lunes, 2 de marzo de 2009

MÉXICO: MUSEO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA





Cuando uno viaja a una ciudad, muchas personas tienen interés por ver la cultura del país focalizada en un solo espacio: un museo. El lugar destinado para las hijas de Apolo, el Museum, lugar de las musas, se convirtió con el tiempo en el lugar donde se guardaba celosamente la mejor producción de los hijos e hijas de la ciudad, región o país al cual representaban.


En mi deambular por diversas ciudades, siempre he tenido una atracción muy especial por los museos, ya que éstos en cierta manera son el reflejo de lo que la historia es para una comunidad o el poder que la rige. He visto museos en los que la sola presentación era motivo de hacer espantar hasta el más terco de querer hallar algo notable en tanta porquería. Algunos museos truculentos destinados a un público bastante morboso, ávido de emociones momentáneas, algo así como un sucedáneo. Otros museos que encierran belleza e ingenio, pero que los conservadores (¿se les puede llamar así?) no tienen la menor idea de lo que tienen delante de ellos. También he estado en museos impresionantes como el Bodenmuseum, la Glyptotheque, Kunstmuseum de Viena, el del Oro en Bogotá, el Topkapi, el Arqueológico de Atenas, el Rijksmuseum de Amsterdam, Museo Nacional de Bruselas, Tumbas Reales; en fin, varios museos impresionantes por las piezas que contenían, la construcción hecha especialmente para ello o la interesante museología que ofrecía.

Hay un museo al cual siempre evocaré como EL museo, el prototipo, el referente, paradigma: Museo Nacional de Antropología de México. El 29 de enero del 2000 me tomé una mañana para visitar todas las instalaciones posibles de este impresionante monumento que ha sabido combinar una arquitectura bella, útil y segura; una ciudad con tan fuertes sismos, pero a su vez con un patrimonio tan impresionante, exigía un lugar seguro para su vasta herencia.

Este edificio fue inaugurado en 1964 tras 18 meses de trabajo de un gran equipo dirigido por el arquitecto Pedro Ramírez. La entrada es impresionante pues pronto llegas a un gran espejo de agua cubierto por un imponente paraguas de metal y concreto que cubre todo el espacio acuífero. Todas las grandes salas dan hacia esa fuente, quizá en homenaje a Tlaloc, uno de los principales dioses del panteón azteca.

Pasar por las salas especialmente distribuidas te acercan a todas las culturas que ocuparon el espacio denominado Mesoamérica. Como el Perú y sus Andes, México tuvo diversos "pisos" históricos que fueron el origen y el ocaso de las culturas correspondientes. Para la decoración no escatimaron convocar a los mejores artistas de la época; por eso, vemos un bello mural de Rufino Tamayo al ingreso.
Hablar de cada una de las secciones sería un intenso pero largo viaje a este pasado: casi 80 mil años de historia; pero quiero hablar de las piezas que más me impresionaron: de la Sala Tolteca hay que ver una pequeña cabeza de guerrero en cerámica con piezas de nácar incrustadas. Es una pieza pequeña, pero una de las más valiosas por el primoroso trabajo que muestra. De los Mexica, uno debe ver la impresionante estatua de Coatlicue, la poderosa diosa de la tierra hecha en piedra volcánica, que en realidad es una diosa hecha de elementos, como aves, serpientes. Quizá los mexicas eran conscientes de la poderosa diosa que tenían ante sí y la hicieron inmensa, fuerte, dominante. También uno no deja de sorprenderse al ver la estatua tan bien conservada de Xochipili, el dios de las flores, con sus piernas y base estatuaria plagadas de flores. Lástima que no pude ver una de las piezas más bellas y frágiles de todo el museo: una monita finamente labrada y pulida en piedra obsidiana. Esta pieza como otras varias estaban en Italia en una gira, en reciprocidad a la visita de piezas etruscas que había estado en dicho museo un año y medio antes. Pena.

Para los peruanos, la cerámica es una de las más manifestaciones de arte utilitario logrado por varias culturas de nuestra región, como los Nazca y los Moche. Los mexicanos tienen los suyos en los mixtecos. Geniales. Otras impresionantes obras de gran escultura es la de los olmecas, con sus grandes cabezas colosales distribuidas en amplias salas. Algunos trabajos de miniatura eran impresionantes y estaban hechos en piedras verdes que asemejan al jade (no lo es).

Y las salas Mayas ya son un viaje esotérico a la reconstrucción de un pasado un poco maltratado por el bodrio ese hecho por Mel Gibson, Apocalypto. Las restauraciones de las salas sepulcrales con sus notables murales eran todo un placer a lo estético y al intelecto; sus delicadas piedras labradas, mostrando sugestivos bajorrelieves, una cerámica casi lítica, con mucho de parecido a nuestros Moche; algunas manifestaciones arquitectónicas que hacían evocar a Sechín, y sobre todo la genial ambientación de los curadores del museo que han reproducido el calor y la humedad del trópico yucatense. Son unas de las mejores salas.

Vale la pena mencionar la impresionante reproducción a miniatura de lo que fue Tenochtitlan; así vemos lo que fue este gran lago que llegaba hasta la actual Texcoco. Las chinanpas quedan en algunas partes de México, pero el suelo es el peor enemigo de ellos. México se hunde, porque se hizo sobre una laguna que intentaron secar. "Guadalajara es un llano, México es una laguna", así reza el canto, por algo será.

Para cerrar oí una de las narraciones más impresionantes que puede uno oír en estos museos donde lo viejo te toca: cuando trasladaron la estatua de Tlaloc, el dios del agua, a su nuevo aposento en este museo, en México llovió lo que no había llovido por décadas; muchas autopistas se anegaron, colapsó el sistema del metro, un caos total. El dios estaba reclamando lo suyo. Pero creo que está en un digno panteón.
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