viernes, 6 de enero de 2012

EL BANQUETE DE LA IMAGEN

(Este artículo ha salido publicado, más breve, en la revista CÍRCULO SOCIAL, No 2)

Que el cine es un libre espacio de ideas, nadie lo puede dudar. Que muchas de estas ideas se sinteticen en este espacio audiovisual, también nos queda bastante claro. Y que el cine tome algunas de estas ideas para hacerlas su leit motiv, es un punto que no se puede discutir.

El cine ha tomado muchas de las actividades cotidianas y las ha convertido en una temática que focaliza toda la acción de los personajes e incluso condiciona las escenas, guiones, fotografía y hasta la banda sonora. Un objeto puede ser el hilo de una historia, como, por ejemplo en la ópera Otello de Verdi, un pañuelo, el cual puede ser un mensaje de amor o la marca de una fatalidad por venir. Así hemos tenido autos bondadosos o asesinos, cartas fatales o de amor tardío; el repertorio es amplio.
Ahora bien, la conjugación de artes, sean mayores o menores, pueden traer felices consecuciones para el séptimo arte. La danza ha hecho su aporte con obras que se tornaron hitos para el cine como Amor sin Barreras (West Side Story), puesto que lo que no se podía expresar por los parlamentos o imágenes lo hacía el canto y la danza, complementando un mensaje real y estético bastante maduro. La pintura nos impresionó en el film Andrei Rubliev de Tarkovski, cuyas escenas finales con los acercamientos (close-up) de los iconos rusos que él pintó no pueden ser borradas de nuestras retinas. En las otras artes han aportado grandes obras para el cine. Le ha pasado también a la Tira Cómica (para muchos la octava arte) que incluso ha cuestionado un poco algunas esencias del cine.
 ¿Y la gastronomía? ¿Puede esta efímera arte aportar algo significativo al arte cinematográfica? Difícil pregunta y mucho más difícil poder dar una respuesta contundente que incluya a la gastronomía dentro de la pléyade compartida de todas sus hermanas. Todas las películas tienen en su desarrollo escenas de comer sea de manera individual o grupal, como se convierte en una acción cotidiana o accidental como parte de la narración; es como respirar, beber agua. Otras tomaron el acto de comer como el marco en el que se realiza un acto gravitante para la trama; así tenemos el asesinato cometido por Al Capone contra uno de sus compinches en uno de los banquetes ofrecidos por él en Chicago en el film Los Intocables de Brian de Palma, cuando Capone (Robert de Niro) propina a su secuaz un soberano batazo que le revienta la tapa de los sesos y, con una vista aérea, vemos cómo la sangre del delincuente va tiñendo de rojo el pulcro mantel blanco del banquete. O las dos masacres infringidas, siempre en banquetes, a varios delincuentes en algunos restaurantes de Tokio en el film Kill Bill 1 de Quentin Tarrantino; la primera O-Ren (Lucy Liu) realiza una masacre alrededor de una mesa para un banquete ofrecido a todo el mundillo del hampa japonés, sobre todo para matar al asesino de sus padres; la segunda es la revancha de La Novia (Umma Thurman) contra O-Ren en una masacre gore en el restaurante La Casa de las Hojas Azules. Las escenas son brutales, todas plenas de sangre, cuerpos despezados y filudas espadas manejadas diestramente. Cortes finos.
Pero repasemos algunos films que hicieron de la culinaria su motor de inspiración, su leit motiv. Y que son ciertos hitos en el cine, mostrándonos todo un interesante filón para trabajar. Son dos en las que centraremos nuestra atención: El Festín de Babette, del danés Gabriel Axel (1987) y La Gran Comilona de Marco Ferreri (1973). Ambos filmes tienen en la comida su motor narrativo y todo se centra en ello. Hay otros films que tienen la misma temática, pero no llegan a la calidad de estos. Festín es un film franco-danés, basado en una narración corta de Isak Dinesen y situado en 1871 en un pequeño pueblo de pescadores de la península de Jutlandia; este nos cuenta la historia de una mujer francesa que huye de la Revolución de la Comuna de París y busca refugio en casa de dos hermanas solteras, hijas de un pastor protestante que las educó rígidamente. La refugiada era una notable chef de alta cocina francesa y decide hacer un banquete para celebrar el centenario de su padre fallecido. Así nuestra principal cocinera (Stéphane Audran), habiendo ganado una importante suma en la lotería, decide hacer un festín para sus receptoras y sus amigos; según la tradición religiosa, el reconocimiento de estas delicias incurría a cada uno de los comensales caer en el pecado de la lujuria y gula. Vemos a lo largo del delicioso festín cómo cada uno de los invitados va cediendo ante la majestuosidad culinaria que tenían delante de ellos; pero ¿en qué consistía este banquete? La obra literaria no dice nada al respecto, pero cuando fue llevada al teatro por el grupo Oobleck, los artistas crearon su propio menú. Para este grupo, dar mayor realismo es hacer la cena en pleno escenario y luego invitarlo al público. ¿Cuál es este menú? Blinis a la Demidoff, una suerte de panqueques con gallina, cubierto de una pasta de caviar; luego un plato especial Codornices en su sarcófago, puesto que la carne de esta ave queda envuelta en una pasta a base de trufas, todo adornado con vegetales puestos como un ramo de flores, los decorados de un funeral; y una contundente sopa de tortuga  a la Lousiana para completar el festín. Al final de este, todos los comensales caen rendidos antes la maravilla que acababan de disfrutar y, con o sin pecado, habían estado en el séptimo cielo por cerca de una hora. Lastimosamente en la pantalla no puede llegar a nosotros los olores que sí podemos tener en el teatro, pero las magníficas actuaciones de todos los comensales y el amor con el que iba trabajando la cocinera cada uno de sus platos quedaron eternamente perennizados en el celuloide. Terminada la cena, como Adán y Eva en el Paraíso después de comer la fruta prohibida, los comensales se retiran tratando de borrar de sus mentes y conversaciones el sublime momento que les había tocado vivir.
El film de Ferrara es bastante interesante y fue bastante rechazado en su estreno por proponer cosas hedonistas ligadas a lo necrofilia: un suicidio gastronómico. Comer hasta literalmente reventar. Pero comer cosas delicadas, carnes, pastas, dulces, todo un placer de cualquier paladar, pero hasta la exageración. Así cuatro amigos, dos italianos y dos franceses, deciden suicidarse en una orgía de comida y sexo. Los cuatro actores conservan sus mismos nombres de la vida real: Phillipe Noiret, Michel Piccoli, Ugo Tognazzi y Marcello Mastroianni; todos ellos de diversas profesiones y exquisitos en sus detalles, se reúnen en la casa de los abuelos del primero y para tal motivo traen todos los mejores productos para hacer un gran banquete; vemos ingresar a la casa camiones con carga de lo más variada, carnes de cerdo y venado, aves como codornices o faisanes; todo tipo de pastas, frutas, vegetales y hortalizas. Las mesas de la cocina se van llenando pescados y legumbres (como en las amplias cocinas en el film Lo que queda del Día), y luego todo eso convertido en deliciosos platillos que van llenando la gran mesa (escena que fue evocada en La Edad de la Inocencia  de Martin Scorsese), todo para un solo propósito: suicidio. Uno a uno los comensales van perdiendo la vida rodeados de comida y acompañados en un principio por prostitutas y luego por una de ellas que los acompaña en su empresa, la voluminosa Andrea Ferrol.

Estos dos films sintetizan que la gastronomía también puede acompañar bien al cine. Creo haber dado una respuesta satisfactoria a la pregunta. Creo.

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