Estamos ya terminando un año académico tanto a nivel escolar como el universitario con sus respectivos semestres; un año en que se volvió a la presencialidad, parcial o total, dependiendo las condiciones de cada centro educativo. En un año con muchas marchas y contramarchas por la latente crisis sanitaria y una zozobra política gracias a la inoperancia de toda la casta política peruana, vamos culminando un año de aprendizajes y reaprendizajes en todos los niveles. Un año que debe poner en alerta a todos los sectores de la sociedad peruana, pues las repercusiones de este sector se verán en todos los campos de las diversas actividades productivas, académicas, sanitarias, culturales e, incluso, recreativas. La educación es un pilar básico para cualquier sociedad y su cuidado o el descuido de esta pasa una pesada factura.
Tras dos años de
educación virtual a trompicones agravada por las brechas sociales, económicas,
geográficas, se comenzó el 2022 con cierta incertidumbre y esperanza en todos
los niveles. La decisión de permitir la promoción de los escolares en riesgo
académico por esta situación de emergencia genera preocupaciones en el ámbito
universitario que se halla frente a un estudiantado de serias carencias,
inmediatez en sus resultados y crecido en el mundo de facilismo y la queja como
forma de negociación para lograr sus objetivos nada positivos. Dos promociones,
la del 2020 y del 2021, pueblan numerosas universidades privadas en su mayoría.
Estos estudiantes también tuvieron uno o dos años académicos virtuales con
todas las deficiencias que pueden haberse generado por su rápida implementación.
Las medidas de urgencia deben de ser descartadas para no incrementar la brecha
que veremos crecer en los años entrantes. La debilidad de estos estudiantes
frente a un rigor académico necesario se ha incrementado debido a la
sobreprotección familiar, fuera del debilitamiento de la autoridad docente,
incrementada por este retorno en el que muchos niños y jóvenes han perdido una
serie de habilidades sociales por el aislamiento. Es un proceso de readaptación
que exige la colaboración de todas las partes, algunas más preocupadas en
censurar, criticar o sacar provecho en vez de construir soluciones en pro de
todos. Muchos de los nuevos graduados poseen escasas herramientas y habilidades
para enfrentar una real vida universitaria. En el caso de las universidades
privadas, el panorama es sombrío; antes de la pandemia, estas habían comenzado
a incrementar las horas de dictado a los docentes de tiempo completo; en muchos
casos, los docentes universitarios tienen mucha más carga lectiva que uno
escolar; peor aún el hecho de que las aulas virtuales han permitido incrementar
el número de estudiantes (clientes en sus términos) a cargo de un docente. El
retorno de la exigencia académica en todos niveles y otras medidas debe ser prioridad;
así se comenzará a evitar el vertiginoso deterioro de nuestro tejido social.