jueves, 5 de febrero de 2009

5 DE FEBRERO, 1975, LIMA




Temprano por la mañana. Había ido temprano a la Academia Sygma, en la Avenida Colmena. Como provinciano llegado a la capital, había buscado una pensión cerca del lugar en el que iba a estudiar. Pasaje Inclán 146; esa fue mi casa por ese verano, mi primer gran verano limeño. En la academia se enseñaba Ciencias y Matemáticas. Tenía el errado sueño de querer ser ingeniero civil. Mi meta: la UNI. Como cientos de chicos imberbes, nerviosos y extraviados, iba a la academia a pugnar un "lugar bajo el sol", ser universitario. Ese 5 de febrero todo transcurría con cierta normalidad, pero rumores varios desde temprana hora caldeaban el ambiente; mi pensión estaba a media cuadra, por lo que no tuve mayor información que mi sola caminata hacia el local de mis estudios; pero otros compañeros como Rosa María Nalvarte, Tito Fuentes, Eva y otros comentaban de varias cosas, una huelga, movilizaciones del ejército, rumores que inquietaban el morbo de cualquier adolescente. La tensión en la academia iba creciendo y ya algunas chicas temerosas se iban por regresar a sus casas; había gente que venía desde Ancón a las clases y ellos ya mostraban mucho nerviosismo. Pronto las autoridades académicas decidieron soltarnos, los rumores se habían hecho realidad: la huelga de la policía había dejado a la ciudad totalmente desprotegida. Una vez ganada la calle, vimos el fluir nervioso de la gente por la Colmena, algunos transeúntes mostraban un rostro mortificado, para muchos era un mundo de oportunidades para hacer fechorías; de pronto llegó una turba con varios individuos llevando todo tipo de artefacto o ropa y, a lo lejos, columnas de humo se elevaban desde la Plaza San Martín. "Han quemado el Casino Militar", se oía por todas partes y gente provista de palos y descamisados corrían por todas partes. Con un par de amigos quisimos, como buenos curiosos, ver la Plaza, pero gases y piedras nos hicieron correr: no era buena idea. Ya la gente de la academia estaba toda dispersa, quedábamos un puñado de chicos, la mayoría provincianos que no teníamos muchas alternativas adónde ir. Lo más sensato era ir a mi pensión; la situación se estaban volviendo tensa, ya los comerciantes y los hoteles habían cerrado sus puertas y la gente iba corriendo de un lado a otro, era el caos total. Tipos descamisados incitaban a gente de toda calaña a saquear. Cuando llegué a la Avenida Tacna, columnas de humo venían de varios lugares; unas venían del edificio del diario Correo, otros se veían a lo lejos del Centro Cívico, comentaban por ahí que habían quemado el Centro de Convenciones. Otros ya comentaban del saqueo del diario El Peruano y cómo habían quemado las bobinas de papel que habían lanzado a la Avenida Alfonso Ugarte. Lima era un caos; la turba se lanzó sobre Scala en la Ugarte y ya se hablaba de varios muertos. Vi pasar a algunos tipos con los brazos cortados en su desesperación de pillaje sin tomar en cuenta los vidrios rotos de los vitrales que habían destrozado. Casi no circulaban autos por la calle, menos movilidad pública; escuchaba por ahí que varios Bussing (así los llamaban, los guindas) habían sido quemados en Avenida Abancay. La curiosidad me picaba para ir, pero algo me decía que tenía que ser cauteloso. Lima era para mí una ciudad inmensa y extraña.


De pronto la gente comenzó a correr con pánico, sobre todo los saqueadores; habían salido las tanquetas para controlar la ciudad; pero los saqueos no cesaban. Ya en mi pensión, afuera observando como gato curioso, vimos cómo saqueaban la zapatería de la esquina. Esperaba que eso no estuviera sucediendo en Trujillo, ya que mi padre tenía un negocio en una zona de alta volatilidad social.


Para despejar un rato y satisfacer el gusano de la curiosidad, decidimos Walter (un compañero de pensión) y yo caminar un poco para ver lo que pasaba. Sin medir nuestra curiosidad y con nuestra gran capacidad de aguante (él venía de Huánuco y yo de Arequipa) caminamos y caminamos hasta llegar a la altura del monumento a Jorge Chávez. Ya las tanquetas circulaban por todas partes y se dio orden de toque de queda. Este empezaba a ...¡Las 3 de la tarde y estábamos lejos de la casa y era las 2:45 p.m.! Como locos queríamos parar a un ómnibus o cualquier taxi. Nada. Sólo quedó correr. Corrimos como locos, no paramos para nada, el miedo a un balazo agilizó más nuestro paso. Una vez en casa respiramos tranquilos.


Pero no íbamos a estar tranquilos, algunos de los chicos habían participado en el saqueo de la zapatería de la esquina (uno sólo consiguió el lado izquierdo y un par de zapatos para niños). A las 8 de la noche aproximadamente tocaron violentamente la puerta de la pensión; los chicos lanzaron su pillaje al techo y en ese momento abrí la puerta, se la estaban tirando al suelo a golpes. Entraron unos 6 soldados rasos con sus fusiles, uno de ellos corrió hacia el fondo y empujó lo que encontrase en su camino; Walter cayó disparado al piso. Los soldados sólo gritaban cosas incoherentes, una situación tensa que podía haber generado una tragedia. Los soldados tenían tanto miedo como nosotros, hasta que uno de los chicos de la pensión, que había servido en el ejército logró "comunicarse" con él. Logró entenderse y los ánimos se calmaron. La pasamos mal, en verdad.


Los días siguientes comenzamos a observar con más detenimiento todo lo que había sucedido, fue bastante fuerte y riesgoso. Estuve sin querer en parte de la historia; hace 34 años
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