martes, 2 de diciembre de 2008

BIENVENIDOS AL ESTE DE EUROPA




Este texto fue escrito por un ex-alumno mío, Luis Escobedo. Ma parece muy interesante su experiencia en un país como POLONIA.


Luego de un año en los Estados Unidos y seis años en Alemania decidí venir a vivir a Polonia. A mi salida de Alemania, más de una persona me preguntó sorprendida por qué es que luego de vivir en países tan desarrollados, elegía un país que a su parecer no estaba en el mismo nivel. Dado a que mi elección no se dio de la noche a la mañana, a un mes de cumplir mi primer año en la ciudad de Varsovia, suficientes razones no sólo me mantienen ligado a la cultura polaca sino que día a día reafirman que dicha decisión fue correcta y oportuna. Correcta porque en tan poco tiempo ya me siento tan integrado a esta sociedad que me costaría mucho dejarla algún día y oportuna porque Polonia es un país europeo que no ha tocado techo aún. Luego de su independencia del régimen comunista y, más tarde, su integración a la Unión Europea (EU), la economía polaca ha estado creciendo a pasos acelerados, alcanzando un buen nivel de estabilidad política y ejercitando una fuerte inversión pública. A través de la presente crónica trato de mostrar mis impresiones sobre la vida en Polonia, como parte del Este de Europa, después de mi primer año en este país, poniendo énfasis en los factores que la hacen atractiva desde el punto de vista de un peruano. Del mismo modo, busco brindar una visión general de la situación de la Polonia post-comunista.

La región del Este de Europa siempre me pareció un lugar indefinible. Desde que tengo uso de razón, mi opinión sobre ésta no era tan distinta a la de algunos otros peruanos. Prácticamente se resumía en un juego de términos claves: herencia comunista, ciencia y tecnología, altos niveles de pobreza, pesimismo, muy bajas temperaturas y un excesivo consumo de vodka. Durante los tres años que pasé viviendo en un campo universitario en el norte de Alemania, tuve la oportunidad de verificar si es que aquella impresión que tenía de esta región era certera ya que más del 50% del alumnado provenía del Este de Europa. En efecto, en ciertos aspectos no me equivoqué.

Especialmente en las carreras de ciencia, los que ocupaban los primeros puestos solían ser del Este de Europa. Evidentemente, muchos de ellos, cuyos padres normalmente eran subempleados, provenían de una situación económica comparable a la de una familia peruana de clase económica media baja, y tan sólo un número insignificante de ellos venía de ciudades grandes. De cualquier manera, su nivel académico era tan elevado y el deseo de dejar a sus países en busca de una mejor vida tan determinado que la mayoría de ellos había llegado a estudiar a Alemania con beca completa. Además de su potencial académico, otro aspecto en el que no me equivocaba era el pesimismo que caracterizaba a una gran mayoría de ellos. Contaban con la gran habilidad de realizar un trabajo impecable bajo presión, pero no se sentían capaces de crear algo que les hacía falta o de innovar aspectos con los que estaban en desacuerdo. Sin embargo, cuando se trataba de festejar, el ambiente de jolgorio que esta gente era capaz de generar es simplemente incomparable. Docenas de botellas de vodka eran vaciadas en cada jarana.

Aunque mantenía en cierta forma mi vieja opinión sobre el Este de Europa, a través de los años, nuevos aspectos característicos de su gente fueron dándole una forma más elaborada a dicha perspectiva, así como hacían cada vez más evidente las diferencias entre los países de la región.

Hace un par de años, fui invitado por amigos míos a visitar su tierra natal: Polonia. Cruzar en automóvil la frontera entre Alemania y Polonia fue muy interesante. Salía de un país con un sistema de seguridad social, de salud y vial que se encuentra entre los más avanzados del mundo para entrar a una realidad totalmente distinta: la frontera estaba llena de kioscos vendiendo cigarrillos a mitad de precio; campesinos en puestos improvisados vendían pepinillos encurtidos a granel; restaurantes con mesas cubiertas con manteles de plástico y decorados con espejos y floreros con plantas artificiales ofrecían menús a precios equivalentes a los de mercados zonales en el Perú; y encima de todo, la deteriorada carretera no contaba con alumbrado público pero sí con un número de cruces alumbradas en memoria de fallecidos en accidentes automovilísticos. Hasta entonces, a algún lugar me recordaba todo esto.

Al llegar a la ciudad de Olsztyn, con la ayuda de amables transeúntes, y abrir el grifo del lavatorio de la cocina para servirme agua, los dueños de la casa en la que me hospedaba se acercaron a mí diciendo: “no tomes agua del grifo a menos que haya sido hervida o purificada; mucho mejor si es que viene de un bidón de marca.” En ese momento, mi reacción fue: “Aquí me quedo.” Y, en efecto, mi siguiente visita a Polonia fue para entregar mis documentos de postulación para una maestría en Varsovia.

Las causas del impacto que tuve durante mi primera visita a Polonia y que hicieron que me enamorara de ella, eran justamente las razones por la que mis ex compañeros universitarios habían dejado el Este de Europa en busca de algo que a su parecer es superior. En cierta forma, no se equivocan. Y es que luego de vivir en Varsovia por algunos meses me he dado cuenta de que aquí los estándares de vida son comparables a los de cualquier lugar en Europa Occidental, mas en el resto del país sucede lo contrario. El acelerado crecimiento económico dado por el desarrollo de la industria polaca, la fuerte inversión pública y privada, el dinamismo del consumo interno, y el significativo apoyo de la Unión Europea se reflejan en Varsovia a través de un eficiente sistema vial, modernos edificios, grandes centros comerciales, discotecas y restaurantes ostentosos, entre otras cosas. Sin embargo, la pobreza y el desempleo aún colman de pesimismo a las ciudades pequeñas y pueblos as en el resto del país. Bartek, mi compañero de departamento, constantemente me repite: “Varsovia no es Polonia; es simplemente el emporio de la gente más ambiciosa del país con una buena vara o con un buen financiamiento inicial.” Es así como mis ex compañeros universitarios, quienes no venían de ciudades grandes como Varsovia y solían vivir bajo un ingreso familiar insignificante, dejaron sus tierras en busca de una vida mejor.

En conclusión, a pesar de las deslumbrantes cifras macroeconómicas, en Polonia hay mucha tierra por labrar. Y es así como, al mismo tiempo, doy a entender el porqué de mi gran atracción por este país. Mientras aprovecho al máximo las ventajas de su sistema educativo de alto nivel y, por una menor cantidad de dinero, vivo en mejores condiciones que en Europa Occidental, me doy la oportunidad de ser partícipe del proceso de desarrollo del país. A esto se suman el particular arraigo a las tradiciones y creencias; el fuerte apego a la familia, pareja y amistades; la expresividad emocional y la alegría de vivir de la gente; la gran aceptación de lo foráneo; y la inmensa generosidad que caracteriza a los polacos.

Spotkamy sie w Polsce![1]
[1] En Castellano, “Nos vemos en Polonia!”
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