lunes, 29 de diciembre de 2008

GUAÑAPE, ISLAS ALUCINANTES



El mar siempre es una atracción fascinante. Su inmensidad te apabulla, pero el sonido te arrulla y permanentemente te evoca que descendemos de su seno y que (¡qué duda cabe!) somos gran parte de nuestro cuerpo, líquido. Pero en nuestra evolución, nos hemos convertido en seres terrestres y, por esa voluntad de la naturaleza, tendemos buscar pedazos de tierra en el inmenso mar. La figura de la isla adquiere muchas dimensiones en la vida del ser humano, tanto como aislamiento así como salvación.
En mi vida he tenido oportunidad de estar en algunas islas tanto en Perú como en otras latitudes; estuve en Tequile en el Titicaca, en Isla Blanca en Chimbote; en algunas islas griegas como Egina, Poros e Hidra. Viví dos meses en la isla de Borholm en el Báltico. La sensación de estar rodeado de mar es muy ambigua. Personalmente, amo tierra firme y estar rodeado de esa gran masa de agua me genera un poco de inseguridad y una suerte de aislamiento. Pero ver los contornos de la isla, sus costas son siempre una grata visión y una sensación de acaricia, ese encuentro entre agua y tierra.
Había escuchado de estas islas, pocas para el vasto mar que tiene nuestro país. Me habían comentado de Macabí. Tenía unas fuertes ganas de ir a conocer estas islas guaneras. De repente surgió una excelente oportunidad. En enero del 2006, Christian, el entonces director de la Alianza Francesa de Trujillo, hizo contactos para hacer este inesperado viaje a las islas nombradas. Nos fuimos un sábado a Puerto Morín, nuestro punto de partida; en realidad no sé por qué le dicen "puerto", puesto que no hay ningún muelle o algo por el estilo, por lo que uno debe suponer que la partida la hicimos con un bote que estaba en la orilla; ahí empezó la locura; subimos al bote y el pescador empujó el mismo mar adentro, una vez más internados, prendió el motor para ir avanzando hacia nuestro objetivo; estábamos adentrándonos en el ensenada y a lo lejos veíamos Cerro Negro. Grandes y numerosas bandadas de pájaros surcaban el aire, algunas tan cerca de nosotros que podíamos tocarlas: gaviotas, zarcillos, pelícanos (¡qué elegante vuelo!), nos íbamos dando una idea de lo que íbamos a ver; no nos olvidemos que estas islas son guaneras, plagadas de aves por doquier. Llegamos a la primera pequeña isla (en realidad un gran peñasco) y nos encontramos rodeados de lobos marinos, todos juguetones. Nos contaba nuestro guía que ciertas temporadas llegaban las orcas para darse un festín con ellos o los pingüinos de Humboldt. Quise lanzar un pedazo de galletas pero me detuvieron, iba a romper el ciclo de acciones que los animales hacen en su búsqueda de alimentos, los iba a malcriar. Me puse en mi sitio, tienen toda la razón.
Llegamos a la mayor de las islas a una suerte de atracadero; había dos formas de subir, Vania y yo optamos por subir por la escalera de nudos; Melissa, Orietta, Christian, su chofer y su cocinero esperaron atracar el bote para poder descender. Una vez en tierra firme comenzamos a recorrer las instalaciones de la compañía guanera. Vimos comedores, sillas salitrosas, reposteros y en su interior vajilla inglesa bella pero deteriorada. Además vimos algunos archivos en cajas, algunos de los cuales son de 1963.
Salimos de las instalaciones (que son usadas cada dos años cuando se ha acumulado cierta cantidad de guano) y fuimos a ver la isla en sí: es grande. Vimos cantidades de aves y nos dirigimos a una cueva grande, en la entrada veías restos de aves muertas y varias agonizantes y con defectos físicos o accidentadas (alas o patas rotas). Era una suerte de cementerio de aves.
Seguimos caminando, bastante cubiertos nuestros pies e incluso la boca de los pantalones bajo las medias para evitar que ingresen bichos. Al acercarnos a la zona de los nidos de las gaviotas, estas se pusieron bastante alteradas. Por un momento recordé LOS PÁJAROS de Hitchcock y temí que estas lindas avecillas se pusieran agresivas. Había miles de aves, fuimos por un sendero muy estrecho y llegamos a una suerte de precipicio. Esta caminata nos hizo descubrir pequeños recodos que funcionaban como playitas secretas, escondidas. Bacán.
Regresamos a comer algo ligero y vimos que algunos bichos estaban adheridos a nuestras ropas.
El retorno fue también alucinante; parecía que las aves que habían ido con nosotros hacia las islas también hayan optado por regresar. El cielo estaba cubierto de ellas.
Al llegar a la orilla se nos complicó un poco la cosa. Una frenada en seco e irnos un poco con el oleaje en la orilla nos mareó un poco. Melissa casi cayó, pero su agilidad de gata no le hizo perder el equilibrio. Nos sacamos los zapatos para poder saltar al agua y empujar el bote.
Una vez en la orilla buscamos algo para comer. Mala suerte. Tuvimos que irnos a Trujillo. Pero el sabor y olor de mar nos persiguió una semana.

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