Hoy estamos en pleno proceso de votación para elegir a la persona quien nos gobierne, espero, para los siguientes cinco años. El que ocupe el sillón presidencial tendrá delante de sí un panorama nada agradable. Tenemos dos factores muy perturbadores: la llegada de un Mega Niño, ya ad portas, y las secuelas cada vez más pesadas del conflicto de Medio Oriente. El primer impacto recibido por la sociedad peruana fue el alza de combustibles que coincidió, sorpresivamente, con la fuga del ducto de gas de Camisea. El pánico se concentró en largas colas vehiculares por cargar los tanques de GNV, mientras los demás usuarios pagábamos el alza de la gasolina en medio del desconcierto de la población. De pronto estamos pagando 40 % más del costo con el que recibimos este 2026. Y el panorama bélico está lejos de ceder. Peor aún al saber que los países ya están consumiendo sus reservas y tendrán pronto que renovarlas. Algunos analistas hablan de un alza de 130 dólares por barril y el impacto irá sobre los costos derivados como pasajes, alimentación y producción en general. Un escenario caótico. ¿Si acabamos de tener una huelga de transporte no por la amenaza de las extorsiones, sino por el alza del diésel, qué reacción tendrá la sociedad ante una fuerte escalada de precios? La campaña electoral nos ha distraído de este impacto y, sin duda, va a tener un impacto en los resultados electorales. El segundo es un monstruo natural que viene formándose frente a nuestras costas: un Mega Niño. Según la NOAA y organismos internacionales, todo indica una alta probabilidad de un Niño durante este 2026 y, por las descripciones, tendrá las similitudes del que sufrimos en 1997-98; sí, ese que nos dejó ataúdes y cadáveres flotando por las calles de Trujillo. El daño generado por aquel Niño fue grande: sistema vial dañado, agricultura afectada, pesca en recesión, aparición de enfermedades que se han vuelto endémicas, daños a la propiedad pública (colegios, hospitales, postas) y privadas (casas colapsadas o inundadas); las pérdidas acumuladas ascendieron a 3,498 millones de dólares; lo que significó el 4,5 % del PBI de ese año. Este cuadro es alarmante, pues no tenemos aún una información veraz de todas las medidas preventivas tomadas, en este caso, en la Región La Libertad. En el Niño costero del 2017 y el ciclón Yaku del 2023, algunas medidas preventivas funcionaron, aunque el sistema vial (por ejemplo, calles y avenidas en Trujillo) colapsó en muchos sectores. La inestabilidad política de estos últimos diez años no ha permitido que planes continuos de prevención se hallan llevado a cabo correctamente para estar enfrentando esta crítica situación natural. Así pues, frente a estas dos amenazas, la urgencia de un plan estratégico de energía es prioridad (urgente e importante), así como actuar con los planes de prevención de los cuales mucho se ha dicho y poco se ha hecho en general. Vaya herencia que se viene.