Estas últimas semanas hemos estado envueltos por las noticias del Mundial de Fútbol. Es inevitable que para una persona que no es muy aficionada a este deporte, como yo, le sea indiferente lo que está pasando en los tres países norteamericanos. La hechura de este mundial ha sido, y sigue siendo, accidentado. Las acciones precedentes fueron bastante cuestionadas, pero el motor económico no podía parar. El deporte, tal como se ve a estas alturas, es un adminículo para justificar las verdaderas intenciones que se mueven, algunas bastante descaradas. Desde el conflicto con Irán hasta las prohibiciones de ingreso a los ciudadanos de algunos países clasificados, nada de esto ha sido impedimento para seguir con el espectáculo. Irónicamente, muchas personas se han preocupado por la presión psicológica que han tenido algunas “vedettes” peloteras, como Messi, MBappé u otros; pero pocos son los medios que han incidido en el increíble escarnio que hicieron contra la selección iraní o su hinchada. No sé si hayamos tenido otro mundial en el que una selección tenía que cruzar una frontera para jugar un partido y, luego, regresar automáticamente a otro país donde estaban alojados. Una locura. La otra es el hecho de la anulación de una tarjeta roja de un jugador estadounidense por la presión de Donald Trump; él mismo ha reconocido esta acción. Todo este suceso me hace recordar al escándalo contra el equipo peruano de fútbol en las Olimpiadas de Berlín en 1936, uno de los hechos poco claros que motivaron el retiro de la delegación peruana de esa olimpiada; pese a que nos gobernaba el Mariscal Óscar R. Benavides, proclive al régimen nazi. Este mundial ha puesto en vitrina una serie de realidades históricas y geográficas interesantes: países pequeños como Aruba o la sorprendente Cabo Verde, excolonia portuguesa, han saltado al escenario de los medios; era calamitoso y tragicómico escuchar comentaristas y aficionados sobre el nulo conocimiento de estas naciones. Peor aún, las racistas opiniones contra el aficionado congoleño, en una acción conmovedora, que se paraba como una estatua evocando a ese líder incómodo y valiente que fue Patricio Lumumba. Algunas personas ridiculizaban su acción, en una tamaña muestra de ignorancia e irrespeto. Pero hay otro caso que ha concitado la atención de analista políticos y sociólogos: la eliminación casi permanente de la selección brasileña, equipo que recuerdo haber visto en mundiales anteriores festejando el “jogo bonito”, la picardía y el placer de jugar. Aún recuerdo ese partido Perú – Brasil de 1970 en que ambos equipos, EQUIPOS, no daban su brazo a torcer y creaban situaciones de gol y de juego justo colectivamente. Se habla de un factor religioso muy conservador creciente en nuestros países que ha ido calando en este equipo y otros, como el de Colombia. Un fenómeno motivo de estudio de manera racional por la psicología, sociología y la historia. ¿Nuestra selección?

