sábado, 3 de enero de 2009

CHACHAPOYAS, PARAÍSO.





Si algo siempre me ha llamado la atención, es la historia. Ella es un gran cuento de la humanidad en la que nuestros sueños, ideas, frustraciones y locuras se han plasmado. Cada espacio que visito en mi errancia es para mí una fuente de emociones muy intensas en cuanto a todo lo que la mente humana puede hacer con su entorno. La presencia de templos para sus dioses, inmensos castillos, nobles y humildes casas, sus cementerios, son todos lugares en los que ves una forma muy peculiar de un determinado grupo de hombres y mujeres que ha querido perpetuarse. La historia es ese espacio de perpetuación, de transcendencia de la especie humana.


Vacaciones de Fiestas patrias de 1998. Un grupo bastante extenso de amigos y conocidos había decidido viajar a Chachapoyas; uno de los promotores me informó que el grupo ascendía a casi 15 personas, iba a ser una experiencia colectiva. En la Universidad, tenía un buen grupo de alumnos míos que me empujaron a ir para conocer su tierra y como algunos de ellos tenían buenos hoteles, hice la gestión para separar habitaciones. Al final de todo el único viajero fui yo. En fin.
El periplo era un poco largo; sé que hay buses desde Trujillo, pero ellos me aconsejaron ir vía Chiclayo. El día 02 de agosto de ese año tomaba el bus para dirigirme a esta linda ciudad, cuando veo en TV la noticia del incendio del Teatro Municipal de Lima. En secreto, ya sentado en el bus no dejé de derramar algunas lágrimas puesto que ese teatro había significado mucho tanto en mi vida universitaria, cuando cantaba con el Coro de la Católica (la memorable Juanita La Rosa, Chino Vásquez, Mariella Monzón, tantos amigos) o cuando cantábamos en la ópera. Mucha pena. Volvamos a nuestro viaje. Salí a las 2 de la tarde aproximadamente y comenzó el ascenso; el viaje transcurrió sin contratiempos, pasamos por Bagua Grande a medianoche: un calor infernal (casi 30 grados- con razón le dicen el infierno peruano-) El bus ascendía, nos íbamos a ceja de selva alta. Llegué a Chachapoyas a las 4 de la mañana. Frío serrano me rodeó, pero gracias a mis alumnos había llevado una casaca para las circustancias. Me dirigí a mi hotel a esa hora; el administrador preguntó por los demás, mi gesto lo dijo todo. Horas más tarde me encontré con los chicos quienes me guiaron para conocer su pequeña pero simpática (e histórica ciudad). Chachapoyas en ese entonces tenía servicios al turista limitados (ahora me dicen que tienen muchas cosas buenas como hoteles, restaurantes y otros servicios). La ciudad está plagada de balcones, en su plaza uno puede ver varios de diversos tamaños. Hay una suerte de colina en la que se halla una fuente, de Yanayacu (agua negra en quechua), desde la cual puedes tener una buena vista de la ciudad. Fuimos a ver el Arzobispado donde se encuentran varios archivos que han sido objeto de estudios por diversos historiadores. Un amigo mío hizo una investigación concreta de al música barroca colonial de esta zona, ya que era un jurisdicción importante. Luego varias personas me contaron que la selva encierra restos de ciudades españolas que fueron abandonadas por estar ubicadas en lugares inhóspitos. La casa del Arzobispado está muy bien tenida; luego los chicos me llevaron a conocer una pequeña plaza que tiene una iglesia reconstruida que reemplaza a la antigua: Santa Ana.
La ciudad con sus techos a dos aguas es muy acogedora y por la
noche fuimos a un mini pub donde escuchamos música y tomanos algunos tragos. La suerte mía era que los chicos me invitaban a comer; incluso Leo Rojas y su hermana, hijos del Alcalde de la ciudad en ese entonces me hicieron una generosa invitación. En general, todos los chicos fueron excelentes anfitriones. A través de ellos conseguí una movilidad por dos días: esta movilidad estaba a mi disposición todo el día para ir donde quisiese. Al día siguiente fui a mi objetivo principal: KUÉLAP. Luego de casi 4 horas de viaje, por una estrecha carretera de trocha (ahora me dicen que es mejor y más corta) llegamos a este sorprendente lugar. Uno llega y desde la carretera ve en la parte superior una gran muralla, ya de sí el entorno es impactante; antes habíamos pasado por otro sitio arqueológico llamado Macro, una suerte de necrópolis que me hizo recordar a Combayo u Otuzco en Cajamarca. Los chachapoya fue una cultura que se vinculaba con la gente de la selva alta y sus restos hacen recordar a los de San Agustín en Colombia. Personalmente, no he estado en el Gran Pajatén, pero son del mismo espacio histórico. El dominio de la piedra es impresionante y las construcciones son abrumadoras, el tamaño de ellas te empequeñece y abruma; quizá esa era la intención de aquel que llegara a esta ciudad, el verse sorprendido y apabullado por el poder manifiesto de sus habitantes. Ingresas por un sendero y llegas a una explanada antes de ingresar a la ciudad misma; aquí ves los impresionantes muros que comenté anteriormente; este muro circunda a la misma y hay sectores que aprovechan el precipio como defensa natural. En el interior encuentra construcciones circulares, algunas de las cuales llevan unos diseños en rombo que asemejan ojos (es una teoría) Otras tienen incrustaciones de rostros (algunos parecen a los vistos en Kuntur Wasi). Las construcciones son impresionantes, pero lo que hace el lugar mágico es el espacio en el que se ha construido. La humedad pasa la factura a los grupo y pronto necesitamos líquidos, algunos altos en el camino nos permitía apreciar sus ricas con una buena bebida; lo que sí me sorprendió es que este inmenso lugar haya sólo un guardián. Cerca al lugar pasaban pastores con sus ovejas. Terminada nuestra caminata, regresamos pero no sin antes comer una rica gallina de corral estofada en Tingo, el hambre apretaba.
Tercer día: me habían dicho que Leimebamba iba a ser el boom de la arqueología del futuro, lo es. Hacía poco habían descubierto una cueva-tumba con varias momias en la Laguna de los Cóndores. Nos aprestamos para ir todo el grupo a Leimebamba, incluso nos acompañaron los padres de una de las chicas, ya que nunca habían estado ahí. El viaje era más largo y en el camino recogimos a una pareja de turistas mochileros; eran israelíes (están por todas partes) y les dimos un aventón hasta Leimebamba. El pueblo era pequeño, pero los habitantes ya estaban enterados de la razón por la cual eran tan visitados, ni bien bajamos del micro los chicos nos llevaron al museo de las momias. Una pena que no se permitieran fotos.
El último día antes de partir me llevaron a Luya un pequeño poblado cerca de Chachapoyas; una de las cosas anecdócticas era que en ese pueblo estaban construyendo la cárcel. Algo de lo que siempre tendré como nostalgia gastronómica será la famosa humita de la zona y los juanes de yuca, había probado los de arroz, pero de yuca fue "mi primera vez". Esta es una de las razones (y muchas más) por la que he de volver a este gran pedazo de historia de nuestro país. Uno de los momentos que nunca olvidaré fue cuando fuimos a visitar a un tío de una alumna, Vanessa Chávarri, y él mostraba su descontento hacia el país y su identificación con lo ecuatoriano, esta amargura resultaba de la excesiva centralización en nuestro país y el descuido de la selva. Estaba orgulloso del pasado de los chachapoya, pero a él (como a los demás que estuvieron en la parrillada que hicieron a la cual me invitaron) le indigna que seamos tan indiferentes con los rincones más notables y viejos de nuestro país. Él cultiva orquídeas (el clima es como Moyobamba) y protege plantas que las condena a la extinción la agricultura y la depredación. Espero que su esfuerzo no sea en vano y espero que esto que escribo (aunque muy tardío) invite a más gente a preocuparnos por esos espacios, tanto por la gente como por su riqueza. Ojalá.
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