sábado, 6 de diciembre de 2008

PRAGA, EL CIELO (1)

Uno de los viajes de mi vida que nunca olvidaré es el que realicé a Praga en abril de 1990. Fue un viaje medio planeado, medio a la deriva; pero le puse toda la voluntad para que se haga realidad.


Vacaciones por Pascua (para nosotros, Semana Santa). Por suerte, en Israel tuve un par de semanas de vacaciones, ya que era Pessah (Jesús celebraba pessah, cuando fue capturado). Dan Levy, el coordinador en el colegio en el cual trabajaba en Israel, me había conseguido 3 fechas simpáticas para ir a Budapest, ciudad en la que había vivido su juventud. Los pasajes de Malev ya estaban copados; sólo quedaba ir vía Viena. En un buen vuelo de Austrian Airlines (se comía bien), llegué a Viena (bella) y me puse a planificar mi viaje por tren a Budapest (escribiré sobre ella en otro momento). Ya en Budapest, viajar a Praga por tren no era caro; había llegado a los países del Este europeo en momentos de cambios de régimen político y económico. Todo era barato, el mercado negro era fuerte en Budapest para cambiar florines a dólares o viceversa; además todo lo que es arte y cultura (libros, discos) era barato por política de estado; felizmente esa secuela quedó y podías comprar libros maravillosos (de fotografía o arte) al precio de un dólar. Era increíble. Ahora me dicen que esos libros costarían en la Budapest actual algo de 35 a 40 dólares. Sociedad del libre mercado, le dicen. Ante esta realidad, ahorré mucho dinero que pensé podía gastar; había estado previamente, durante el mes de febrero, en Egipto (país relativamente barato) y los gastos comparativos entre El Cairo y Budapest eran abismales. Comías bien, ibas a espectáculos por poco.
Así pues, busqué comprar mi pasaje por tren a Praga y dirigirme a la embajada checa para conseguir mi visa. Todo estaba listo. Salí a la medianoche, me despedí de los amigos que había hecho en esta bella ciudad y me enrumbé hacia el sueño.
Llegué a Praga a las 10 de la mañana aproximadamente. Tal como había comentado inicialmente, no había hecho nada de reservas. Subí a un tranvía desde la estación de tren y traté de contactarme con una joven pareja de checos, traté con todas las lenguas que podía emplear (hasta hebreo), convenimos en comunicarnos gestualmente; quería ir a la ciudad vieja (Malá Straná) y lo logré; a medida que el tren iba adentrándose a la ciudad, mi fascinación iba creciendo, lo que había visto en fotos, había sentido en la obra de Smetana, visto a través de sus bellas estampillas, haber repasado a través de su Narodny Galerie; no se comparaba en nada en lo que veían mis ojos. Estaba mudo de la emoción. Praga es condenadamente bella; quería bajar de rodillas (hubiera hecho el ridículo, pero bien lo merecía) y mis jóvenes acompañantes no entendían mucho lo que me pasaba.
Pero pronto tenía que aterrizar. Eso de salir sin planificación previa (en Europa ahora es imposible) me iba a pasar la factura. Hoteles disponibles a esas alturas era un nuevo sueño, casi quimera. En mi desesperación (caminaba con mis maletas) topé con un chico que era de las juventudes de viajeros y llamó desde su oficina a varios hoteles. Llenos. Como última instancia, me llevó a una oficina de turismo. Hordas de alemanes ocupaban hoteles, hostales, pensiones, albergues. Como yo, otros habían hecho lo mismo y estábamos en medio de la desolación: la idea de dormir en un parque quizá haya cruzado por mi mente; en realidad, no lo recuerdo.
De pronto, la muchedumbre de turistas se fue reduciendo, varios fueron acomodados en diversos hospedajes un poco alejados de la ciudad; iba quedando con pocas personas. Me acerqué a un chico de aspecto mediterráneo árabe: Wahlid. No hablaba alemán (la lengua por excelencia en esta zona, como me pasó en Budapest también) y estaba totalmente abandonado a su suerte. Él era de origen libanés, maronita, y vivía en París. Nuestra lengua de comunicación era el francés. Juntos gestionamos una pensión; hallamos una, de un señor que vivía en una zona residencial no lejos del corazón de la ciudad. Nuestro principal problema ya estaba solucionado. Con Wahlid íbamos a compartir 3 intensos días en el paraíso.



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