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Trujillo, La Libertad, Peru
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domingo, 2 de junio de 2024

ANTICIUDAD (ARTÍCULO DE OPINIÓN DIARIO CORREO TRUJILLO 02 DE JUNIO

 


Conversaba el otro día con una amiga que está usando una silla de ruedas para su recuperación. Me comentaba con bastante desasosiego todas las vicisitudes que tiene que pasar para desplazarse por una ciudad que es hostil no sólo para las personas que tienen una discapacidad, sino para el ciudadano en general. Personalmente tuve una vez la necesidad de usar una banda yeso en un pie con un calzado especial para poder desplazarme y hacer mis labores cotidianas, y fue una dura experiencia. Pero, cuando uno está en esas condiciones, identifica rápidamente a una gran cantidad de personas que están pasando la misma experiencia de recuperación cuya movilidad era muy penosa. La empatía, palabra clave, aparece en uno cuando vive una experiencia radical. Para mi amiga, desplazarse por instalaciones internas (casa, oficinas, tiendas) es penoso, uno puede imaginarse el calvario que es desplazarse por la ciudad. Con las veredas rotas, calles con huecos, escasa señalización y choferes salvajes que no tienen el menor respeto por el peatón; salir a la calle en esas condiciones se convierte en un acto temerario. Recientemente vi a una mujer con una pierna amputada acompañada de su pequeño hijo sorteando huecos de aceras y calles: un verdadero drama al cual le era indiferente a la mayoría de peatones. Un triste ejemplo es el ingreso al Hospital de Alta Complejidad al que iba con frecuencia para el tratamiento oncológico de mi madre. Nuestra ciudad se ha vuelto lentamente en un lugar agreste para sus habitantes. Y pareciera que sus autoridades son enemigos contumaces que se esfuerzan por hacerla cada vez más hostil y desagradable. Hace dos semanas escribí sobre el problema que se ha generado en el cambio del sistema de agua y desagüe por una mala comunicación y algunos ejemplos de intervenciones en otras partes de la ciudad que son como pesadillas que podrían ocurrir, caso Huerta Grande. Como comenté en ese artículo, es bueno y necesario hacer mantenimientos de redes tan vitales como el de agua potable; pero, los anuncios y monitoreos no han sido los adecuados y un ciudadano con muletas comentó que esa situación era una verdadera pesadilla personal. Y también están los malos ciudadanos que invaden espacios públicos de tránsito peatonal que entorpecen el desplazamiento seguro de las personas. Hay zonas en el centro en las que se puede ver aceras ocupadas por muebles u objetos que obligan al peatón a tener que bajar al pavimento con el riesgo de ser atropellado, conociendo la vesania de algunos conductores, públicos y privados, para manejar sus vehículos. ¿Existen políticas claras, consensuadas y coercitivas del manejo de una ciudad caótica como Trujillo? Todo apunta a que no, pues lo que vemos diariamente es un caos; cada uno sobrevive como puede. Hace años, Marcela García organizaba eventos para proyectar una ciudad vivible. No sería una mala idea volver a convocar a diversos actores relevantes de la ciudad para velar por ella.


domingo, 24 de abril de 2016

TERREMOTO PARA DESNUDAR NUESTRA SOCIEDAD (ARTÍCULO PARCIALMENTE PUBLICADO LA INDUSTRIA DOMINGO 24 DE ABRIL)

Los desastres naturales son un reto permanente para la humanidad. Los hombres los han estado estudiando por siglos para aprender a convivir con ellos y, en situaciones extremas, reducir la mortandad en los lugares que sufriere uno de ellos. La geografía física del planeta no es estable y el hombre busca las formas y métodos para atenuar las consecuencias cuando los cambios geográficos se tornan violentos y sorpresivos. Erupciones volcánicas, terremotos, maremotos, inundaciones; diversos fenómenos naturales que han exigido al hombre aprendizajes forzosos y dolorosos. Y uno de esos aprendizajes se ha convertido en la seguridad.
La seguridad es la ausencia de peligro o la sensación de confianza que tenemos por algo o alguien. La seguridad la vamos obteniendo a través de la educación, así como, las acciones que hacemos y que se convierten en medidas y sistemas de seguridad. La población de lugares de alto riesgo termina por desarrollar una cultura preventiva con el fin de minimizar las consecuencias de un siniestro. Esto sería lo ideal.
Hay desastres naturales más allá de toda prevención y cuyas consecuencias son desastrosas y mortales. Como los históricos terremotos de Lima de 1746 o el de Lisboa en 1755,  o el caso más reciente de Japón de 2011. Sin embargo, la naturaleza humana suele perniciosa contra sus mismos congéneres y el afán de lucro está por encima y sus efectos mortales son más efectivos que los desastres en sí. Los ejemplos son de los más diversos y están muy ligados a la corrupción. Veamos dos casos: construcción en zonas riesgosas, zonas que han sido designadas como inhabitables por ubicarse peligrosamente en cauces de ríos secos o ex pantanos desecados irregularmente son ofertados como espacios urbanizados. No es raro que ante la proximidad de un nuevo fenómeno de El Niño, los medios informativos eleven reportajes advirtiendo del inmenso peligro que corren poblaciones en zonas altamente vulnerables y que no se toman medidas drásticas, sino a la espera de una desgracia mayor para recién actuar. Muchas de estas situaciones se han generado a vista y paciencia de autoridades coludidas con inescrupulosos traficantes de tierras, cubiertos con el manto de “empresarios”; la sociedad ante esta situación calla y culpa a las fuerzas de la naturalezas o divinas.

La otra está dada en el boom de la construcción que no ha sido puesto a prueba a la fecha. Es una situación bastante temeraria. Hagamos un poco de historia: en el terremoto de 1746, Lima se vino prácticamente abajo. El virrey José Antonio Manso de Velasco, Conde Superunda (sobre las olas por el terrible tsunami post terremoto) tuvo la triste misión de reconstruir Lima y Callao; pero el poder de los ricos y de la iglesia impidieron que Lima tuviese un plan coherente de reconstrucción. Diferente fue Lisboa quien tuvo a Sebastião José de Carvalho,  Marqués de Pombal, la misión de reconstruir la derruida ciudad; y este actuó con criterio científico por encima de poderosos y clérigos. E hizo una Lisboa planificada y reconstruida con un concepto de equilibrio y seguridad. En el terremoto de 1974 en Lima, nuevos edificios de concreto colapsaron pese a tener el sello de antisísmico. Queda la pregunta generada por la triste experiencia vivida por nuestro vecino Ecuador: ¿sobreviviría nuestra ciudad a un sismo de tal magnitud? Cierto es que cada sismo tiene su “identidad”; pero las fuerzas destructoras se pueden confabular con la corrupción humana. En los terremotos de Taiwán, las caídas frecuentes de edificios familiares muestran la cruda perversión de constructores: las bases de los edificios estaban rellenas de tapas de gaseosas. En un país en que los criterios de calidad se han relajado tanto para permitir el boom económico y sobrevivir a la informalidad, salta la pregunta: ¿cómo estarán las bases de los numerosos edificios familiares? Quizá, y espero equivocarme, pueda ser un temor infundado. Pero el día que Trujillo pase la dura prueba, de pasarnos algo, esperemos que no sea la acción humana la que nos cause daño.