jueves, 16 de octubre de 2008

CINE Y EDUCACIÓN


En el arte de educar, cualquier objeto se vuelve un instrumento, una herramienta de aprendizaje efectivo tanto para el profesor como para el alumno. Es así, que todo elemento puede volverse fuente de conocimiento, siempre y cuando hagamos una lectura eficaz de la forma y contenido del objeto en estudio. Algunos procesos tienden a ser simples, sea por la estructuración de su mensaje o forma, sea por el hábito que se tiene para acceder a dicho objeto de estudio (esto último es un tema muy interesante para discutir y, en el cual, el cine está muy involucrado).
A lo largo del proceso educativo de una persona, esta se ve inmersa en un espacio el cual es expresado directa o indirectamente a través de la elaboración humana del mismo. En realidad, nuestro entorno es muy artificial ya que hay toda una intervención permanente del hombre para la transformación de dicho espacio en su adecuación, continuidad o cambio total. El mundo que me rodea, parafraseando a Marx, es un espacio totalmente transformado por el hombre. Para bien o para mal, ese dominio ha hecho, además, (ahora parafraseando a Sartre), que yo como usuario del mismo, sea también un ente transformador adecuando a mis vivencias, creencias y necesidades lo que yo estoy viviendo y cambiando. Así pues, esos mundos paralelos, uno natural (si vale el término) y el otro artificial, tienen vínculos que se manifiestan a través de diversos vehículos de expresión del ser humano. Mi orden espacial (hombre – mundo, la cosmogonía) es releído sea por la religión, la filosofía, el arte. Y la educación permite al hombre redescubrir (el hombre no lo ha olvidado, lo ha ocultado) esas transformaciones hechas por él para comprender cómo las realizó o las realiza, y cómo yo voy a insertarme en ese espacio.
Luego de esta previa explicación, podemos entender al arte como una poderosa herramienta educativa. De todas las actividades que el hombre realiza en este proceso de transformación es el arte el más complejo, rico y polisémico de todas. El arte ofrece al hombre una sui géneris lectura de la realidad, sea por el material que emplea para la elaboración (sonido, palabra, movimiento, imagen), como los diversos niveles de lectura que puede ofrecer. No es un mero elemento técnico, puesto que no envejece como los objetos (¿es vieja la Odisea o Edipo Rey?), tampoco es un mero recuerdo de la coyuntura vivida por un grupo humano (¿Quijote es solo un español renacentista?). El arte va más allá. El arte es la memoria, en cierta manera, de la esencia humana y, si vale el término, es su perenne vehículo de eternidad.
Con el antecedente nombrado, entra a tallar una de las artes más jóvenes, revolucionarias e intrigantes (en el buen sentido de la palabra) que vivimos un poco más de 110 años: el cine. Para muchos, el cine fue una prolongación de la fotografía, era ella en movimiento. Para otros, era la oportunidad de registrar el teatro para la posteridad, el volumen en movimiento registrado como tal; por esas razones, el cine fue presa de dependencia intelectual y artística por muchos años, y paulatinamente ha logrado su autonomía para lograr su propio lenguaje, el cual (como ya habíamos dicho en el párrafo inicial) ha sido fácilmente aprendido por los humanos por la cotidianeidad. Desde esa perspectiva, el cine tiene en cierta manera una ventaja para su aceptación en cuanto objetos de estudio poco complicados – si vale el término- por el hábito frecuente de su manipulación primigenia; y, por otro lado, como desventaja, el excesivo manipuleo ha hecho un cierto condicionamiento de su complejidad a tal grado que los usuarios lo usan (al cine) como mero elemento de entretenimiento y evasión. Es por eso que tan poderosa arma de aprendizaje ha sido, en realidad, pocas veces abordada en su totalidad por el difícil camino que hay que trazar para “enderezar” el alfabeto cinematográfico a los jóvenes. Reitero lo dicho en el primer párrafo, la cotidianeidad del cine se vuelve una situación tan riesgosa para el futuro del mismo.
Otro punto interesante que compete al mundo actual es la aceleración de la expansión tecnológica; ante asaz situación, todo se vuelve en cierta manera, efímero, de envejecimiento rápido; el desarrollo implacable de los efectos visuales u otros hace que un film se vuelva a un mes de su estreno en algo ya demodé. Y nuestro usuario, nuestro alumno así lo percibe, puesto que queda solo en la forma y no va al contenido. En los diversos ciclos de cine que se ofrece a los jóvenes en la Universidad Privada del Norte palabras como “en blanco y negro” o “muda” implican una reacción de animadversión por gran parte del público asistente ¿Qué hacer entonces?
La presencia de video clubes dirigidos por profesores de Lengua o Arte en diversos centros educativos ya es un avance. Conseguir ahora material cinematográfico en cualquier tipo de soporte es barato, fácil y abundante. El problema es cómo se maneja la información y el material que tengo delante de mí. He aquí una de las misiones que deben ser asumidas por Universidades o Centros de Artes Audiovisuales de todo el país: capacitación a docentes escolares. El docente es el encargado de hacer esta labor y poder aplicar sus estrategias propedéuticas, pero en base a un conocimiento formado académicamente; TIEMPOS MODERNOS es una película que puede armar diversas clases de diversas materias en un colegio. Pero para muchos docentes la idea los puede espantar, sea porque no conocen los filmes o sea ante la rigidez de muchos planes curriculares obsoletos; así pues, una propuesta como la planteada sería demasiada descabellada. Chaplin es un artista demasiado locuaz y no es el patrimonio exclusivo de la pantomima. ¿Acaso El Quijote solo es visto en la literatura? ¿El famoso Complejo de Edipo en la psicología no es sino tomado de la Tragedia Griega?
Asumiendo este reto, el binomio docente- alumno se fortalecerá. El docente le estará otorgando mejores y más agudas lecturas de su entorno, en este caso a través de lo audiovisual. Además debe lograrse que el alumno vaya arriesgando una búsqueda por ese cine que vieron sus abuelos y entender más el pasado para fijar raíces e ir encontrando la esencia aguda de lo perentorio en una obra de arte; así lo hará más libre, más crítico y con mayor capacidad de hallar respuestas en lo analógico que es una de las ventanas que muchas veces nos suele dar el arte.
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