domingo, 6 de marzo de 2011

ADIÓS A CATALUNYA Y A EUROPA

Viernes 04 de febrero, prácticamente mis últimos días de visita a Europa. Me levanté relativamente temprano y tomé un buen desayuno con Quique; conversamos sobre lo que iba sucediendo en Perú y en nuestras vidas, pero ya se iba haciendo hora de ir a casa de Chicho a preparar mis maletas, a hacer las reservas de vuelos desde París y mi chequeo desde Lima a Trujillo. Ya estaba despidiéndome de todos. De pronto las casi dos semanas que había pasado entre Francia y España se habían ido, pero había tenido la oportunidad de ver a varios amigos para volver a restablecer nuestros puentes de la memoria.
Con un fuerte abrazo, nos despedimos con la firme promesa de volver a vernos. Es bueno tener fe en tus sueños. Me acompañó con su gran perro Pisco hasta cerca de la estación del metro y lo dejé. A seguir adelante. Llegué a mi estación  y me enrumbé a casa de Chicho; todos habían salido, me dediqué a preparar maletas, a tomarme una buena ducha, revisar los correos del trabajo y personales, y hacerme la idea que en dos días iba a estar en Perú. Chicho me llamó para confirmarme que íbamos a salir con Jéssica, la dueña de casa y él, me invitaban a mi último almuerzo. Tanto Jéssica como Chicho habían decidido llevarme a un restaurante a comer tapas y otras cosas deliciosas (que eran la maravilla para mi colesterol y mis triglicéridos, pero mno todos los días va uno a Barcelona). Un almuerzo de despedida delicioso, con buena conversación, diciéndome cada uno de los diversos platos a base de mariscos que se iban pidiendo, rociado con cervezas y vino. Barcelona es una ciudad marítima. Para ser viernes, el restaurante estaba repleto y se veía una febril actividad. Lo que sí me sorprendió es el problema del espacio para los autos, tal como lo viví desde el primer día que pisé Barcelona. Terminado el almuerzo, nos fuimos a casa a recoger mis cosas, ya que antes de ir al aeropuerto íbamos a ir a ver a Wilber, acción que se frustró por estar muy ocupado. Chicho entonces a Montjuïc para despedirme de la ciudad con una vista panorámica de ella. Desde ahí pude ver la Barceloneta, el Mirador de Colom, Barri Gòtic; para la próxima vez, y lo tengo prometido, debo de ir a uno de los museos más interesantes de España: Museu Nacional d´Art de Catalunya, en el Palau Nacional de Montjuïc.
Ya la hora nos decía que teníamos que irnos, el aeropuerto Castelldefels está a unos 20 kilómetros y era casi hora punta de un viernes. Mejor no arriesgar.
Chicho había hallado un vuelo bastante barato desde Barcelona a París (casi 70 euros) y llegas a Orly. Ideal. El vuelo dura casi dos horas y vas muy cómodo. Viajar en tren (sobre todo el TGV) es una buena experiencia, pero resulta ser más caro. A veces el tren tiene sus ventajas, puesto que las estaciones terminales quedan en la misma ciudad; pero en mi caso, tenía que ir de una aeropuerto a otro.
Llegué a Orly cerca de las 10 de la noche. Premunido de dos libros y mucha paciencia, esperé en la sala de esperas (vale la redundancia) hasta las 5 am. del sábado 06 para embarcarme en Iberia a Madrid y de ahí a Lima. El avión salió puntual desde Orly, pero en el chequeo retuvieron mis jabón líquido y mi enjuague bucal. Estaban sicoseados con todo lo que había sucedido en el aeropuerto de Moscú y además Osama Bin Laden había amenazado a Francia. Fui una pseudo víctima de la coyuntura.
Llegué a Madrid dos horas después. Mi vuelo a Lima salía en cuestión de un par de horas; para tal ocasión me compré una buena batería de revistas de historia y cómics; las iba a necesitar, puesto que en la parte del avión que viajé había casi un niño por adulto. Toda una odisea.
Lima me recibió a las 7 de la noche del mismo sábado, aunque yo estaba ya en domingo. Esas son las emociones de los viajes largos. Bienvenido al verano.


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