domingo, 13 de febrero de 2011

VOZ DEL PUEBLO, VOZ DE DIOS

Lo de Egipto es el colofón y el principio de un momento histórico que tiene por principales protagonistas, un pueblo cansado de líderes ególatras y una falsa democracia que dice representar a un pueblo y lo que en realidad hace es entronar una casta de individuos que se dedican a expoliar a los ciudadanos que los eligieron a través del circo democrático en que se han convertido nuestros gobiernos.

La génesis de este conflicto se inició, como efecto “dominó”, con la revuelta en Túnez, país árabe también cansado de ver a una gavilla de ladrones gobernantes, apoyados por la complacencia de gobiernos occidentales con el fin de mantener una suerte de status quo para beneficio de sus economías, más que la del pueblo que tiene a estos políticos dirigentes. El concepto de “república bananera” puede acercarse a describir estos tipos de gobierno que han gobernado los países árabes en los últimos años, con ciertas variantes. El mundo árabe se vio varias veces fragmentado, sea por el temor de la unidad de esta gran nación, sea por el interés de mantener una fuente ingente de recursos naturales para el beneficio de las potencias occidentales, que es las más de las veces. La historia de estos países se ve jalonada por la creación y promoción prejuiciosa de diversas ideas divisionistas u odios entre los pueblos de habla árabe, que fueron unidos algún día por el profeta Mahoma. Algunas de estas situaciones se ven vistas de manera romántica y tergiversada por el casi mítico personaje Lawrence de Arabia, quien unió a los pueblos sometidos por el Imperio Otomano (los turcos) para pelear por el lado británico. Una vez concluida la primera guerra mundial, los países árabes no vieron la tan voceada libertad. Es más, se crearon algunas naciones como Kuwait para herir el orgullo árabe y para poder negociar con los nuevos gobiernos títeres la explotación del oro negro, tornando millonarias a las familias reales, y pobres a sus pueblos. En cierta manera, los árabes tienen toda la razón del mundo para dudar de la supuesta amistad de los países occidentales con toda su comunidad. Como ejemplo, es el rechazo de Estados Unidos y otras potencias contra el “díscolo” Nasser, líder que creó la República Árabe Unida (RAU) para recuperar lo que pertenecía a los egipcios, siendo un caso entre ellos, el Canal de Suez. A su muerte, los norteamericanos no dudaron en apoyar a líderes con Anwar Sadat, primero, luego Mubarak con el fin de velar sus intereses. Las movidas de fichas por parte de los gobiernos occidentales y las descaradas intromisiones en las políticas internas fueron generando un fuerte resentimiento de un pueblo que veía el ilícito enriquecimiento de sus autoridades y el empobrecimiento de los ciudadanos de a pie. Algunos países no árabes, pero muy cercanos a ellos como el caso de Irán es un claro ejemplo del descarado intervencionismo occidental para derrumbar al gobierno nacionalista de Mossadegh, y tras derrocarlo, colocar en el poder al famoso Sha Reza Pahlevi, quien gobernó con mano dura a su país. La errada política interna avalada por los ingleses y norteamericanos, sobre todo, terminaron de fomentar la caída del Sha y el ascenso incontenible de los Ayatolas. Esto es producto indirecto de la obtusa óptica de las petroleras que se escudaron en sus gobiernos para obtener recursos seguros y baratos (tiene mucha similitud con lo que pasa en nuestros países y las políticas neoliberales de Menem, Fujimori y sus seguidores, sólo que en nuestros casos, “legitimados”).

Egipto se había convertido en un país tapón, una vez muerto Nasser, el ascenso de Anwar Sadat permitió a la política norteamericana negociar con un hombre menos “duro”; así en 1977 se logró algo impensado: 10 años después de la guerra de los 7 días se firmaba el famoso tratado de paz de Camp David. Ambas partes se comprometían a un alto al fuego, la devolución de grandes extensiones de terreno a Egipto (la península de Sinaí) y un tratado comercial. Pero las castas militares no iban a perdonar esta paz endeble y van a asesinar a Sadat en 1981 durante un desfile militar en una masacre que fue asombrosamente vista por televisión por todo el mundo. Aún recuerdo un hombre sin un brazo que salía entre la humareda y los cuerpos destrozados. La turbulencia de entonces hizo temblar no sólo a políticos, sino a los mercados, que aún estaban nerviosos del fuerte boicot de los países árabes con el embargo petrolero de los años 1973 y 1974 (¿recuerdan el racionamiento de gasolina de esos años?). El ascenso de Mubarak se dio en ese marco de inestabilidad política que podría haber provocado una nueva guerra en Medio Oriente y con el consiguiente descalabro económico mundial. Mubarak se volvió en hombre de confianza de Estados Unidos, adalid de la lucha contra el comunismo y posteriormente contra el islamismo, el nuevo enemigo surgido para hacer que las cosas funcionen dentro de la dicotomía geopolítica de las naciones: amigo/enemigo. En cierta manera, la pérdida de algunos jerarcas pro occidentales como el Sha, o la “conversión” de otros como Hussein (inicialmente hombre de confianza de USA, Inglaterra y Francia), hizo que el rol de gendarme de la zona recayese en Mubarak. Y como jerarca “elegido”, se volvió candidato eterno (como lo era Somoza en Nicaragua o Stroessner en Paraguay) para lo cual se realizaban algunas elecciones como las del 2005 ó 2010 con el cantado triunfo y el apoyo férreo de la mayor potencia del mundo.

Un rol importante en estos eventos ha sido indudablemente el libre acceso a la información; la Internet bien usada es un campo de conocimiento impensado, sobre todo para buscar otras opciones fuera de las que se nos tienen acostumbrado los “lenguajes oficiales”. Es cierto lo que dicen varios analistas sobre la actual generación egipcia, una generación que ha crecido con la imagen omnipresente de Mubarak; pero también es una generación que ha crecido con el desarrollo de la comunicación en línea, la del día a día. Y vieron lo de Túnez, un hecho que prendió la mecha a esa carga de dinamita social que subyace en las sociedades árabes. Y vieron que era posible. La cólera tunecina era también la cólera social egipcia y la de otros países, como Argelia o Jordania.

Estuve dos veces en El Cairo, estuve en esa plaza inmensa que se ha vuelto un símbolo: plaza Tahrir. Una plaza frecuentada por cairotas yendo a laborar, a recibir un sueldo miserable, a callar la ignominia de cerca de 30 años. Y conmueve ver que la esperanza de luchar por un mundo mejor no está muerta, que es posible que el pueblo haga oír su voz y que derribe al gobernante que le ha dado la espalda a su nación; aquí en nuestro continente lo hicieron los ecuatorianos, quienes se pusieron sus pantalones y enfrentaron a dos gobiernos por haberles mentido, haberles dicho tantas promesas que nunca se cumplieron. Y que de pronto existe un poder del pueblo para reclamar la parte del contrato que firmó con sus ciudadanos, tal como lo plantea Rousseau en su Contrato Social. Sé que ahora Egipto tiene por delante un camino duro por recorrer por falta de experiencia como dicen los analistas políticos, tan paternalistas ellos con nuestros pueblos. Hay dos grandes riesgos entendidos: Israel y el desarrollo de fundamentalismos, así como, obviamente, el cuidado de sus recursos. Imagino cómo habrán estado las hermanas petroleras preocupadas con sus pozos en la movida zona del Medio Oriente. Quizá en unos meses nos pasen la factura con un alza del petróleo. Alguien tiene que pagar. Ya Estados Unidos habrá negociado bajo la manga con los militares para controlar “los pasos democráticos” (se puede leer esto en los diversos mensajes de la Casa Blanca). Personalmente espero que las cosas vayan a favor de este sufrido pueblo, que haya buenas y directas negociaciones con Israel, un país que tiene derecho a existir y coexistir con sus vecinos. Y que los ciudadanos apacigüen su euforia y planifiquen su sociedad y mantenga esa calidad de faro en el mundo árabe. El Cairo es la ciudad soñada en el mundo árabe. Largo camino.

¿Qué ejemplo debemos sacar de esto los ciudadanos peruanos? Todos deberíamos estar alertas con el próximo evento del 10 de abril. Nuestras pantallas, nuestros diarios, nuestros medios de comunicación se están llenando de discursos que hablan de un Perú mejor. Todos. Los anteriores prometieron lo mismo; muchos mintieron prometiendo una cosa, luego terminaron haciendo otras. Pero es el deber nuestro de hacer respetar nuestra voluntad otorgada para que el gobernante de turno haga el trabajo que le corresponde y velar por el pueblo que lo eligió. Tenemos que desarrollar nuestra conciencia cívica.

Quiero recordar un nombre que se volvió símbolo de este movimiento espontáneo en el mundo árabe, un tunecino de 26 años, Mohamed Bouaziz, quien desesperado por la burocracia y la corrupción que le impedían poder trabajar con su carreta, se prendió fuego en extrema desesperación. Veo a mucha gente pobre y sencilla, que va a un hospital y no tiene 5 soles para poder ser internada; el caso de una niña que murió por no ser atendida, ya que no tenía documentación. No hay que ir muy lejos para hallar cientos de casos como Bouaziz. Pero lo que leí en el diario El País y me impactó muchísimo fue la respuesta sencilla y bella de su hermano menor: ante la compra de la carreta de su hermano Mohamed por algunas personas para hacer de ésta algún tipo de símbolo, el jovencito prefirió quedarse con el recuerdo de su hermano mayor para preservarla en la memoria de todos los suyos. Creo que eso se llama dignidad.

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