Como dice el refrán: “En el Perú nunca te
aburres”. Lástima que es para mal. Y es la violencia el motor de estos sucesos
que son parte, parecieran, de la vida diaria del peruano de las grandes
ciudades. Al luctuoso suceso de Trujillo, evento que ha enlodado a las fuerzas
policiales con consecuencias aún no conocidas, la opinión pública ha sido
testigo de un execrable acto de violencia sexual contra un estudiante en un
colegio, cuyos padres integran, muchos de ellos, la rama más conservadora de
las fuerzas armadas del país. Tal como está sucediendo con los sucesos de
Trujillo (que están pasando discretamente a segundo plano), a medida que se
avanza en las investigaciones de lo acaecido con varios estudiantes de V año
del Colegio Liceo Naval contra un estudiante de IV año, las evidencias, así
como las justificaciones van siendo cada vez más sorprendentes. En los años 60,
Vargas Llosa publicó La ciudad y los perros, novela que causó gran malestar al
Ejército Peruano. Esta contiene el crimen de un estudiante, el Esclavo Arana, el cual quiere ser encubierto por las autoridades dando argumentos que terminan por
denigrar a la Institución por la hipocresía y los oscuros manejos de poder para
borrar esa mancha institucional. Aunque el Leoncio Prado, colegio en el que
transcurren los hechos novelísticos, sea bastante diferente en su composición
social, son los móviles los que los acercan a retratar no sólo a esos
micromundos escolares, sino la disección que sufre la sociedad peruana no sólo
la de antes, sino la de ahora también: racismo, homofobia, discriminación
económica, prepotencia, violencia vertical. Las justificaciones y reacciones
por parte de familiares de los alumnos que actuaron de manera repulsiva, así
como de algunos líderes políticos y de opinión pública son una muestra de la
anomia que la sociedad peruana vive en estos días. Los “descubrimientos” de
otras acciones hechas de acoso en el colegio y silenciadas por razones de poder
son evidencia de la podredumbre que corroe a muchas familias peruanas, no
importando el estrato socioeconómico al que pertenezca. El colegio es la
pequeña punta del iceberg que atraviesa a nuestra sociedad. Las culpas se
comienzan a distribuir por el entorno, pero no se ataca la raíz del problema; las
sugerencias planteadas por diversas personas del mundo político para con estos
jóvenes agresores son ridículas. Es muy posible que docentes y dirección sean los
únicos culpables de este crimen (lo es), pues a la larga van a ser la parte más
“fácil” de sancionar. Esto debería invitar a todos los padres de familia, por
lo sucedido, a pensar cómo reaccionamos frente a diversas situaciones en la que nuestros
hijos se ven involucrados. La distorsión y negación de los hechos es lo primero
que ocurre, y la búsqueda de actores del hecho siempre deriva en los demás y no
en nuestros hijos. Terrible es saber, como padre, de que tengamos un espejo inevitable y contundente que
nos retrate de cuerpo entero.