En los últimos días, por una u otra razón, he estado involucrado en diversos quehaceres vinculados a una de las labores más diversa y que compromete a más población y negocios de todo tipo de una ciudad, región o un país: el turismo. Esta actividad humana, originada en la antigüedad y que se fue formalizando como tal desde el siglo XIX en adelante, es una ocupación reconocida como una verdadera industria sin chimeneas que moviliza a millones de turistas y en torno a la cual hay otros tantos millones de personas que viven directa o indirectamente de esta: hoteles y todos los negocios alrededor de este servicio; transporte público y privado; restaurantes; mercados; sitios arqueológicos, monumentos históricos; servicios turísticos; agencias de viaje; líneas aéreas, terrestres o marítimas; incluso hospitales o clínicas, las que han tenido un turismo especializado como las de reposo, cirugía estética o trasplante capilar. O la de conferencias y convenciones profesionales o industriales; agencias de marketing y comunicación. Una verdadera maquinaria que muchos países han sabido segmentar y que nuestra nación ha explotado en el rubro de la gastronomía y la arqueología en el Sur peruano. Machu Picchu es un sitio arqueológico imbatible no sólo a nivel nacional, sino internacional. ¿Cómo está Trujillo y nuestra Región? Hemos estado comentando recientemente situaciones críticas para esta ocupación por una serie de factores adversos: inseguridad, carencia de servicios de calidad o la nula presencia de ellos, escasa formación de personas ligadas al rubro, delincuencia “institucionalizada”, sistema vial muy deficiente, carencia de propuestas alternativas y complementarias a algunas actividades ya posicionadas en calendarios turísticos o, lo más triste, la extinción de estos. En el caso último, tenemos la desaparición de muchos festivales que le dieron a Trujillo el eslogan de la “Ciudad de la Cultura” o la destrucción de sitios arqueológicos como la lamentable desaparición del geoglifo Triple Espiral en la quebrada de Santo Domingo por traficantes de tierras; ejemplos de potencialidades perdidas para nuestra ciudad. En una reciente visita a Puerto Chicama, tuve la oportunidad de registrar con más calma todo ese parque ferroviario que tuvo en su momento de esplendor con el boom del azúcar. Luis Repetto, fallecido gestor cultural, tuvo la intención de crear un circuito temático de toda esa antigua maquinaria que dieron opulencia industrial al valle de Chicama: añejos alambiques, locomotoras y vagones de antaño, muelles. Eten y Tacna han hecho zonas temáticas al respecto. Dos exposiciones-conversaciones con Iván La Riva nos mostraron la riqueza natural, histórica y humana de la costa, sierra y selva (¡la hay!) de La Libertad. Bellezas que esperan gestiones bien planificadas y sostenidas, sensibilizadas y comprometidas para que esta industria beneficie a más personas. Hay que fajarnos los pantalones.