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Trujillo, La Libertad, Peru
Un espacio para mostrar ideas y puntos de vista ligados al arte, a la cultura y la vida de una sociedad tanto peruana como universal
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martes, 31 de diciembre de 2013

CRÓNICAS DE VIAJE 2013: GOCTA

Se cierra un año más, un año fructífero. Pese a diversas las circunstancias que obligarían a uno mejor quedarse en casa, este 2013 fue un año que me permitió conocer bellos parajes, interesantes ciudades y muchas personas simpáticas dispuestas a compartir las bondades de sus ciudades o pueblos, y los secretos que estos encierran. Este año tuve la oportunidad de viajar a Tacna no sólo para encontrarme con viejos amigos, sino para visitar la sierra de esta zona, una sierra amable, poco agreste y con bellos tesoros que los turistas chilenos admiran más que los peruanos. Pero en el mes de marzo hice un viaje, con un grupo de amigas, mi harem, a la ciudad de Chachapoyas. Todas ellas, Lorena, María, Elsia e Isabel, iban por primera vez a esta ciudad. Para mí, era mi cuarta visita, pero es un lugar en el que siempre hay tanto para conocer. Y así iba a ser. Había contactado previamente, vía internet, los servicios de un hotel céntrico y desde el cual íbamos a hacer todas nuestras actividades. Esos dos únicos días tenían que ser exprimidos al máximo, pero las lluvias de verano iban a jugarnos malas pasadas. Habíamos salido un viernes por la tarde para estar a temprana hora en Chachapoyas y empezar nuestra visita a Kuélap, un sitio arqueológico que he visitado en todas las oportunidades previas. Ya prontos a llegar a la ciudad, un derrumbe había cubierto la carretera en un breve trecho, pero iba a tomar regular tiempo para ser reabierto. Llamé a nuestro hotel y la administración nos envió una movilidad (la misma que nos iba a llevar a Kuélap luego) para recogernos. Caminamos cierto trecho y llegamos al lugar en el que se había aparcado la camioneta; en realidad, estábamos muy cerca de la ciudad. Llegamos a nuestro hotel, tomamos un rápido desayuno y salimos rumbo al sitio arqueológico: el viaje fue bastante emocionante, habida cuenta que en temporada de lluvias se vuelve muy dificultoso. Un tramo bastante breve está asfaltado, el resto es trocha; el lodo se veía a lo largo del sendero. Nos detuvimos a contemplar la belleza e imponencia de Macro. Siempre hay algo que ver por ahí. No había muchas movilidades que iban en dirección a nuestro objetivo, así que hacer todos los contratos para el almuerzo no eran complicados. Recuerdo cuando fui para fiestas patrias y tanto la ruta como el lugar era un hormiguero. Hechas las gestiones, nos fuimos hacia el complejo.  Llegamos sin contratiempos a una buena hora. Recorrimos el lugar y nos dimos con la triste sorpresa que muchos muros están colapsando. María, como buena arquitecta, estaba sorprendida por el descuido que presentaba tan bello lugar. Ascendimos a las plataformas que albergaban, hipotéticamente, a las castas de esta cultura. Las explicaciones para obtener el agua siguen siendo bastante complicadas, pero todo parece que el agua era acarreada desde las partes inferiores. No hay evidencias de reservorios, ni fuentes de agua por las cercanías. Menudo trabajo. Esta vez sí me preocupó todo ese gran muro en peligro de caer, nos advertían no acercarnos a ciertas zonas por temor a derrumbe o desprendimiento de rocas. Aunque tarde esta crónica, el sitio permanece y los ciudadanos de Chachapoyas, el mundo arqueológico, entidades privadas del turismo y el Estado deben canalizar esfuerzos para el rescate de este soberbio lugar, como otros tantos que hacen de Amazonas un departamento tan rico como Cuzco. Es casi su equivalente en el Norte peruano. A las tres de la tarde comenzó nuestro retorno. Almorzamos con calma, una deliciosa sopa regional con quinua y luego trucha. Llegamos a Chacha a golpe de 6 y media. Luego de un buen duchazo salimos a cenar, no sin antes visitar la nueva iglesia que reemplaza a la caída en un terremoto y visitar las calles aledañas. Han hecho bonitos paseos por los que puedes caminar y ver cómo han restaurado varias casas, algunas ya convertidas en hospedajes simpáticos. Fuimos a un restaurante típico a cenar y para cerrar la noche, fuimos a otro a tomar un vino entre todos nosotros para celebrar nuestro primer día de aventuras. Antes de irnos a dormir, salimos a la plaza y cayó un corto chapuzón. Nuestro hotel no estaba muy lejos, así que nos dirigimos al mismo para preparar nuestras cosas para el día siguiente.
Temprano, ya domingo, fui al mercado a comprar pan; el pan de esta zona es muy rico y tienes muchas variedades; vino María conmigo y escogimos frutas diversas para llevar a nuestro nuevo objetivo: Gocta. Había quedado deslumbrado de todo lo que informaban al respecto y lo vi “con mis propios ojos”. Sin embargo, previamente, íbamos a experimentar ciertas situaciones que no teníamos la menor idea. El viaje se hace por la carretera que va a Pedro Ruiz, la que íbamos a tomar esa noche para retornar a Trujillo. Aún se veían los rastros del deslizamiento y veíamos el caudal del río Utcubamba bastante cargado. Hay muchos tramos en que la carretera va en paralelo al río, atravesando túneles y en zonas donde el caudal casi toca el pavimento. En el camino ves desprendimientos de rocas, algunas lo bastante grandes como para obstaculizar tu camino. Llegamos al poblado de Coca y doblamos hacia la derecha para ingresar hasta Cocachimba, por una estrecha trocha. Cocachimba es un lugar simpático y ya los habitantes se han organizado para poder ofrecer diversos servicios a los viajeros atraídos por las cataratas. Hay pequeños hoteles, pero ya un español ha construido un hotel de ensueño desde el cual ves las cataratas como si alimentaran las aguas de la piscina del mismo. Nuestra visita era por el día y fue una pena que no nos hayan advertido más para poder haberle sacado el jugo. La caminata toma más de dos horas y es una caminata que demanda resistencia física, tenacidad y paciencia. A lo largo de la ruta ves la catarata, pero demoras más de horas en llegar a ellas. El sendero está muy bien trazado, pero es accidentado e irregular. No va en ascenso o descenso. Vi a un par de viajeros que llevaban los bastones que te sirven para asegurar tu marcha. Si llevases esos bastones, harías el trayecto más rápido y menos esforzado. Todo el grupo decidió no tomar caballos, sino caminar. En realidad, no sabías lo que nos iba a pasar. Como uno es una persona sedentaria, pegada a su auto y a su mesa de trabajo, el caminar tantas horas nos iba a pasar la factura. Felizmente no había sol que nos retumbase sobre la cabeza, pero sí humedad que hacía más pegajoso nuestro sudor. Si no hubiéramos tenido la presión, además, de tener que retornar temprano a Chacha para nuestro bus a Trujillo, hubiéramos disfrutado más el lugar. Creo que el hospedarse en la zona sería lo ideal, ya que tus tiempos serían otros, podrías salir más temprano para evitar el calor, disfrutar más la catarata y regresar pausadamente, sin apuros. Para la próxima vez. Pronto, Isabel, una acompañante del grupo pidió un caballo. Nuestro guía, Don Telésforo, iba a acompañar más al grupo de Lorena, María y Elsia hasta la meta. En el camino vas viendo parajes bellos, todo cubierto por la vegetación. Hasta que llegamos a nuestro destino. Impresionante. Las cataratas centrales no están solas, hay otras pequeñas cerca de la mayor, tan altas como la principal y que es reconocida como la tercera catarata más alta del mundo. Su caída tiene “dos tiempos” y una vez que llegas a la parte final de esta, una gran garúa cubre el lugar; por esa razón, debes ir con un poncho de plástico para que no termines completamente mojado. Nos quedamos casi media hora en el lugar, disfrutando el paisaje. La gente llega al lugar y suelta sus emociones, todos juegan con las finas gotas y se quedan embelesados viendo la imponente caída. Don Telésforo, ya en un descanso, nos contó algunas leyendas que hay del lugar y, algo más triste, la amenaza de minería de oro hallado en el lecho del lago que se encuentra en la parte superior y que da sus aguas a la catarata. Si sigue
la ambición de grandes y chicos, esta belleza se extinguirá en poco tiempo.

El retorno fue también accidentado. Me había agenciado de un bastón que había tenido Isabel y que me lo obsequió. Hacia el final del camino, el pobre estaba casi quebrado. Había cumplido su noble misión. Devoramos nuestro delicioso almuerzo, la caminata nos había abierto el apetito. Ya en nuestro bus, y con la prisa de estar en Chacha para arreglar nuestras cosas, cancelar el hotel y cenar algo previamente, pedimos al chofer que regresáramos a la ciudad. Nuestros reclamos fueron oídos y llegamos a las 6:30 aproximadamente para hacer los últimos arreglos. Ya en el hotel, me encontré con un amigo de la PUCP que no veía en años Hugo Fukushima, quien ya tiene años trabajando en la zona. Grato encuentro. Arregladas nuestras cosas, salimos a buscar un chocolate caliente para el viaje. Nos levantó el espíritu, pagamos nuestro consumo y saliendo para ir al hotel, se desató un fuerte aguacero. Pensé, íntimamente, que el camino de retorno iba a estar bloqueado por deslizamientos u otra cosa así. No, nuestro retorno fue tranquilo y feliz. 

domingo, 21 de agosto de 2011

NUEVA VISITA AL MUNDO CHACHA

22 de julio. Por la tarde, 4:30 pm. Un grupo de personas se embarca en un bus con destino a la capital del Dpto. de Amazonas. Por tercera vez me dirijo a esta interesante zona en la que hay aún mucho por descubrir. Iba conmigo, Carmen Ortega, una buena amiga española a quien le quería enseñar otra parte del Perú, zona aún poco conocida por nosotros mismos, pero que se está volviendo una suerte de vedette en el mundo internacional del turismo. Y razones no le faltan.
Tras un largo viaje (ya hay zonas de la carretera que han ido deteriorándose o colapsando) llegamos a Chachapoyas temprano. Con hambre, nos íbamos instalando en diversos hoteles de la ciudad. Tuvimos un inconveniente, producto de la movilidad en la que fuimos: las calles céntricas de la ciudad no están previstas para unidades de transporte de gran calado. Al dejar a parte del grupo en un hotel, el bus hizo una maniobra que nos tomó casi media hora para salir del atolladero en el que nos habíamos metido. Lo recomendable es moverse en unidades más ligeras (tipo Custer) para poder desplazarnos mejor y evitar los bloqueos de calles que se provocaron más de una vez. Una vez instalados en nuestros hoteles (en un total de 4, ya que éramos 45 personas) y haber tomado el desayuno respectivo, empezamos nuestras actividades para recorrer los alrededores de la ciudad. E íbamos a tener buenas sorpresas. 
El primer lugar que visitamos es uno que fui hace exactamente 13 años, cuando Chachapoyas no era muy conocida. Era el cañón de Huancas, una miniversión del Colca, con vientos fuertes y un buen mirador. Se encuentra cerca a un poblado, el de Huancas, poblado que trabaja mucho la alfarería. Quisimos entrar a la pequeña iglesia del poblado a pedido mío, puesto que recordaba que tenía bellezas de la época colonial en sus altares. No había llave, pena. Del lugar nos enrumbamos a almorzar, ya que "hacía hambre". Así pues nos dirigimos a la ciudad a un restaurante a servirnos comida de la región. Carmen iba en este viaje descubriendo muchas cosas ocultas de nuestro vasto país, así como nuestras locuras en cuanto a la seguridad. El partido de fútbol con Venezuela generó una división en el grupo; varios prefirieron quedarse a ver el partido, otros más preferimos ir a ver un orquideario. En un principio habíamos decidido ir sólo 10 personas, pero luego varias personas (como siempre) decidieron cambiar de idea y se creó el caos. Nuestro grupo de cuatro personas fue enviado en un taxi al supuesto lugar, pero el chofer más atento al partido que a las indicaciones dadas de la dirección emprendió el camino y nos llevó al lugar equivocado. Nos fuimos a una zona perteneciente al tío de una exalumna; dicho tío ha hecho una interesante y bella inversión en ese terreno.Pero no era el orquideario. Gentilmente llamó un taxi y nos llevó al verdadero destino donde íbamos a hallar toda una explosión de color: bellas orquídeas, un regalo al ojo.
Terminamos el primer día con una serenata para todos nosotros con bailes típicos y un buen anisadito para la noche. De ahí a dormir para salir temprano a Kuélap, la joya del viaje.
Viajar con un grupo numeroso puede acarrear muchos problemas con el control de tiempos. Para ir a Kuélap, no puedes ir en un gran bus, debes ir máximo en una custer por lo que nos dividimos en tres movilidades. Algunos salieron más temprano que los otros, pese a que nuestra movilidad ya estaba lista a primera hora. No importa, nosotros sí hicimos una visita excepcional. Algunos pasajeros estuvieron un poco indispuestos, pero partimos todos. Kuélap puede ser tranquilamente el Machu Picchu del Norte. Asi de sencillo. Una suerte de peregrinaje del cual no se puede salir decepcionado. Varios a paso lento iban llegando hasta el lugar, el cual ya visito por tercera vez. La primera vez la visité con mis alumnos y el lugar estuvo desolado, sólo roto el silencio por nosotros. Pero cuando fui hace dos años y esta última vez, el lugar estaba repleto de gente. Para suerte nuestra, se han habilitado nuevos espacios y han limpiado muchos más. Se ha habilitado el torreón, pero hay que mantenerlo cerrado o con acceso restringido sea por seguridad como por mantenimiemto y preservación del lugar. El turismo trae sus malas secuelas también. Las últimas zonas limpias muestran el final de lo que fue este regio lugar: fue abandonado por la epidemia de la viruela, la enfermedad que vino antes de la llegada de los españoles. Incluso Huayna Cápac murió de esta enfermedad; el descubrimiento de varios esqueletos hallados de manera desordenada hace suponer que la gente fue cayendo en el lugar en lenta agonía de manera dispersa. Los sanos huyeron hacia otros poblados y Kuélap quedó abandonado hasta fines del siglo XIX. Kuélap está allá arriba y es toda una incógnita cómo llegaba el agua hasta ahí. Y la construcción en sí. Pero el lugar es impresionante y hay mucha gente que no sabe de él; en la vía vimos Macro. Los pueblitos que están en torno a la carretera han comenzado a hacer negocios con el turismo. El lugar está lleno de leyendas, se habla de una barra de oro difícil de lograr. Pero ver todo el paisaje e imaginarse cómo era el lugar es de por sí un buen viaje al pasado. Chachapoyas tiene ante sí un gran potencial. Regresamos tranquilos con una breve pascana para almorzar y comentar lo visitado. El problema es que el retorno toma algo de cuatro horas y llegamos bastante tarde a Chachapoyas. Comimos algo ligero y preparamos maletas para el día siguiente.
Ya lunes nos íbamos a Leimebamba para ver el museo del lugar, el famoso Museo de las Momias de la laguna de Los Cóndores. Habíamos dejado todo listo, pero como de costumbre hubo retrasos para poder salir puntualmente y salir presionados de retorno a Trujillo. En esta oportunidad iba a ser testigo de algunos gestos y acciones no dignas de docentes. El museo está bien tenido y hay ciertas reglas que hay que respetar, como por ejemplo no tomar fotos o filmar. Pero hubo varios profesores (incluso uno de Filosofía y Ética) quienes con el mayor descaro tomaban fotos o filmaban escondidamente. Esta fue una situación que me molestó mucho y desagradó a otros colegas; pero la mayoría se mostró indiferente y eso es bastante grave, puesto que hablamos de docentes quienes exigen reglas a los jóvenes y ellos llegaban tarde o trasgredían las instrucciones sin importarles su entorno. Fue la nota más negra del viaje por lo que esto significa en un mundo en que queremos cambiar a una juventud que quiere reglas claras y vemos que los encargados de hacerlo les importa un comino respetarlas.
Ya de regreso a Chachapoyas, con Carmen nos fuimos a buscar los últimos regalos y compras para retornar a Trujillo. Con Carmen nos hemos hecho la firme promesa de regresar, pero con más buenos colegas a ver Gocta, las bellas cataratas de la zona, Revash, Pueblo de los Muertos, y otros cientos de lugares más que quedan por descubrir. Estamos ante un cofre de maravillas.

viernes, 31 de julio de 2009

CHACHA, VIAJE A UN PASADO ORGULLOSO

El día viernes 24 salí para hacer un viaje maravilloso, un viaje al pasado. Habíamos decidido ir a una zona mágica y misteriosa, en la que haya historia y naturaleza, en la que sea de fácil acceso, pero que aún sea poco atosigada por el turismo caníbal que ahora abunda en nuestro país (luego de esto de las "maravillas naturales" y toda esa tontería).


Hacía una semana había estado en Las Aldas (o Haldas) y venía con ese envión por ver más cosas de nuestro pasado. Y quedé gratamente satisfecho. Alejándome de las barbaridades de nuestra vida diaria (sobre todo la política), salí a Chiclayo y de ahí a Chachapoyas o simplemente Chacha, como la llaman las personas del lugar. Tomamos el bus de Moviltours a las 7.30 de la noche con destino al Dpto. de Amazonas. Habíamos estado ahí en abril para las fiestas de Semana Santa. Habíamos meditado también sobre los tristes sucesos de junio. Y en mi caso, regresaba exactamente una década después. Era un interesante reencuentro con varias expectativas. Había estado en esta zona en julio de 1999, en ese entonces había decidido ir gracias a la motivación que muchos alumnos míos (en ese entonces) de la Universidad me habían encomendado en ir. Ahora ellos han hecho su vida cada uno y sabía que iba a hacer un encuentro con mis recuerdos también.
Ahora la carretera es mil veces mejor. Hay zonas con paisajes increíbles, pero teníamos la obligación de ir lo más rápido posible hasta nuestro objetivo final. Mucha gente desconoce la realidad física de esta zona y muchos suelen llegar con ropa de verano a esta ciudad que está más allá de los dos mil metros de altura. Las noches son frías y ameritan gruesa ropa. Llegamos a las cinco de la mañana. Decidimos dormir en nuestro hotel para reparar fuerzas. Quizá la altura y el frío hayan medrado nuestras fuerzas. Nos despertamos a las 11 de la mañana y fuimos a desayunar-almorzar para recuperar fuerzas. Como la ciudad está en las faldas de colinas, vemos ascensos y descensos por doquier. Queríamos ir a ver el pozo de Yanayacu, lo recordaba alejado de la ciudad e hicimos una caminata tentativa. Pero ahora este pequeño sitio está rodeado por construcciones y el sitio ha quedado relegado a un pequeño santuario perdido entre casas. La ciudad ha crecido relativamente. Hicimos el descenso, pues la lluvia amenazaba con mojarnos agresivamente. Fuimos a hacer otra siesta hasta una hora respetable. Salimos más tarde a ver y cenar. 


Ya el viaje al día siguiente estaba arreglado. Fuimos a dar una vuelta por la ciudad. Estaba un poco decepcionado del lugar. Gruesa equivocación.El domingo 25 hicimos un viaje a un lugar que había querido visitar hacía tiempo: los sarcófagos de Karajía. Nos enrumbamos con un grupo muy simpático de turistas. un grupo grande de señores argentinos (de Córdova), una familia limeña, una chica de Indonesia y un holandés. Llegar a Karajía es una travesía por el tiempo, llegamos a Luya y luego a Lámud. Son lugares muy interesantes, con costumbres, vestimentas y tradiciones tan originales y diferentes. Se ve mucha pobreza, pero muy diferente al sur andino nuestro. La caminata a Karajía es todo un espectáculo y demandó esfuerzo físico. El tiempo te pasa factura indudablemente. Dejamos el vehículo en Cruzpata y descendimos hasta el lugar: fascinante. Había visto las fotografías que alguna vez Kaufmann Doig, el arqueólogo, había difundido en sus textos allá por los 80. La primera vez que vine, este lugar era inaccesible. Ese día estuve tocando el cielo, tanto por la historia que te llega a martillar la cabeza como la belleza natural que rodea al lugar: hiere tus ojos.


El lento ascenso nos permitió conversar con este interesante grupo humano que nos acompañamos. Con ellos, en su totalidad, nos íbamos a ver dos días más. Luego de esta impresionante visita, nos fuimos a almorzar al simpático pueblo de Lámud. Cuando estudiaba en el colegio, me había llamado la atención este nombre. Este último 26 pisé este lugar para validar su existencia en mi imaginario escolar. Luego del almuerzo, nos dirigimos a la cueva de Quiocta. Interesante, pero personalmente hubiera preferido ir a Pueblo de los Muertos. Quería más historia y Chacha tiene mucho para ofrecerte. El cofre de sorpresas se estaba abriendo.


Luego del viaje nos encontramos con Nadège, Marilou y una amiga de la primera: Aurelienne. El encuentro fue casual, por la noche luego de este estupendo primer viaje, fuimos a tomar un buen chocolate caliente. Ahí nos encontramos con estas niñas terribles, fuimos a comer algo más: la cocina quizá no sea muy variada, pero la calidad de la carne es buena. El día anterior había, además, comido una buena trucha. Con ellas acordamos ir a Kuélap al día siguiente.
27 de julio. Fuimos a tomar un desayuno sustancial frente a nuestros hoteles (ellas estaban cerca al nuestro). Vimos que sí podíamos ir todos juntos a este bello lugar. Aunque el vehículo que nos tocó era insufrible, pero valió "bien la misa". En el camino nos detuvimos a ver Macro, una población que pende en las faldas de una colina, cerca de Tingo. Frente a este bello lugar, empezamos el ascenso a Kuélap. Prácticamente a mitad de esta ruta ya puedes ver la silueta de esta zona religiosa fortificada. Está cerca de las nubes, como eran llamados sus habitantes "hombres o guerreros de las nubes". El ascenso en vehículo es penoso, hay zonas muy estrechas, fuera del hecho que ese día fue lluvioso, situación más riesgosa y adrenalínica, hay momentos en que vas suspendido en el aire. Pasas Longuita y María, llegas después de casi 3 horas y media al estacionamiento de esta ciudad aérea.

La primera vez que fui éramos 10 personas; este 27 había cientos de personas, subían y descendían por doquier. Quizá ese día el lugar haya tenido la visita de medio millar de personas, lleno de autos y gente por todas partes. El ascenso fue un poco fastidioso por el lodo generado por la lluvia: pero de pronto ves con más claridad los inmensos muros del lugar. Impresionante.
Los altos muros, la forma de las casas, el paisaje, la naturaleza, todo te golpea a la imaginación. Caminamos sorprendidos entre tanta historia y misterio, los diversos pisos construidos por esta enigmática cultura que desafió a los incas. En muchos aspectos se parece a San Agustín en Colombia. Todo este gran conjunto ocupa un espacio más grande que Machu Picchu y tiene unas vistas espectaculares. Cuando salió el sol podías ver la vastedad del paisaje y la extensión de los Andes. Maravilloso. Luego de casi 3 horas de visita iniciamos el retorno. Hay zonas con interesante restauración y algunas con una discreta reconstrucción para tener una idea de lo que estábamos viendo. Fuimos por un buen momento habitantes de las nubes, difícil era bajar de ellas.
Llegamos a Chacha, ahora más animada por la inmensa cantidad de turistas que deambulaban por la ciudad. Al día siguiente, nuestro último día se hizo complicada la elección: cataratas de Gocta o el museo de Leimebamba. Decidimos por Leimebamba: hubiera preferido haber ido a Revash. Pero al ver una fotografía del nuevo museo, cambié de ánimo y decidimos ir a ver el museo de las momias. Precisa decisión.


El camino es el mismo para Kuélap hasta la zona de Tingo, de ahí se bifurca y seguimos al río Utcubamba. Es una zona bella, con paisajes extensos, de carácter (es cierto que la sierra de nuestro país es la que más identidad tiene y su belleza agreste en todo momento te lo hace saber).

Llegamos a Leimebamba y de ahí al museo. Grata sorpresa. Un bello museo ha sido construido gracias a la cooperación del gobierno austríaco y a la decisión férrea de la arqueóloga Sonia Guillén de sacar adelante el proyecto de la Laguna de los Cóndores. El museo es didáctico, organizado y con piezas impresionantes. Lo que me dio una inmensa pena es que recibe tan pocos visitantes. El año 2008 tuvo sólo 6 mil. Voy a ver cómo comenzar a llevar grupos de alumnos a esta zona tan rica de historia.



Al ir cerrando nuestro viaje y ver cuántas cosas me faltaba por ver no dejé de sentirme orgulloso de todo lo que esta zona tenía para nosotros los peruanos, para saber quiénes somos y que este conocimiento nos sirva para proyectarnos al futuro. No para vivir embelsados del pasado y añorarlo, sino para aprender de él y ver qué hacer y qué no hacer. Cuando hacíamos este viaje hacia el pasado, el presente también nos tocó fuerte: ver pobreza, ver zonas con relaves mineros, ver zonas deforestadas; escuchar el aún latente problema de Bagua. No, no debemos ocultarlos. Daba pena y rabia que los turistas extranjeros eran más respetuosos de nuestra historia y patrimonio que nosotros, que ellos eran más solidarios con nuestra gente; eran más curiosos por saber sobre nuestra realidad y situación que muchos de nosotros. Ellos estaban más alertas a detalles de la vida y tejido social de los pobladores y eso golpeaba a nuestra indiferencia.
Tanto Gustavo, yo y otra gente estamos decididos a regresar para ver, ahora sí, su belleza natural (difícil divorciarla de la arqueológica) y conocer este pedazo de territorio aún desconocido pero que va saliendo de su aletargo. Ojalá podamos acompañarlos bien.