miércoles, 20 de enero de 2010

LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO: MI ENCUENTRO CON LA HISTORIA

En mi vida me he topado dos veces con las inmensas pirámides egipcias, mejor dicho con varias de ellas. Digo esto, ya que en mis dos estancias en esta enigmática tierra he logrado visitar Saqqara, donde vi las típicas mastabas y luego las famosas pirámides de Gizah.
Es cierto eso de ir a un lugar dos veces o más veces (ojalá el tiempo y el dinero sobraren para poder hacer realidad esta afirmación), puesto que en el segundo viaje pude ver con más detenimiento y placer la visita a estos majestuosos monumentos.
La primera visita fue en abril de 1988. Estaba trabajando en Israel y aproveché unas cortas vacaciones para poder ir a este fascinante país. El viaje desde Israel es barato y tenías a tu disposición buenos hoteles, el tren que te lleva a Luxor y otras gollerías más. En la primera visita iba conmigo Irene, una amiga de Costa Rica, y una pareja conformado por una chica israelí y un norteamericano. Nuestro tour nos llevó a este impresionante lugar, pero hubo algunas situaciones que me desencantaron. Una de ellas fue el entorno a este bello complejo monumental, el cual es rodeado paulatinamente por la ciudad, por El Cairo. La ciudad es un monstruo que iba envolviendo con sus construcciones, algunas vetustas, otras modernas. Lo primero que se me vino a la mente fue la frase "Todo le teme al tiempo, pero el tiempo le teme a las pirámides". A lo lejos, desde algunas avenidas del sector occidental de la ciudad vas viendo las siluetas de las mismas. Al llegar a ellas, bajé a toda velocidad, puesto que el monumento iba a cerrar. Nos habíamos atrasado por culpa de algunos turistas que se dedicaban más a comprar cosas que a disfrutar de lo que tenían delante de sus ojos. Además, había tanta gente que eso nos impidió entrar a la de Keops. Sólo podíamos disfrutar el entorno. Ni modo. Para la alegría de los compradores compulsivos, fuimos a unas perfumerías que quedaban cerca del complejo; entramos a una de ellas (la que tenía arreglo con el guía del tour) y pronto nos saturamos con la cantidad de olores que salían de todas partes. Para no decepcionar compré un frasquito de esencia de loto que traje a mi madre; duró casi 10 años. Así terminó mi primera visita: tiempo robado, apiñamiento de turistas y un fuerte dolor de cabeza por el exceso de perfumes.
En 1990, en febrero, otra oportunidad más de trabajo en Israel me hizo volver a Egipto. Como es invierno, el flujo baja; peor aún, un día antes de nuestra llegada, un bus de turistas había sido atacado en la frontera Israel - Egipto. 14 muertos. Los turistas huían en bandadas. Nosotros decidimos seguir. Éramos todos sudamericanos: dos argentinos, una chilena, dos mexicanos, una costarricense y dos peruanos. Nuestro grupo era muy divertido y éramos bastante ruidosos. Ese grupo fue a Gizah; antes habíamos estado en Tell- Amarna y el día anterior habíamos estado en el Museo Egipcio; estábamos cargados de historia.
La llegada fue tranquila y no había mucha gente por lo que comentaba anteriormente. Pudimos ver con más tranquilidad el sitio y ver nuevamente a mi amiga, la esfinge. Estaba aún en restauración y nunca entré a verla. Pero Keops sí estaba abierta y el guía nos invitó. Algunos que sufrían problemas de presión o claustrofobia se abstuvieron. Ya organizados, entramos luego de un grupo de señoras japonesas. Hacía frío afuera y hubo conato de lluvia; por eso, teníamos casacas gruesas (los famosos dubonim, gruesas casacas del ejército israelí). Al ingresar a través de una portada que estaba a una altura de una construcción de piso y medio, comenzamos una suerte de ascenso; esta subida por una suerte de túnel con barandas desanimó a varias señoras y emprendieron retirada. De pronto, observamos algunos agujeros profundos ahora iluminados. Eran las trampas para los saqueadores de tumbas. No había uno solo, cada cierto espacio surgía uno nuevo, así como galerías cual laberinto con el fin de despistar y extraviar al huésped no deseado. Algunas de las galerías se estrechaban, pero otras tenían un techo bastante alto. El calor se iba acentuando, pero no se enrarecía el aire, puesto que hay una serie de miniconductos para la circulación del mismo. De repente, llegamos a la habitación real, a la cámara inicial y luego una más pequeña en el que se encotraba el supuesto ataúd; según nos explicó el guía que, pese a todo el mecanismo de seguridad que habíamos visto, esta tumba sí fue saqueada y los restos jamás fueron ubicados. La habitación  inicial es en granito pulido, pero se ve el paso del tiempo. La habitación más pequeña es como la anterior y teóricamente es donde depositaban la momia y sus restos como sus valiosos tesoros. Vi cómo pudo haber sido cuando estuvimos en el Valle de los Reyes, más precisamente, en la tumba de Tut Ank Amon.
Cada inmenso bloque de las pirámides no hace sino hacerte sentir como un insecto frente a descomunal construcción. Los reyes querían inmortalizarse. En realidad, nunca los olvidaremos.
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