Trujillo ha sido sacudida por dos eventos que,
aunque parecieran no estar vinculados, son verdaderos síntomas que describen y
explican lo deteriorada que se encuentra nuestra sociedad. Un incendio y una
balacera nos muestran dos situaciones críticas del avanzado deterioro en el que
se encuentra nuestro tejido social que se manifiesta en la precariedad de las
relaciones sociales y la informalidad a todo nivel. Para nadie es un secreto
que la violencia organizada va ganando cada vez más espacio en nuestra ciudad.
Las recientes explosiones en diversos comercios y empresas por bandas
organizadas son una clara evidencia de ello y el ciudadano, en líneas
generales, se siente desprotegido tal como me lo indicó una amiga al comentarme
que su esposo había escapado “por un pelo” de ser víctima de una de estas
detonaciones. Los ciudadanos se limitan a grabar y subir en redes estos
incidentes, aunque muchos de estos acusan un cierto morbo al cual muchas
personas llegan por insensibilidad, conformismo, resignación o insana
diversión. Diría, personalmente, que es más una resignación ante la indolencia
política y de seguridad que vivimos. Este ambiente permite crear muchas
anomalías en las relaciones interpersonales, desde el incremento de la desconfianza
hasta el uso de la violencia extrema como lo que acabamos de ver en el tiroteo
en las instalaciones de Hidrandina. Ciudadanos comunes comienzan a perder la
paciencia por situaciones que pueden tener un marco de injusticia, dependiendo
del ángulo desde el que se vea. La delincuencia usa estos métodos por ser su
modus vivendi; pero ver un ciudadano común tomando estas acciones extremas sí
es altamente preocupante. Mucho se habla de la salud mental de la población que
no es abordada con efectividad y que se acentuó gravemente por el aislamiento
forzado que vivimos todos los peruanos a causa del COVID 19; vivir pendientes
de una vacuna o evitar el contagio, ver a seres queridos que murieron sin haber
cumplido los ritos de un duelo merecido o mantener una convivencia forzada por
meses nos marcó profundamente; uno de esos leves síntomas fue el incremento de
separaciones familiares o divorcios cuya cifra se desconoce. Tenemos una psique
quebrada que no se ha abordado del todo para preocuparnos más de tráfago
cotidiano, para no encararlo. Síntomas que eclosionan de repente. Por otro
lado, el incendio nos muestra muchos errores producto de la informalidad y ha
evidenciado muchos pendientes urgentes que deberían alarmarnos. Escasez de prevención.
Por ejemplo, se anuncian fuertes lluvias en marzo y comenté esto con una
persona que trabajó en el proyecto Reconstrucción con Cambios; me dijo, sotto
voce, que las canalizaciones de las quebradas no son del todo adecuadas y que
algunas colapsarían si llueve como en el 2017. Se dicen que no serán severas.
Pero si lo son, ¿qué pasará con la ciudad, nuestra seguridad, nuestro
patrimonio? Incertidumbre ciudadana por la inseguridad.

