Estas semanas hemos visto cómo la política
peruana ha entrado en un franco estado de anomia, la que hemos ido arrastrando
esta última década desde el fallido gobierno de PPK. Cada elección general
desde entonces se ha vuelto un verdadero campo de especulaciones, negaciones y
tergiversaciones que atentan contra el sentido de una fiesta democrática,
debilitándolas ante la opinión pública en general. Muchos ciudadanos ven con bastante
desconcierto los acontecimientos alrededor de cada uno de estos comicios, desde
su campaña hasta su cierre. Esta última campaña, en su “primera fase”, ha
tenido nuevas y graves incidencias que serán motivo de análisis, pues han reflejado una
dura realidad como nunca manifiesta en esta oportunidad: el centralismo, la anomia en los organismos del Estado como los casos de la ONPE y JNE, y la desvalorización del sentido de unas elecciones. Al ver
el mapa electoral, resultados que ya se pueden ver en la página de la ONPE, la
lectura es bastante sintomática y se vuelve el anhelo de los militantes de algunos partidos: Lima pareciera jugar su propio “partido”. Esa sensación es la
que ha sido explotada en la campaña del “fraude”, pese a que las proyecciones
cuantitativas dan por prácticamente definitivos los resultados a favor de los partidos de
Fuerza Popular y Juntos por el Perú: el mismo escenario sombrío, lúgubre, del 2011. La
moción inicial de invalidar estas elecciones y convocar a unas nuevas ha ido
perdiendo fuerza, pues todos los actores políticos son conscientes de que los
actuales resultados pueden sufrir un drástico cambio y lo logrado en las
cámaras de senadores y diputados pueda alterarse, sobre todo lo ganado por todos
los demás partidos que pasaron la valla. Por eso, esta sugerencia ha ido
perdiendo fuerza, así como las elecciones focalizadas en Lima, pues
cuantitativamente no se llega a la cantidad deseada por Renovación Popular. Las
semanas post electorales han sido terreno de gestos, comentarios y actitudes
cargadas de racismo, clasismo y centralismo, acciones que socavan la
democracia. Pedidos como invitar a un golpe de estado es una afrenta abierta al
orden democrático y se llama sedición, razón por la cual el expresidente Jair
Bolsonaro de Brasil terminó en la cárcel. Tenemos que tener cuidado, puesto que
nuestra frágil democracia formal puede caer fácilmente en pedazos y conllevar a
un enfrentamiento inútil entre peruanos. Por eso estamos frente a un caos agudo. De ahora en adelante, este estado podrá ir acentuándose con ciertas acciones como los
rebrotes quinquenales de terrorismo (aparecen poco antes de elecciones), y manifestaciones de violencia y promesas recalcitrantes de todo tipo con
el fin de obtener ciertas ganancias populistas, como las que suelen manejar los
dos partidos que han pasado a la segunda vuelta. El gran bolsón de electores de
los partidos que fuera de la carrera electoral; los blancos e indecisos; y los de los artidos que pasaron la valla, será el
botín a canibalizarse entre los candidatos. Esperemos que, este 28 de julio, el
presidente Balcázar ponga el fajín a uno o una ocupante estable del disputado sillón
de Pizarro. Ojalá.


1 comentario:
Sí pues, racismo y clasismo que han sido tomamos como parte de su campaña por el izquierdista Roberto Sánchez y su partido JP. Estupidez más grande.
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