domingo, 22 de mayo de 2016

¿HACIA UN NARCOESTADO? ARTÍCULO DE OPINIÓN DIARIO CORREO DOMINGO 22 DE MAYO

“Detrás de cada gran fortuna, hay un delito”. Esta frase fue acuñada por el escritor francés Honoré de Balzac que aparece recurrentemente en su libro La comedia humana; una frase que describe la Francia posrevolucionaria en la que hombres y mujeres inescrupulosos sacaban provecho y amasaban grandes fortunas de manera ilícita y, como leía un comentario, “haciendo harina a los demás”.
Por estos días, la nueva denuncia contra Joaquín Ramírez, congresista de la República por Cajamarca y amasador de una gran fortuna meteóricamente acumulada, ha refrescado la memoria de todos los peruanos sobre los diversos sucesos en los que diversas formas reñidas de la ley han intervenido de manera directa en la política peruana corrompiéndola. La investigación en su contra se abrió el octubre del año pasado por la Fiscalía de Lavados de Activos al solicitar, como primer paso, levantar su inmunidad parlamentaria. Las investigaciones han ido desmadejando no solo el accionar de este personaje, sino el de muchos miembros de su familia que militan en el partido Fuerza Popular.
Los negocios turbios siempre han tenido fuerte presencia en la política nacional a través de diversos personajes que militaban en los partidos de turno. Los contubernios eran variados: en la época del primer gobierno de Fernando Belaunde, el contrabando, sobre todo textil, avalado por el entonces Ministro de Marina, almirante Florencio Texeira, debilitó a ese gobierno. El retorno de la democracia en los 80 trae otros dos sonados casos: el de Guillermo Cárdenas Dávila, “Mosca Loca”, quien se ofreció pagar toda la deuda externa del Perú de entonces; y el caso de Carlos Langberg, quien financió la campaña de Villanueva del Campo por el APRA, frente a Belaunde por su segundo gobierno. Ya el narcotráfico, poderosa herramienta de corrupción, se había instalado en el Perú y comenzaba a extender sus turbias redes. Ambos gobiernos de AGP también estuvieron regados de escándalos como el caso de Reynaldo Rodríguez López, “El Padrino”; y los famosos narcoindultos o los extraños vínculos con Gerald Oropeza y familia. Pero fue el gobierno de Alberto Fujimori y su siniestro socio Vladimiro Montesinos en el que el narcotráfico y la descarada corrupción de prebendas y dinero contante y sonante se enraízan en todos los niveles de la sociedad peruana, fuera de la densa red de corrupción que recorrió el mundo de la privatización como el sonado caso Yanacocha. Los estudios de Alfonso Quiroz, destacado historiador fallecido prontamente (HISTORIA DE LA CORRUPCIÓN EN EL PERÚ, IEP, 2013); Carlos Iván Degregori, antropólogo también fallecido (LA DÉCADA DE LA ANTIPOLÍTICA, IEP, 2012; así como el de las periodistas británicas Sally Bowen y Jane Holligan (EL ESPÍA IMPERFECTO, PEISA, 2002); todos, con sus respectivas investigaciones, develaron una red corrupción insospechada que se convierte en la pesada herencia que recibe nuestra debilitada sociedad política. La historia identifica al gobierno de Alberto Fujimori como un narcoestado.   
¿Estamos en camino de seguir esa línea?
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