domingo, 19 de julio de 2009

LAS ALDAS, VISITA A LOS ORÍGENES


El día de ayer, julio 18, un grupo de amigos decidió hacer un viaje a la historia preinca de nuestro país. Este viaje había sido planificado con varias semanas para visitar este lugar arqueológico ubicado casi en medio de la costa fascinante del Dpto. de Ancash. Salimos temprano en la camioneta de Gilberth; en un principio íbamos a ir 4 personas, pero una desistió por razones de trabajo. Una mañana húmeda, neblinosa nos pudo haber amedrentado; pero el interés nos movilizó hacia nuestro objetivo.

Salir de Trujillo a esa hora con un tránsito pesado y una estrecha carretera Panamericana, desalentaría a cualquier persona que tiene los nervios de punta: viajar por nuestras carreteras, más que una bonita experiencia, puede ser una pesadilla. El Alto Salaverry es insufrible a tempranas horas (buses que vienen de Lima o gente que se va a trabajar a las esparragueras). Además el estado de esta pista es bastante malo, por lo que está en permanente reparación, volviendo varias secciones de la carretera en una sola línea para el uso de ambas direcciones. Cruzarte con un gran camión de carga siempre te causa cierto temor. Pese a todo, seguimos nuestro camino jabonoso (por la llovizna) hasta Virú; la mañana seguía gris y ya estábamos necesitados de algo de comida, un café o algo reparador. Enrumbamos hacia Chimbote. Tras pasar Chao, el camino se hizo un poco desértico. Llegamos a la frontera con Ancash, cruzas el río Santa, de ahí hasta Coishco, cruzas uno de los túneles más largo de nuestra Panamericana y entras a Chimbote. La ciudad tiene una fea entrada, pero se la ve ahora en una nueva dimensión y un intento (espero que no infructuoso) de urbanizarla. El estrecho ingreso a esta ciudad por una suerte de mercado hace penoso el tránsito y no me extraña que no haya muertes en los meses del año: imprudencia de conductores y peatones hacen las condiciones perfectas para una o dos muertes mensuales.

Tras el agónico ingreso, nos fuimos a tomar un desayuno-café-tente-en-pie en el Venecia. Me encontré con una exalumna de la Universidad en la que trabajo; quizá por eso nos atendieron bien. Un buen desayuno, unos buenos sánguches de lomo y un delicioso chicharrón nos devolvió la alegría, el entusiasmo, los nervios y la voluntad de seguir; el café ahí es proverbial. Vale la pena la visita. Para bajar el conato de almuerzo (eran las 11 de la mañana ya) decidimos caminar para buscar algunos rollos de fotografía. Objetivo logrado. Tuvimos la mala idea de salir por la carretera antigua. El tránsito era insoportable. Chimbote tiene un tráfico endemoniado. Pero, a raíz de la construcción y desarrollo de Nuevo Chimbote, se han construido varias avenidas anchas para comunicarse con el antiguo; una de esas tomamos a nuestro retorno con un tráfico más fluido.

De ahí a Casma, el camino fue más dócil. La carretera te va mostrando cerros o inmensas dunas de arena, un espectacular paisaje. Y hay zonas en la que la carretera se aproxima al mar y ves ensanadas, penínsulas e islas en una de las partes más bellas de la costa peruana; entre esas pequeñas bahías ves caletas escondidas a las cuales accedes por caminos de trocha. Antes de llegar a Tortugas, la visión de paisajes te invitaría a detenerte para apreciar la inmensidad de la naturaleza.
Casma es, como todos los pueblos de nuestra costa, una pequeña ciudad construida en torno a una carretera. Una pesadilla. El negocio ambulatorio ha sido un poco erradicado, pero inmensos buses pasan al costado de enclenques mototaxis que podrían ser fácilmente aplastados, gracias a la increíble imprudencia de los mozalbetes que manejan los mismos. Ningún control con estos choferes hace que estos proliferen y hagan una tortura cruzar esta fea ciudad. El atractivo es Sechín, por ese motivo hay un par de hoteles simpáticos; además el valle de Nepeña es una maravilla. Lástima que lo esté destruyendo el sobrepoblamiento de Casma (esta ciudad crece rápidamente). Casma está en el kilómetro 375. Nuestro objetivo: kilómetro 345.

Íbamos escuchando buena música, la de los 70. Gustavo, el otro acompañante, no estaba muy de acuerdo. Según Gustavo, él ya estaba viendo el paisaje en blanco y negro por la antigüedad de la música. Discrepamos pero la pasábamos bien. Tan bien que nos pasamos de la entrada. Seguimos camino hacia Culebras y Gilberth decidió llamar. Suerte nuestra. Nos habíamos pasado casi 20 kilómetros al sur. El problema es que no hay una marca o cartel que indique el ingreso. La zona se conoce como La Grama, hay un restaurante en el camino con ese nombre. El ingreso es a través de una trocha carrozable. De pronto ves una zona de pequeñas construcciones relativamente nuevas con un sendero trazado por un piedras pintadas en blanco.

Al llegar fuimos recibidos por el propietario del lugar, el Sr. Aldo Scarpatti, quien nos enseñó las instalaciones del hotel y quien luego nos guió al santuario arqueológico. El lugar es bello, con playas de rocas, lo que ofrece un color especial de las aguas del mar: turquesa oscuro. Pese a ser un día nublado, el mar daba ese color (imagino cómo será en verano y sol brillante). Don Aldo nos llevó al motivo central de la visita: el complejo piramidal, el cual podemos observar desde el hotel. El sitio ha sido visitado por muchas personas y han escrito al respecto; pero, parece ser, que aún no hay un trabajo sistemático al respecto. Han pasado personas como Rosa Fung, gente de la Universidad de Yale, una misió japonesa (la que hizo una limpieza a varias partes de la escalinata y puede verse el interesante trabajo de construcción de la impresionante pirámide central, ubicada estratégicamente sobre una colina que hace ver la ensenada, algunas islas, el mar y, además, tienes una vista impresionante del cerro Mongón, el cual tiene un interesante microclima (como el de Lomas de Lachay, cerca a Huacho, y cerro Campana en Trujillo) y además es fuente de agua gracias al atrapanieblas natural de este cerro. Sobre esto informa someramente Róger Espinosa en su libro "El Perú a toda costa" en su primera edición (1997) en las páginas 195 y 196.

Don Aldo es un ferviente apasionado por poner el valor (para su difusión y su costoso mantenimiento) dicha zona arqueológica. Había leído una pobre información al respecto hace muchos años cuando vine aquí con otro grupo de amigos en 1986, para visitar Chanquillo, otro lugar impresionante y que quiero visitar nuevamente. La distancia de este lugar (las Aldas) hasta Chanquillo es de 17 kilómetros en línea recta. En lo alto de la pirámide, se distinguen dos líneas rectas que trazan el camino hacia Chanquillo, una suerte de fortaleza circular.

Por ahora todo lo que se pueda decir al respecto de Las Aldas es un poco especulativo. Don Aldo nos explicaba sus propias hipótesis sobre el origen, función y vida social del mismo lugar; pero que es antiguo, lo es, más allá de los 4,500 años; quizá sea contemporáneo a Caral, quizá. Que hay mucho por investigar, lo hay. De todas maneras, la historia está ahí, delante de uno.

Para culminar, nos fuimos al pequeño poblado de pescadores. Hay restos de lo que fue un centro de acopio guanero, el que fue destruido por un oleaje causado por el terremoto de 1966, que afectó a Lima. Se ven aún las estructuras del edificio.

Pedimos comprar pescado fresco, no lo había, fuimos a una humilde tienda; allí compramos pescado frito: lenguado, jurel y chita. Estos pescados saciaron nuestra hambre física, luego de haber saciado nuestra hambre cultural. Cerramos un viaje redondo con emoción y todo. Gilberth prendió la camioneta e iniciamos el camino de retorno. Volveremos en verano.


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