martes, 10 de febrero de 2009

LA POLÍTICA Y EL POLÍTICO



El verdadero fin de la política
es hacer cómoda la existencia y
felices a los pueblos
ROUSSEAU




POLÍTICA, ASÍ NO

Cuando uno lee EL CONTRATO SOCIAL, el texto que produce una profunda revolución copernicana del poder político en la Europa del siglo XVIII, Rousseau nos plantea un nuevo ideal de correlación de elementos sociales con un criterio de justicia nunca antes pensado, con un sustento social en busca de la felicidad colectiva. La Revolución Francesa fue un paso decisivo en la concepción de la ciencia política y el hombre político, un hombre que va a recibir un prescripción - un perfil - de su ser y su quehacer centrado más en deberes que en derechos, dándole límites y funciones centradas más en el servicio a la comunidad a la que se debe, que obtener provechos y beneficios del puesto que ha de ocupar. Además, en los nuevos vientos de fines del XVIII, la idea de democracia concebida desde la visión antropocentrista impresa desde el Renacimiento había otorgado una serie de nuevos derechos y deberes al hombre natural y civil de una sociedad como la que comenzaron a idear los ilustrados de entonces. Así, todo hombre como ciudadano tiene la posibilidad de usar su legibilidad, pero esta exige del potencial candidato una gama de responsabilidades personales y sociales que, dudo yo, alguna vez hayan sido cumplidas todas a cabalidad. Y, bajo el manto de la palabra DEMOCRACIA, nuestra historia política no ha visto más que sombras, absurdos remedos, fantoches de lo que es la política y el ser político.
El vejamen sufrido contra esta actividad tan apasionante me ha hecho una persona escéptica y hasta decepcionada por todo lo que hemos vivido los peruanos a lo largo de nuestra historia como nación moderna. La idea de servicio ha pasado poco por la mente de todos aquellos que alguna vez se pusieron la banda presidencial en pro del bienestar social. La designación de un presidente obedece a un acto de delegación de poderes colectivos a un individuo que tiene por misión buscar el bien común, cuidar la res pública, la que conformamos todos nosotros.
La aparición de los partidos políticos en las sociedades occidentales obedece a la idea de preparar líderes y cuadros humanos capaces de asumir de manera eficaz y eficiente el reto que significa recibir ese poder con seriedad, integridad, transparencia, humildad y reflexión. Así pues, un candidato a ocupar un sillón presidencial debe ser: un filósofo con una inmensa capacidad reflexiva para actuar, no abandonando el sentido pragmático; un historiador, un hombre que vea las cosas y los momentos de manera global y coyuntural, que haya aprendido de los errores que las sociedades hemos cometido a lo largo de nuestra existencia como sociedad civil; y un geopolítico, un hombre que vea hacia dónde lleva su sociedad, cuáles son sus debilidades para trabajar con metas claras con el fin de lograr una homeostasis social interna y externa que apunten a esa ansiada felicidad. Además ser docente, un hombre que para enseñar conocimiento y ejemplo debe entender a quién dirige dicho conocimiento. Las demás actividades y profesiones son situacionales, útiles para proceder y ejecutar, así como asesorar; pero la tergiversada prioridad de esas ha terminado por desvirtuar el perfil del estadista, y crea a uno que está más preocupado en crear subterfugios legales o ideales tecnocráticos, empantanando su real propósito. Debo disculpas por este comentario, pero un candidato que sea abogado o economista me da demasiada mala espina, porque de este no voy a esperar más que un hombre que ve más situaciones turbias encerradas en madejas legales o quizás cifras frías en la que una persona, un ciudadano termina convirtiéndose. En realidad y lastimosamente, esos son los tipos de presidentes y candidatos que tenemos en todas partes, no es un exclusividad peruana. Es la realidad de un mundo que va patas arriba. El verdadero sentido de la política y el hombre que verdaderamente la hace están tan lejos de lo que vemos, oímos y sufrimos.
Puedo dejar algunas preguntas que me parecen relevantes para entender a nuestros gobiernos: ¿Cuál de ellos tiene un plan educativo coherente para 20 años? Irónicamente el golpista Velasco tuvo uno y que pudo dar buenos frutos si no se lo hubiere boicoteado; pero nos detenemos ahí. ¿Existe un plan coherente de reforma del estado presencial tanto hacia fuera como adentro? Eso lo hace un historiador y un geopolítico. ¿Existe un plan coherente de integración nacional e internacional? Muchas de estas preguntas han tenido respuestas urgentes (no importantes), ya que hemos tenido un grupo de tecnócratas dirigiendo nuestra nación, rodeados por personas de dudosa capacidad profesional que no han podido hacer planes a largo plazo. Muchos de estos incluso están perpetuados en el poder debido a que nuestra ignorancia cívica no ha hecho nada más que olvidar, olvidar y olvidar los crasos errores de su supina incapacidad. Ardemos en venganza por una guerra con Chile hace ya más de 100 años, pero nos hemos olvidado de lo que nos sucedió no hace más 20 años; ¿será por eso que se han reducido las horas de Historia en los colegios?
No se ha cambiado nada; así pues, personalmente, seguiré en el escepticismo ante el cuadro patético del Perú de hoy.


Este artículo salió publicado en DIATREINTA de la Universidad Privada del Norte
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