lunes, 22 de diciembre de 2014

CRÓNICAS PIURANAS: EN BÚSQUEDA DE TESOROS

Este año he sido un asiduo visitante de mi ciudad de nacimiento. Dos veces realicé buenos periplos con amigas que han sido simpáticas compañías en ambas ocasiones. Estos viajes me han permitido conocer varios lugares que por una u otra razón tenía postergado, sobre todo lugares de la costa. En realidad no soy muy afecto a las cosas del mar, pero la costa ofrece bellos lugares para visitar y también para descansar (cuando no hay una gran cantidad de personas que buscan “la paz” en lugares como Máncora. Ya había estado en Zorritos hace unos años y hacía tiempo que la brisa marina de otros lares no me refrescaba como lo suele hacer en días calurosos. Piura es un departamento de amplio frente costero y disfruta de calor y sol casi todo el año. Y así fue. Mayo y julio fueron los meses que partimos hacia la tierra del sol. En ambas oportunidades alquilamos un auto para poder desplazarnos mejor y tener la independencia que te puede dar un vehículo para entrar a los lugares más insospechados como así lo hicimos. Había estado revisando diversas guías de viaje, como la de Rafo León y armé extensos y organizados planes de ruta.
En el primer viaje, fuimos Isabelle, Lorena y María; salimos la noche del miércoles 30 de abril para llegar a Piura el 1 de mayo, día del trabajo. Gracias a una amiga de nuestro centro laboral, habíamos coordinado previamente un hotel (aunque este se hallaba relativamente lejos del centro de la ciudad) y hecho contacto para el alquiler del vehículo. Decidimos ir a dar una vuelta por la plaza de armas, la catedral y el museo arqueológico del Banco Central de Reserva (un espacio que podría ser más atractivo) para un rápido reconocimiento,  luego hallamos un hotel más céntrico y con las mismas nos mudamos a nuestro nuevo aposento. Con el fin de coordinar todo, ya que al día siguiente íbamos a tener el auto para nosotros, decidimos ir a almorzar a Catacaos y luego hacer algunas compras de joyas. Catacaos ofrece muchas cosas de plata y algunos tesoritos antiguos que puedes hallar si hurgas en algunos puestos. Regresamos a Piura para descansar luego del periplo y salimos a cenar a un lugar de buena comida llamado Cappuccino. Tras la cena, nos fuimos a buscar un helado y ver los últimos rincones de la vieja Piura central.  

Al día siguiente, fuimos a recoger el auto para dirigirnos hacia las playas del sur: la idea era visitar Sechura y su bella iglesia; y luego bajar hasta Parachique. Sechura tuvo un sismo en marzo de este año, que provocó daños en su bella iglesia. Esta la había visitado por primera vez en 1984, y luego en el 2008. Ya había pasado, pues, un buen tiempo y en verdad el paisaje natural y urbano han cambiado mucho. El sistema vial ha mejorado considerablemente en el Dpto. (como lo constatamos en ambos viajes) y hay algunas vías alternativas que conectan pueblos y ciudades. Sin embargo, la ciudad de Piura sí estaba en problemas debido al cambio de las redes de agua potable y desagüe o por la reparación de sus calles. Pese a todos estos obstáculos en las rutas de la salida de la ciudad hacia el sur,  salimos airosos y nos dirigimos hacia Sechura. 
En el camino decidimos cortar por una carretera asfaltada con el fin de evitar los diversos poblados como La Arena entre otros; casi nos perdimos, ya que hay carencia de señalización en las rutas alternas. Llegamos a nuestra meta final. Anteriormente, la iglesia de Sechura era perceptible como una gran atalaya solitaria en el desierto; ahora, la ciudad ha crecido y cuenta con varios servicios y algunos edificios. Sechura cuenta con un gran movimiento comercial y se ha expandido gracias al comercio y agricultura; además cerca de Sechura, en Bayóvar, hay una gran fábrica de fosfatos y la nueva planta de cemento Pacasmayo. Esta planta irá paulatinamente reemplazado la de la ciudad de Pacasmayo, puesto que ya se está siendo rodeada por la ciudad misma. Esto va  en desmedro de la economía laboral de la Región La Libertad y va convirtiendo a la Región Piura en uno de los más ricos del Perú.
El ingreso a la inmensa iglesia sechurana está prohibido; los daños se pueden percibir, sobre todo en una de sus torres (la de la izquierda). En visita que hice en el 2008 ingresé a sus instalaciones e, incluso, subí a sus campanarios. Una vez culminada nuestra mirada al monumento, decidimos enrumbarnos hacia Parachique. En el trayecto, vimos varias filtraciones de agua que parecían lagunas de escasa profundidad; y lo más interesante, pobladas de parihuanas (flamenco). Parachique es un puerto relativamente grande, zona de pesca intensiva en la que hallas todo tipo de embarcaciones, lanchas, bolicheras; toda la población vive de ello. No sé si habrá existido veda alguna aquí; pero, de existir, afectaría profundamente la economía de la población. Sin embargo, el mar piurano es generoso y eso lo constatamos con sus suculentos productos que apreciamos en sus fascinantes platos. Culminada nuestra breve visita al lugar, ahora nos dirigimos hacia un lugar que
no pensaba hallar: los manglares de San Pedro. A través de una carretera bastante bien pavimentada alternativa hacia Catacaos (ya no entras en Sechura) llegas a un cartel que señala su entrada de trocha. Esta está bastante cimentada y es muy accesible. La visita es fascinante. Ves diversas aves que utilizan este lugar como zona de reposo y alimentación; en realidad es un estuario de un extinto río, pero que conserva sus aguas y mangles. Las aves pasan en todas direcciones y hay abundantes cangrejos de mangles. Hay una abandonada construcción que alguna vez se usó, creo, para albergar a los guardianes de este bello parque natural. Es el último manglar en la costa peruana y no habrá otro espacio natural de gran vegetación hasta las costas sureñas de Chile. Es, pues, el último manglar austral americano. Ahora es una zona protegida. La pregunta es cuánto durará en este mundo tan depredador como en el que vivimos ahora.

Culminamos así nuestro primeros días en Piura, la tierra del sol.




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