El libro de Miguel Almeyda, Hijo
de la furia, es un testimonial interesante de este artista que ha hecho del
teatro su herramienta de vida. A lo largo de sus 104 páginas, Almeyda nos lleva
a vivir las emociones, frustraciones y alegrías que vivió con diversas personas
en diversos espacios y momentos. Dividido en 64 microhistorias, cada una encabezada
por una ciudad en la que discurre cada una de estas historias, el libro es un
manifiesto de lucha por la vida, los amores, los amigos, la familia que
conforman a cada ser humano que hay sobre este planeta. Por esa lucha es que Almeyda
cierra cada historia con un colofón en el que siempre está la muerte a la cual
siempre le arrebata o retrasa la función de esta, salvo aquella vez que un
amigo chileno entrañable, José Antonio Venegas, no salió invicto frente a la
parca. Miguel Almeyda hace de este libro un pequeño diario, un ayudamemoria de
la vida azarosa que le tocó vivir, como a millones de peruanos. Creció en Villa
El Salvador y es el teatro que lo arrancó de un triste destino en el que se
hunden muchos peruanos. Rodeado por la violencia virulenta de los 80 y su
actitud de hombre de izquierdas, su vida estaba en riesgo y tuvo que optar por
la decisión que muchas personas se han visto forzadas de tomar en la vida: el
exilio y todo lo que esto conlleva: el desarraigo, el miedo y la incertidumbre
de un lugar al cual vas para sobrevivir. Montreal, Canadá, fue ese destino.
Almeyda fue domando este nuevo espacio y, gracias a la solidaridad (tan importante)
como fue el caso del exiliado José Venegas, Miguel fue abriéndose camino. La gente,
en situaciones extremas, pueden ser muy creativas y luchadoras ante las circunstancias.
Cada una de las circunstancias, lugares y personas que irá conociendo son
narradas de manera emotiva y les va rindiendo homenaje, pues cada uno de ellas,
desde la más sencilla e íntima como sus parejas o hija, hasta las más populares
como Rubén Blades, marcaron definitivamente en su vida. Siempre hay gente que tocará la vida de otros. Es muy bonito el homenaje, por ejemplo, al grupo de teatro Yuyachkani que lo acogió y con los que trabajó un buen tiempo. A lo largo de las
páginas el autor testimonia lo que es un artista para él y se parece a la descripción
que nos hace Milton Nascimento en su canción “Nos bailes da vida”:
acercarse a la gente, trabajar con ella, educar y divertir, no alejarse en un escenario.
Su vida discurre en ello en algunas ciudades peruanas como lo es Arequipa o Lima,
en las que va a vivir experiencias amargas o luminosas: dolorosa es la que nos
sintetiza su vida juvenil o como artista en frases tan lapidarias como “Señor,
esta es una clínica privada, no creo que tenga dinero para estar aquí” o “A
veces, en medio de un montón de gente, donde eres el único negro, te pedirán
documentos sólo a ti. Sólo a ti”. Esa micro historia que termina con una frase
lapidaria: “es su destino por nacer con ese color en la piel”. Pero hay también
las luminosas como cuando ve a su hija crecer. Como toda persona ligada al oficio
de escribir literatura, podría decir que la reflexión de las páginas 79-80 es
una suerte de Ars Poética del artista. Titula esta reflexión como Arequipa,
la ciudad en la que conoce a du futura familia que va a construir con el tiempo.
Esta reflexión rinde un sentido homenaje a la palabra, la materia con la que se
construyen narraciones, poemas, canciones, lides, guiones, los amores y las
desazones, las penas y las alegrías, prohibidas, libres poderosas e íntimas que
no sólo acompañan a nuestro autor, sino a todos los hombres y mujeres sencillos,
los apátridas, exiliados, a los juegos de los niños que se van perdiendo, a los
hombres que adoptan otras lenguas por decisión propia o por la fuerza, a las palabras
que en algún momento nos toca nuestras fibras más íntimas y nos desnudan. La palabra
correcta es como el amor. Como cantaba Violeta Parra en su canción Volver a los
17: “el amor es torbellino, de pureza original. Hasta el feroz animal, susurra
su dulce trino”.
Una observación: espero que, en
una segunda edición, se haga revisión detallada de la ortografía para que la
lectura sea feliz para aquel que quiera conocer a Miguel Almeyda y de paso
conocernos a nosotros mismo.
Entonces, que suba el telón y
empiece la función.

