domingo, 30 de octubre de 2016

NUESTRO PRIMER AMOR (ARTÍCULO DE OPINIÓN PARCIALMENTE REPRODUCIDO EN LA INDUSTRIA DOMINGO 30 DE OCTUBRE)

Quienes ya pasamos de los 50 y evocamos nuestras épocas adolescentes escolares, nuestros primeros pininos de amor tenían como referentes algunos filmes emblemáticos de la época: Melody del director Waris Hussein y Friends (Amigos) de Lewis Giberth, ambas británicas y con unas bandas musicales que aún resuenan en nuestras memorias que inmortalizaron a ambas películas. Para los cincuentones y sesentones actuales, oír a los Bee Gees o Elton John cantando las melodías principales de ambas historias de amor inocente nos hacen recordar nuestros primeros efluvios y escarceos amorosos de adolescente medio extraviado que buscaba “su lugar bajo el sol”. Nuestro acercamiento hacia la chica o chico que gustaba estaba enmarcado en interesantes cambios que influyeron en nuestra psique y anatomía, y que se ya veían reflejados en esos inocentes filmes: las primeras manifestaciones de la identidad sexual, el descubrir al otro u otra por quien se sentía una nueva a rara sensación que “alborotaba las hormonas”. Son los primeros ensayos de nuestro cotejo a la pareja, con todo lo torpe que puede ser en el aprendizaje complejo que significa enamorarse.
Pero también estaban enmarcados en perspectivas sociales que removerán los 60 y 70: la libertad sexual, el Mayo del 68, el movimiento hippie y la revolución de las flores, la minifalda, el consumo de drogas, el rock y la píldora, la posición contestataria y la crisis de autoridad. Los colegios tienden a convertirse en mixtos y los jóvenes comienzan a tener un acercamiento menos prejuicios hacia personas del otro sexo. Sin embargo, el sistema educativo no era capaz de dar respuestas a todo ese gran grupo de adolescentes que pululaban por sus aulas. Los colegios religiosos estaban en proceso de reacomodar a un Jesús más cerca de Puebla por la Teología de la Liberación que el de los altares lujosos de grandes catedrales. Y trataban de comprender a un mundo que estaba un poco “patas arriba”; en nuestra nación se daban propuestas de una reforma educativa más acorde a los nuevos tiempos; pero, como suele suceder, hubo buenas intenciones, pero no las personas capaces para aceptar el reto. Ya se hablaba de una educación sexual más abierta, pero diversas instituciones, sobre todo religiosas, pusieron el grito al cielo.
La sociedad peruana demoraría mucho más tiempo para poder asumir con mejores herramientas este problema humano que es único y común, que todos hemos pasado, pasamos y pasaremos. Y que es un quebradero de cabeza para padres de familia, instituciones educativas y profesores.  Esa persona que adolece de muchas pautas y puntos de equilibrio emocionales tiene nuevos referentes, tanto culturales como sexuales. Sus descubrimientos sociocorporales ya no se dan en las fiestas rock de los 60 o 70. Ahora hay nuevos conceptos que asumen con más desenfado el encuentro con el otro, como son las fiestas semáforo o fiestas arcoíris, o un acceso totalmente a internet con todos los riesgos que esto conlleva; los jóvenes llegan las más de las veces con mucha información recabada, pero con pocas habilidades personales para guardar cierto equilibrio emocional frente a estas situaciones. El incremento de hogares disfuncionales, no importando la razón por la que se genera esta situación, abre también un gran abanico de jóvenes que no tienen muchos referentes en sus hogares y que vienen con esos vacíos a las aulas a buscar respuestas y una suerte de alivio a este verdadero periodo doloroso de cualquier ser humano.
 
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