lunes, 1 de marzo de 2010

EL PRADO, SUBYUGANTE

Madrid. 22 de enero. Habíamos aterrizado por la mañana en Barajas y nos habíamos dirigido con nuestras maletas hacia el centro de Madrid en metro. Nos ubicamos en un hotel a sólo media cuadra de la Gran Vía, cerca del gran edificio de la Telefónica. De ahí iniciamos una extensa marcha por el Madrid viejo e imperial del cual hablaré en otro texto. Ahora quiero hablar de mi visita a los maestros españoles que se encuentran entre las paredes de este gran museo con el cual inicié mi gran periplo europeo hacia las artes visuales. Habíamos llegado a la Fuente de Neptuno, cuando Olivier me señala a lo lejos los edificios Jerónimos Y Villanueva, el complejo que hace el Museo del Prado. La decisión de Olivier de hacer un alto en Madrid la tomé con cierta reticencia, pero el regalo visual que tuve con esta visita fue suficiente. Habíamos comido antes un sánguche como aperitivo y un poco descansado para ir cuadrando nuestro nuevo horario biológico: estábamos con 6 horas de adelanto o atraso, depende como lo vean; pero esto nos había alterado nuestro sueño. Pese a todo, la emoción de ver a Goya, Velásquez, Murillo, El Greco o Ribera nos hizo desplazarnos rápidamente.
Comimos nuestro aperitivo fuera del museo y las aves nos roedaban. Alucinante. Algunas de estas aves permanecían suspendidas para poder comer las migajas que sosteníamos en nuestras manos. Un espectáculo. Una pena que la batería de mi cámara se había bajado para entonces.
Ingresamos al museo y dejamos nuestras cosas en el vestuario. Así comenzó nuestro recorrido. En el camino iba viendo aquellas pinturas que siempre soñé ver. Cuando era pequeño, mi padre nos compraba libros de historia, geografía y arte, imposible no llegar a ver un Goya, un Velásquez, un Bosco. Muchas de estas obras eran para justificar no sólo a la más bella creación del hombre, sino para explicar la génesis de su creación, esto es su historia y su espacio. Gracias, papá.
Lentamente comencé a recorrer con Olivier como guía las obras que se abrían deslumbrantes ante mí. A veces la belleza te duele. Cómo no amar al genial Bosco y su Jardín de las Delicias; puedes quedarte delante de él horas, pero otras obras te esperan para que las acaricies con los ojos. Ahí tienes a Brueghel y su impresionante Triunfo de la Muerte; en esos momemtos comencé a recordar y recitar a Olivier las famosas "Coplas a la Muerte de su Padre" de Manrique. Cuánta verdad en sus versos, cuánta verdad en su pincel. Van Der Weyden y el dolor entorno al cuerpo de Jesús yaciente. Las Meninas de Velásquez, todas gráciles, me había encontrado en Viena en el Museo de Arte creado por María Teresa, una gran colección de pinturas de la escuela española de este periodo; pero la colección de El Prado es soberbia. La impresionante figura de El Caballero de la Mano al Pecho del Greco, todas las mujeres rollizas de Rubens y su famosas rellenitas Tres Gracias; o la desafiante e imponente Maja Desnuda. provocadora, dueña de la situación (recordé el film de Aitana Sánchez, Voleverunt), Murillo y sus vírgenes, Sánchez Coello, todo un maestro. El Tiziano. Zurbarán. Y ese gran maestro, Sorolla, maestro de la luz, tan opacado por los grandes del surrealismo que vi en el museo Reina Sofía.
Las colecciones están iluminadas frescas; puedes acercarte a ellas para ver la calidad de la obra como la locuacidad del que la pintó.
Había entrado, con el Prado, a una increíble visita al pasado bello vivo.
Inolvidable.

http://www.youtube.com/watch?v=_B91T6bomh4&feature=related
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