domingo, 7 de diciembre de 2008

CUAL MÁGICO SUEÑO DE ESTAMBUL



Estambul. Ciudad soñada, mágica, puente de dos mundos tan lejanos como cercanos. Constantinopla, la ciudad de Constantino, el grande.
La decisión de ir a esta ciudad fue de lo más arrebatada. Irene y yo estábamos con la idea en la cabeza de ir a Turquía a como dé lugar. En Atenas fuimos a la embajada a hacer la gestión. Nos habían estafado con la compra de los boletos de avión, pero eso no impedía que fuéramos a rescatar a la mágica ciudad de los infieles. Luego de la partida de Gabriela a Israel, Irene y yo nos decidimos emprender nuestro viaje a tierras exóticas (aunque como trabajábamos en Israel, poco nos sorprendía). Nos fuimos en Líneas Áereas Turcas, ya en el aeropuerto de Atenas nos íbamos a topar con nuestra primera sorpresa: nuestras reservas no estaban hechas. En el mostrador de la compañía, pugné para que nos pusieran a los dos en el vuelo; además teníamos poco equipaje, ya que había un grupo grande de turistas alemanes y belgas con inmensas maletas que querían ir también; ellos eran casi 20; nosotros, dos; la azafata no dudó más y nos puso en el vuelo. Con casi una hora de duración, era la primera vez que oía turco: insólito para mí, quería hallar palabras comunes o identificables. Nada. El aeropuerto de Estambul, Atatürk (casi todo se llama así en megahomenaje al líder que "occidentalizó" Turquía, incluso cambió el alfabeto) era una locura, veías gente de todo tipo de traje.
El tipo de la agencia nos recogió del lugar y nos llevó en su auto. Cruzamos calles, avenidas, todas semicubiertas por una niebla que me hacían recordar a la lejana Lima; pero los grandes monumentos de Lima que se ven de manera difuminada son las iglesias, aquí las mezquitas. Pronto cruzamos las imponentes murallas construidas por Constantino para defender la ciudad, allá a los lejos se veían cientos de minaretes. Un sueño.
Luego nos llevó a nuestro hotel; al momento de registrarnos y al ver nuestros pasaportes pasamos a ser personajes muy raros: una costarricense y un peruano, creo que algunos de los hoteleros esperaban especímenes bastante raros. Cuando les hablé en alemán (idioma muy frecuente aquí) uno de ellos soltó una pregunta si en Perú el idioma es el alemán: francamente me sentí todo un bicho raro. Teníamos que acomodarnos rápido para ir a Topkapi y luego al mercado, el cual llaman con una palabra que por fin identifiqué: BAZAAR.
Todavía noqueado por la belleza de lo que veía fuimos primero a la Mezquita Azul. Impresionante. Luego de almorzar íbamos a ir a Topkapi. 

Antes de terminar esta primera narración de mi encuentro con esta bella ciudad, quiero contar una simpática anécdota cuando fuimos a nuestro restaurante: el guía nos señaló el lugar para ir y teníamos que cruzar una avenida amplia y muy transitada (el nombre no recuerdo, ni lo recordaré), íbamos algo de 10 personas del paquete turístico. Irene y yo sorteamos con facilidad los autos y llegamos a la otra berma, mientras los otros se desesperaban por cruzar. El haber cruzado varias veces la avenida Abancay en Lima me había hecho ducho en la materia, una avenida así no era sino un pequeño desafío; para los otros, era el fin del mundo. Tuve que ayudar a un par de estos europeos que se negaban a cruzar. Muy gracioso.

Publicar un comentario