue un desastre que movilizó a mucha gente del extranjero, incluso algunos murieron aquí. Por esos días, en los diarios se narraban historias tristes y dolorosas. Pero la respuesta fue rápida, positiva y efectiva (https://www.youtube.com/watch?v=u66MLQU7Whg).



Una vez terminada la visita a Yungay, tomamos el  bus para enrumbarnos hacia la laguna de Llanganuco en el Parque Nacional del Huascarán. La carretera no está pavimentada, así que el ascenso fue un poco lento. Pero daba la oportunidad para ver el imponente paisaje de saber que estás subiendo las faldas de montañas nevadas como el Huascarán o el Huandoy. Llegamos a la laguna, ahora sí con una vista maravillosa. Cuando estuve en el 2008, la niebla y la lluvia no dejaban ver bien el paisaje. Pero cuando vine en 1985, la zona estaba sola, sin un alma; fuimos cuatro amigos de la Universidad y recuerdo que me decían que me iba a quedar embobado con el color de las aguas. Y no dejaron de tener razón. María y yo estuvimos deambulando y viendo los quenuales, los zorzales, las aguas frías y bellas, una llama que estaba en el lugar. Todo era perfecto. Y antes de ir a almorzar, nos comimos papa con cáscara (delicia desperdiciada por el prejuicio de pelarla) y cachanga como las que hay en Huanchaco. 




Luego de casi una hora de permanencia iniciamos el descenso para ir a Caraz, “Dulzura”. Nos detuvimos en el camino para almorzar. La zona es prodigiosa en maíz y papa. Tratamos con unos chicharrones. El frío y el trajín nos dieron hambre, pese a la altura. Nuestro almuerzo estuvo rociado de una cerveza; lástima que no tuvimos alguna local, ya que Huaraz tiene buena producción de cerveza artesanal.
De ahí nos enrumbamos a Caraz; llegamos al promediar las 5 de la tarde. Nos llevaron directo a una tienda que vende dulces. No teníamos mucho ánimo ya; nos llevaron a la Plaza de Armas. Aquí estuve en 1985, la plaza estaba desolada; ahora es bastante diferente. Con el fin de levantar nuestro cansancio nos fuimos por un café. Caraz es un lugar simpático. 


Tomamos nuestro bus para regresar a Huaraz a una hora prudencial pues aún faltaba una pascana: Tarica, un pueblo de artesanos. Debido al malestar de una niña, nuestra pausa fue breve. Sin embargo, tanto la abuela como el padre estaban desesperados por hallar un huevo de gallina para frotárselo a la niña para el “mal del susto”. No seguí este evento, no sé si le frotó el huevo; pero María me comentó que la niña tuvo una repentina mejoría. Este tema sería abordado el último día con una alemana y también el último día compré un bello nacimiento huaracino hecho por los artesanos de Tarica.
Regresamos a nuestro hotel, nos pegamos un buen duchazo y salimos a cenar. Huaraz es una ciudad totalmente reconstruida. Queda poco de todo gran patrimonio colonial y republicano que había en toda la zona. El sismo de 1970 tiró abajo muchas iglesias y bellas casas. Lo que no cayó ese día, fue después demolido. Aquí un documental que muestra lo bello que era ciudad (https://www.youtube.com/watch?v=iNLVXFqDpnY). Pero, Huaraz se ha convertido en la meca del andinismo y esto ha permitido algunos servicios gastronómicos de calidad. En mi anterior visita con Melissa y Gustavo fuimos a cenar al Chilli Heaven en víspera de año nuevo. Fuimos con María y no nos arrepentimos. Fue tan buena la cena que decidimos repetir nuestra estancia al día siguiente.

Fin de nuestro primer día.