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Trujillo, La Libertad, Peru
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miércoles, 30 de agosto de 2017

EL NORTE CHICLAYANO: RECUPERACIÓN Y PENDIENTES


Luego de una cena relativamente opípara y un merecido sueño, el 29 de julio nos levantamos temprano para desayunar y cumplir con nuestro nuevo periplo hacia el norte de Chiclayo: Túcume, Mórrope y luego irnos hacia Lambayeque para alcanzar Huaca Chotuna. Luego del desayuno, fuimos por la camioneta y me encontré con estacionamiento abarrotado de vehículos; se logró sacar la camioneta y salimos rumbo al Norte. El tramo entre Chiclayo y Lambayeque es cada vez más reducido por el rápido poblamiento de ambas bermas de la autopista. Eso la hace peligrosa, pues no hay una cultura de tránsito, tanto de peatones como conductores. A veces te encuentras con personas que cruzan intempestivamente la pista o aparecer un gran camión saliendo raudamente de algunas de las fábricas que pueblan esta transitada vía. En realidad pensábamos hallar la infraestructura vial de Lambayeque dañada, pero no está tan golpeada. Cruzamos la ciudad rápidamente para irnos a Túcume. En ese tramo sí se ve bastante afectada la carretera que se dirige a Olmos y la selva Nororiental del Perú. Túcume se halla a 35 kilómetros de Chiclayo y podría llegarse con más seguridad si esta vía se convirtiera en autopista como la que conecta Chiclayo con Lambayeque. Cruzar los pequeños pueblos en bastante pintoresco, pero se ven algunas huellas dejadas por el Niño costero de este verano último. La entrada de Túcume sí muestra muchos estragos; nos hizo temer que el Museo de Sitio del complejo arqueológico iba a estar muy afectado. Sin embargo, el Museo y el complejo en general no han sufrido fuertes daños por las lluvias e inundaciones. Estacionamos el auto y nos dirigimos a la entrada a comprar los boletos. Al ingresar nos pudimos percatar que el Museo no había sido afectado. Fuimos primero a la tienda de souvenir para comprar un polo; no encontré uno de acuerdo a mis expectativas.  Antes de visitar el museo, nos fuimos a ver la Huaca Las Balsas. 





Cuando salíamos de las instalaciones para tomar un simpático sendero que lleva hacia la huaca, cruzamos la fuente artificial que adorna la entrada y la vimos llena de ranas. En el sendero nos encontramos con numerosos animales domésticos. El espacio es usado por los pobladores, quienes protegen este patrimonio. Vimos una chancha, gorda y rebosante, con numerosas crías que eran amamantadas. Así llegamos a nuestro destino. Este sitio se ha rescatado en la última década y es apoyado por el Fondo Contravalor Perú-Francia. Felizmente, las instalaciones que cubren el monumento lo han salvado de posibles daños por las fuertes lluvias que empezaron en febrero. Ni Carmen ni Orietta conocían el lugar. Hay un camino formado por rampas altas sobre el monumento. Hay un sector con bellos frisos. Al salir nos encontramos con un pequeño zorro, el cual no se inmutó con nuestra presencia, Había visto un ave que estaba malherida. Imagino que fue su alimento de día.  Retornamos al Centro del complejo para visitar ya el Museo. Ingresar a este es disfrutar de un espacio amable para toda la familia; uno puede interactuar con mucha de la información que se ofrece al público. Es un buen museo que amerita una visita más detallada. En sus instalaciones no solo se muestra lo arqueológico, sino toda la continuidad histórica de esta zona, hechos y costumbres que se repiten de antaño. La población de la zona participó con sus datos y fotografías para enriquecer la museografía.








Toda una mañana y parte de la tarde puede invertirse en todas las instalaciones de este conjunto arqueológico; por eso, y ya contra el tiempo, no alcanzamos a ver las huacas ni subir al Cerro Purgatorio que completa el extenso circuito de Túcume. Sí logramos ver el pequeño (ya no tanto ahora) de plantas oriundas que además realiza interesantes campañas educativas con los niños y jóvenes de la localidad. Hay una muestra permanente de material reciclado (sobre todo de plástico que es la basura más común generada por la población) que es utilizado para macetas o formas de riego. En realidad, es una pena ver la cantidad de basura, sobre todo bolsas y botellas de plásticas, que se ve en la entrada (o salida, depende cómo lo veamos) de nuestras ciudades que afean el panorama, más en la costa por el paisaje desértico que ve las fantasmales bolsas pegadas a los secos arbustos cercanos a la carretera Panamericana. Peor aún, es el botadero de basura (¿relleno sanitario?) que está en la entrada sureña de Chiclayo que da un aspecto lamentable. Interesante forma de recibir al visitante. En fin. Ojalá que esta campaña, quizá en solitario, que hace este museo se expanda agresivamente entre la población para que sea más consciente de su espacio (que es suyo a fin de cuentas) y no lo utilice como un gran botadero de basura. Quizá, luego de ver el uso de los diversos espacios de las muchas huacas que pueblan el mundo moche, tengan la identidad atávica de volver su espacio habitable en botaderos como lo fueron las huacas ancestrales.




Nuestra visita a este bello lugar estaba llegando a su fin. Cuando salíamos nos encontramos con una lechuza, que extrañamente tiene hábitos diurnos. Esta ave caza los animales que pronto íbamos a ver en la salida del lugar: los inmensos lagartos o pacazos. Estos apacibles animales se ponen a luz solar para “jalar” calor a sus cuerpos. Antes de partir del lugar, comimos algo de fruta. Obviamente Orietta no perdió la oportunidad de dar de comer a algunos perros vagabundos del lugar y a un perro calato que por ahí pululaba. María manejó el siguiente tramo.
De ahí nos dirigimos hacia Mórrope. En el trayecto llamamos a un restaurante en Chiclayo para ir a cenar por el cumpleaños de Orietta, además de encontrarnos en Milagros Alegría y su esposo en el mismo para celebrar el cumpleaños y el viaje. Hice las reservaciones debidas y luego tendremos el fiasco. Llegamos a Mórrope y dejamos la camioneta cerca a la Plaza que estaba engalanada por las Fiestas Patrias. Nos dirigimos al conjunto de iglesias para visitarlas, pero ya era un poco tarde y la gente estaba de feriado. Pena, solo vimos parte de ella; sin embargo, en la visita que hice con Lorena, Isabel y María hace dos años pude registrarlo (https://elrincondeschultz.blogspot.pe/2015/12/cronicas-de-lambayeque-1.html). Pero en la fiesta armada cerca de la Plaza vimos un singular espectáculo: tres niños, dos varones y una chica, disputaban el trofeo del más mamón de chicha (de maní). Había una feria de comida y una ronda de espectáculos. La niña estaba vestida a la usanza del lugar, pero los dos varoncitos ya vestían más a la “occidental”. Ganó uno de los niños que se bebió de un solo sorbo toda la chicha de un mate.




Dejamos Mórrope y nos enrumbamos a Lambayeque para llegar a Huaca Chotuna, nuestro último objetivo del viaje de ese día. Los mismos lambayecanos desconocen la ruta de acceso desde su ciudad a este sitio arqueológico. Pregunté en el Museo Brüning y la explicación fue un poco vaga. La ruta no era clara y no ha señalética alguna para ir al lugar. Paso a paso logramos dar con la ruta e, incluso, en la ruta misma hay que ir preguntando pues accedes por vario senderos agrícolas donde la señalización es escasa.
Antes de llegar a nuestro destino, indiqué a María el sendero que íbamos a tomar de retorno para salir por la caleta de San José; de repente caímos en un hueco que nos causó una gran sorpresa y susto. María hizo una pregunta ingenua que, tras los comentarios de Orietta, todos rompimos a reír abiertamente. Llegamos a Chotuna, el lugar estaba desolado, ni un alma, solo el guardián que se alegró con nuestra visita (rarísimas por el lugar). En el lugar se halló a la famosa Dama de Chornancap, la cual se halla en el Museo Brüning y, que con el tiempo como pasó con la pequeña estatua de la Venus de Frías y el Señor de Sipán, se mudará una vez se construya un buen museo de sitio. Había estado ahí hace 6 años y las excavaciones estaban muy avanzadas y los frisos eran notables y bellos. Una vez culminada la breve visita a las instalaciones museísticas nos fuimos al complejo arqueológico y arquitectónico. Ya en el camino ves los estragos de las lluvias de este reciente verano; y la tristeza iba a venir al entrar en el monumento en sí. Los daños han sido fuertes en esta zona y han afectado a toda la edificación en sí. 





Hay muchos frisos dañados, pese a toda la protección colocada, techos y plásticos, tubos de desfogue; parece ser que aquí el Niño costero se desquitó de toda la arqueología y el patrimonio peruano norteño. Aún tengo algunas fotos de esa época que muestran los relieves polícromos, ahora ya desaparecidos (https://www.facebook.com/jesusgerardo.caillomanavarrete/media_set?set=a.512705168759509.129625.100000600914417&type=3). Aquí la reconstrucción va a ser lenta y penosa. Da mucha pena, pues se ve que se ha invertido para que haya un concepto turístico claro para el visitante, pero muchas de esas instalaciones han quedado dañadas. Así dejamos estas instalaciones que espero sean recuperadas pronto. Y que apunten a su nuevo museo de sitio.
Tomamos el camino a Caleta San José e hicimos ingreso a la misma a través de los bofedales que la circundan. Pobres bofedales, los usan de botadero de basura. Las pobres aves marinas se posan entre plásticos y restos de colchones o artefactos eléctricos abandonados. Una verdadera lástima. Lambayeque está descuidando dos grandes patrimonios posibles que se pueden fundir en uno: arqueología y naturaleza (ornitología, recursos marinos y paisajismo). Un plan como el hecho en Túcume o Caral sería ideal para la zona. Chotuna y Caleta San José deben de ser una unidad, como la hipótesis lo dice. Un complejo que podría reconstruir Chotuna y su contexto geográfico a su llegada siglos ha. (http://pueblosoriginarios.com/sur/andina/lambayeque/naymlap.html)
En el camino antes de llegar a Pimentel para ir recién comer nuestro segundo bloque de sánguches, les dije para entrar a ver el criadero de avestruces, pero la fatiga y el hambre eran rampantes. Llegamos a Pimentel que sigue siendo un balneario simpático y bastante organizado. Nos fuimos a la zona de los restaurantes y nos alejamos un poco. Llegamos a una playa relativamente desolada en la que había un puñado pequeño de bañistas jugando paleta o fútbol. Luego de nuestro frugal almuerzo, nos fuimos a Chiclayo.



Llegamos al hotel para dejar todas nuestras cosas y reposar un poco para salir a cenar a las 8 de la noche como ya habíamos coordinado. De ahí empezó una nueva odisea: como no queríamos sacar el auto, decidimos tomar un taxi para ir al restaurante Vichayo con cuya gente me había comunicado temprano. Al llegar al lugar nos dimos con la sorpresa de que estaba cerrado. Había una persona que nos indicaba que no se iba a atender; bastante sorprendidos, llame a Milagros con quien había quedado para darle la ingrata nueva; luego nos fuimos cerca de ahí a un restaurante que dice llamarse, en su formato, Sushi Lounge. Preguntamos por sushi y este no existía en la carta. Nuevamente salimos para tomar un taxi y que nos lleve a otro restaurante, uno japonés de largo nombre. Nos pareció adecuado y pedimos la carta: una vez concluida nuestro pedido, nos dicen que no hay cerveza blanca, solo para una persona. Le indicamos que podíamos traer cerveza y se nos comunicó que estaba prohibido, le pedimos que nos consigan ellos unas; nos indica que no se podía hacer eso. Nos salimos de este restaurante y por tercera vez tomamos otro taxi, ahora con rumbo al hotel Casa Andina. Lo primero que hacemos es preguntar si había lo que la carta decía y le dije si había bastante vodka (ya estaba tenso y colérico), nos dicen que sí. Nos sentamos y pedimos nuestra orden. Pedí un segundo vodka tonic y vimos discretamente que ya no tenían agua tónica. Felizmente tomaron la iniciativa de conseguir más agua tónica, sino me hubieran arruinado la noche por su propia preocupación en servicios. Así cerramos nuestro segundo día y nuestra última noche en Chiclayo. 



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