lunes, 29 de diciembre de 2014

CRÓNICAS PIURANAS VI: LAS ENTRAÑAS

28 de julio, día de la independencia de nuestra patria. Días festivos, días en la que muchos servicios básicos colapsan por los turistas. Esa es la razón por la cual decidimos no ir hacia los balnearios, sino internarnos hacia Chuculanas a buscar las famosas cerámicas de renombre internacional, así como ir a Yapatera, uno de los últimos reductos de población negra en nuestro país. No íbamos a encontrar ni uno ni el otro, pero el recorrido sí valió “la misa”. Chuculanas se encuentra a unos 80 kilómetros de Piura y está conectada por una estupenda carretera. Cabe resaltar que la red vial que recorrimos en estos dos viajes me ha provocado mucha envidia y la comparo con las pobres carreteras que tenemos en La Libertad. Según datos de Provías, al 2011 la Región Piura tenía más del doble que nuestra Región; esto se ha incrementado con la reciente inauguración en octubre de tramos correspondientes entre Sullana, Paita y Piura. Solo la costa liberteña tiene una carretera digna de ser nombrada como tal; recientemente se ha concluido la ansiada carretera a Huamachuco. El día que la recorra daré fe de lo que comentan.
Ya rumbo hacia Chulucanas, fue nuestra primera llenada de tanque. En realidad, es bastante módico alquilar un auto entre tres o cuatro personas: ahorras tiempo, no te fatiga el viajar en tu propia movilidad desde tu ciudad de origen y dispone de libre maniobrabilidad y tiempos. Previamente habíamos tomado un buen desayuno en el centro de la ciudad y nos fuimos para las compras necesarias para almorzar en alguno de los lugares que nosotros creíamos adecuado. Este turismo no está desarrollado en el Perú, el del viajero en su auto que busca la comodidad inmediata, que te permite tomar bebidas frescas en la ruta o poder hacer una buena pascana para tomar tus alimentos con comodidad. En Francia y España pude ver esa organización para los viajeros en sus vehículos. Espero algún día lleguemos a ese tipo de facilidades.
Llegamos a Chulucanas luego de haber atravesado una buena extensión desértica y atravesado varios pueblos “santos”. Esto es muy pintoresco: Santa Ana, San José, etc. Al retorno nos detuvimos en Virgen de Fátima para tomar una foto a María en recuerdo de su tierra. Interesante, Fátima es un nombre muy común en la lengua árabe y uno de los mayores santuarios, ubicado en Portugal, tiene ese nombre.
Chulucanas, tierra de algunos amigos,  es una pequeña ciudad que visité por primera vez en 1993. En ese entonces los talleres de los maestros ceramistas estaban cerca de la plaza de armas. Ahora se hallan en otro lugar llamado La Encantada. Eran oriundos de ese lugar, pero no se contaban con las facilidades de poder acceder a este pequeño poblado, dentro de los campos de cultivo.
Chulucanas es una ciudad agrícola, capital de la provincia de Morropón, famosa por sus limones y su gruta; aquí se respira ese mundo ligado al campo. La  modernidad la ha invadido con restaurantes, farmacias, tiendas de artículos agrícolas. Recordaba brevemente algunas de las historias que Luis Eduardo García había escrito sobre su niñez en esta localidad. Como ese gracioso cuento Adiós Sofía en el que narra su estrepitosa captura por parte de la policía local cuando quisieron entrar al Cine Municipal para ver una película de Sofía Loren, una de mayores de 21 años. Esas épocas ya no existen, ni el cine ni la Chulucanas de su niñez.  Siendo día festivo, la ciudad tenía visos de haber celebrado un izamiento. La plaza estaba engalanada, nada más. Fuimos a ver su moderna iglesia matriz con una bella escultura en la portada. Antes de ir a La Encantada, decidimos ir a Yapatera. Nos indicaron el camino y para cerciorarme, nos detuvimos al costado de una imponente morena; ella nos confirmó el camino remarcando que era oriunda de ese pequeño pueblo y que nos iba a gustar. El camino está en buen estado y llegamos pronto al lugar. El calor arreciaba. Llegamos al poblado, pero no tiene una buena señalización por lo que seguimos el camino. A cierta altura decidimos regresar. En realidad nos estábamos yendo hacia Tambo Grande. Retornamos y tomamos algunas fotos a la vetusta comisaría; una simpática construcción, ya en el abandono.
Un poco más allá, logramos ver lo que fue la casa hacienda del lugar. Ingresamos y comenzamos a tomar fotos. De repente apareció un señor con su burro, su piajeno. No tenía buena pinta, puesto que se acercó hacia nosotros con un machete; él pensaba que habíamos ingresado para hurtar algo, ya que contiguo a las antiguas instalaciones, se han edificado aulas modernas del colegio de la zona. Aquietadas las aguas, le pedí información, pues teníamos curiosidad de ver los antiguos almacenes de algodón. Le agradecimos sus datos y decidimos partir hacia La Encalada por seguridad. Ya en Trujillo me enteré por Rosa Gulman que esta había sido hacienda de su familia. Cosas de la vida.
Nos fuimos hacia La Encalada, por la ruta vimos los restos de lo fue otra casa hacienda. Una pena. Hay varias casas así en esta región que podrían ser rescatadas para ser parte de un sistema más complejo de un turismo nada despreciable, para aquellos que buscan la tranquilidad en lugares cálidos e incluso un refugio “lejos del mundanal ruido”. Las edificaciones monumentales como Sojo, Yapatera o La Encalada son construcciones bellas, como las que vi en Lambayeque y las que aún quedan en La Libertad. Pero, la visita sí fue frustrante. Los artesanos ya no trabajan con creatividad, sino que trabajan en serie en modelos que no reflejan su mundo, sus experiencias, su vivencia. Entre lo que vi en 1993 a lo que he visto en este julio del 2014 siento un retroceso; aquí el “mercado” les mató el gusto y el sentido práctico terminó por ser el sentido común generalizado. Tal fue nuestra frustración que María solo compró un cenicero para Orietta. Punto.
Iniciamos retorno a Piura, más tranquilos por la bonita calzada de árboles que limitan la carretera de salida de Chulucanas – La Encalada hacia la carretera Panamericana. Llegamos a Piura más o menos a las 6 pm. Una buena ducha y una cena opípara como de costumbre.

Al día siguiente nos tocaba ir a la playa otra vez.


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