miércoles, 13 de enero de 2010

HUACA DEL DRAGÓN, ¿VERGÜENZA NACIONAL?

En los últimos días hemos sido testigos de una reacción colectiva a un incidente tardíamente conocido contra un monumento arqueológico correspondiente a la cultura chimú. La Huaca del Dragón, también llamada Arcoiris, se encuentra ubicada en el distrito de La Esperanza, y es un monumento poco conocido por los trujillanos (en realidad, el que lo hayan oído mencionar no quiere decir que hayan ido a visitarlo) y, de pronto, lanzado a la fama por este show mediático que la gente suele hacer por los diferentes medios de comunicación. En Trujillo contamos con muchos monumentos arqueológicos que son a duras penas preservados, sea por el escaso presupuesto que los organismos públicos reciben para los cuidados pertinentes, sea por el poco interés que la misma población le da a su patrimonio histórico. Hay varias huacas que revisten cierta importancia, pero muchas han ido desapareciendo por el voraz apetito de las empresas inmobiliarias (como parece sucede en la ruta Chiclayo-Lambayeque) o por las diferentes invasiones muchas veces promovidas por traficantes de terrenos.
En los años 30, Trujillo acababa en la actual avenida España; en lo que es la avenida 28 de Julio, más conocida por los famosos caldos Fonseca, "levantamuertos" para la resaca, dicha avenida era un gran conjunto de huacas grandes y pequeñas que han ido desapareciendo a lo largo del tiempo por obra y gracia de la expansión urbana, los huaqueros y, desde la época de la colonia, los latifundistas de tierras cultivables, propietarios por imposición real de pueblos indígenas, encomiendas y obviamente patrimonio arqueológico. Para ver nuestra historia y lo que muchos arqueólogos aficionados de épocas pasadas hicieron con las huacas se puede ver en museos como Larco en Lima o Cassinelli en Trujillo, cuyas fuentes de provisiones de huacos y otros objetos se pierden en la oscuridad de la ilegitimidad. El caso más patético y absurdamente promovido como atractivos turísticos son el Museo de Oro (con el consabido contrabando de piezas de oro, actualmente en el olvido colectivo de las buenas y malas mentes- dicho sea de paso, ¿quién tendrá todas esas valiosas piezas?) y el museo de Enrico Polli. Quizá alguna vez en la búsqueda de un trabajo más sostenido por crear un verdadera conciencia social, estos datos que también son parte de lo que es la historia de nuestro pueblo, lleguemos a conocer las oscuras fuentes que proveían de material arqueológico y de patrimonio colonial a museos particulares, colecciones privadas y galerías del extranjero.
Volvamos a lo sucedido en el mes de noviembre. Mes de noviembre del año pasado. Si no hubiera habido este show exhibicionista de esos 4 imberbes, quizá la población en general, todos los peruanos no nos hubiéramos enterado de lo que solemos hacer. Sí, sus hijos, sobrinos, uno mismo suele hacer: cuando uno viaja a un lugar uno puede ver cómo ha sido educada una persona en cuanto a su entorno. He visto, hace muchos años, en la sierra de Lima, precisamente en Chiuchín el comportamiento salvaje de una familia promovido por el padre: él, dueño de una inmensa camioneta, entró y rompió la calma de ese pequeño poblado con su equipo de sonido a todo volumen, vociferando a voz en cuello con su familia (no se podían oír entre ellos) y cuadrándose en el lugar donde le apuntase la nariz. Jamás preguntó a algún vecino del lugar si podía hacer eso. Sus menores hijos hacían lo que sus padres realizaban con su entorno.
El trato que todos nosotros tenemos con nuestro espacio, sea histórico, sea ecológico, sea social, es el que nuestros hijos van a imitar. Así como daño un monumento arqueológico, es como yo uso mi espacio inmediato: botar basura en la calle (la vez pasada vi cómo de una camioneta abrían la ventana y arrojaban basura a la calle desde el auto en movimiento; tal como hizo el padre, lo hicieron los restantes miembros de su pequeña familia, felizmente pequeña); hacer ruido infernal perturbando a los demás (constate esto no sólo con los taxistas, sino con las empresas que venden artefactos eléctricos, las sectas religiosas o el Corpus Christi de la plaza de armas, la propaganda política, los ambulantes y su libre competencia); pintar o dañar los espacios públicos (ya se viene la campaña electoral, pobres paredes); ocupar el espacio público como privado (los propietarios de tiendas de artefactos eléctricos o de vehículos usan la vía pública como su vitrina de exhibición). Si los adultos hacen esto, ¿qué le puedo pedir a un mozalbete que actúe cívicamente si los demás hacemos lo que nos da la gana? Si pido ser respetuoso de valores como autoridad, ¿qué puede opinar un joven que lo quieren  mandar a prisión por haber dañado un monumento y el gobierno deja suelto a un tipejo como Crousillat o dejará libre a Químper y Rómulo quienes han dañado profundamente la moral pública? Sí, hemos creado jóvenes esquizofrénicos que oyen un doble lenguaje difundido en medios y el sistema educativo, pero en la realidad todo funciona al revés.
Queremos hace escarnio de esos chicos, culpables sí; pero viene una pregunta a todos nosotros, ¿ellos son los únicos culpables? Algunas veces he oído cosas tan necias como demoler Chan Chan. Una amiga estuvo luchando denodadamente para lograr expulsar a varias personas, grandes y pequeños propietarios de tierras aledañas a este sitio arqueológico. Cuando recién se vio rentable la cosa (el turismo es un negocio rentable aunque en Trujillo todo aún ande patas arriba al respecto), la gente vio con otros ojos al patrimonio arqueológico; bueno, cierta gente
Es una buena oportunidad para comenzar a desnudar nuestros propios demonios, ya que así como estos mocosos dañaron en noviembre el mencionado monumento, pregunto a mis muchos conciudadanos, ¿qué hago con una playa como Huanchaco que después de un domingo veraniego queda como un inmenso muladar? ¿qué hice con el río Moche muerto hace años no sólo por la basura vertida en su lecho, sino por los relaves mineros? ¿qué hago con las ya pocas casas coloniales que se caen a pedazos de nuestro voceado centro histórico? ¿por qué algunas instituciones poderosas no quieren que se haga inventario público de su patrimonio aduciendo que es de potestad de la institución y se habla de un turbio y bastante conocido tráfico de objetos de arte colonial?
Quedan muchas preguntas, lo de esos mocosos es sólo una pequeña arista de un inmenso problema nacional.

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