sábado, 19 de diciembre de 2009

LA VIOLENCIA EN TRUJILLO


Creo que para todos nosotros los trujillanos y los peruanos, en general, no nos cabe duda que las noticias sobre la violencia urbana y su tratamiento han sido objeto de diversas reflexiones y propuestas a un problema bastante enraizado por mucho tiempo en nuestra sociedad. Quizá lo que se esté viviendo en Trujillo es producto no de una espontánea reacción a una situación, sino un problema generado por años en nuestro espacio urbano. En cierta manera, lo de Trujillo es una realidad violenta estructurada gestada en los últimos lustros; es, también, el reflejo de la crisis social que existe en el país y la cual se ha focalizado en nuestra ciudad, como un laboratorio. El modelo de violencia social en los 80 se dio en  Ayacucho; ahora es el turno de Trujillo.
Una serie de elementos se ha conjugado para vivir lo que estamos viviendo; y lo que se ve es la punta del iceberg.
Quiero contar una historia que un día mi padre nos la narró cuando éste vivía. Mi padre tenía un negocio en la calle Unión, zona densamente comercial (cercana al movimiento de transporte hacia la sierra de La Libertad); vecina a esta calle estaba la temida Cerro de Pasco (ahora podría considerarse una suerte de parque infantil frente a otras zonas bastante turbulentas de la actualidad). La prosperidad de muchos negociantes de la zona, en los 80, se veía amenazada por una delincuencia incipiente (comparemos con las bandas actuales, muchos de estos delincuentes hacían sus fechorías por dinero rápido para conseguir droga, la famosa pasta de cocaína). Teníamos algunos delincuentes identificados que proliferaban por la zona para hallar a algún transeúnte incauto (los había por cientos). La actividad comercial atraía a muchas personas de la sierra que llegaban a hacer sus negocios. Había uno claramente identificado, al cual lo llamaban "el Piurano". Este individuo era un ex-reo, el cual en sus momentos de lucidez paseaba pidiendo un pan; cuando estaba bajo efectos de la droga, mostraba con orgullo y desafiante, las cicatrices logradas en sus reyertas en prisión o sus lides callejeras. Era bastante avezado.
Cierto día, un grupo de comerciantes de la zona se reunió, entre ellos, mi padre. Habían hecho, los comerciantes, contacto con una serie de policías, quienes ofrecían sus servicios para una suerte de escuadrón de seguridad. En cierta manera, los vecinos y comerciantes de la zona estaban desesperados al ver cómo personajes, como el nombrado, eran capturados por dichos policías y, luego de un día, se los veía merodear por la zona. Había una serie de comentarios: abogados corruptos que los protegían; policías corruptos que cobraban su cupo; leyes muy blandas que impedían retener por más de un día al hampón capturado. La idea de un escuadrón especial era "lo ideal" para este grupo de comerciantes y vecinos. Mi padre estuvo muy asustado por la idea; creo que se fue a la tumba con el secreto de si apoyó o no a dicho escuadrón. Sospecho que el escuadrón (lo podemos llamara así)  sí fue cierto, ya que muchos delincuentes, incluido nuestro famoso Piurano, desaparecieron (pero aparecieron otros); según decían, habían huido de la zona; otra versión que escuché a mi primo que trabajaba con nosotros era que habían capturado a un delincuente, lo habían subido a un patrullero y que, accidentalmente, recibió un disparo en la pierna, a la altura de la femoral; tras varias vueltas por la ciudad, llegaron a un hospital para constatar que el delincuente era cadáver.
Haya sido cierto o no, esa es la idea que cruza ahora por la mente de muchas personas como la del taxista con el cual conversé hace dos días. Ya había sufrido un asalto y estaba cansado de vivir en la zozobra, ya que muchos delincuentes se encubren de taxista para cometer sus fechorías; y para hacerlo, deben "sacar del mercado" a los taxistas verdaderos, ya que no les permite acceder a sus posibles "clientes". Según me comentaba el taxista, estos delincuentes negocian sus pasajeros-víctimas con otros delincuentes. Hace unos años presenté una buena selección de cuentos del escritor Fernando Ampuero; en dicha selección, el primer cuento, Taxi Driver, sin Robert de Niro, narraba las historias de taxistas que vendían borrachos a drogadictos y traficantes de órganos y otras cosas. Cuando leí el cuento, sentí pavor; cuando me narró sus historias aquel taxista, me vino a la memoria aquella increíble historia y reflexioné sobre aquella frase: "la realidad suele superar la ficción".
El triste paradigma de violencia en los 80 fue la ciudad de Ayacucho, la cual reflejaba el problema que asolaba a todo el país; una violencia estructural social, producto del descontento acumulado por años en la sierra deprimida del Dpto. de Ayacucho, que generó una violencia vertical del estado.
El siglo XXI, en sus inicios, nos escogió para ser el nuevo paradigma. Trujillo tuvo un boom los primeros años de este siglo que se manifiesta, orgullosamente, en sus centros de ventas, sus grandes tiendas comerciales, la gran presencia de tarjetas de crédito, y una suerte de pujanza industrial básica generada por la agroindustria y la minería, sus dos grandes pilares. Estas "piedras de toque" permitieron una movilidad comercial y social nunca antes vista en nuestra ciudad. Se desarrolló el comercio, pero lo demás quedó bastante rezagado. Lentamente la ciudad comenzó a incubar ciertas situaciones para crear eventos propicios para una suerte de choque social.
En cierta manera, Trujillo recibió tranquila un fuerte boom comercial que trajo consigo un flujo humano atraído por las oportunidades laborales. Mucho de este flujo humano halló un puesto de trabajo (no necesariamente adecuado y digno, pero a la larga un trabajo); otros muchos, no. Trujillo ya adolecía de oportunidades laborales previas al boom; a la llegada de este, la población desempleada trujllana compitió con la migrante y el conflicto social incrementó.
Esta situación se ha visto más acentuada en los últimos meses a raíz de la crisis económica mundial que ha jaqueado la producción agroindustrial. Hay zonas como Alto Salaverry cuya población laboralmente activa trabajaba para las esparragueras. Ahora casi el 90 % de ellos no trabaja. Son  desempleados.
La aparición de las pandillas, producto del fuerte desajuste sociofamiliar de los 90 (gran cantidad de padres y madres migraron a USA, Japón, Chile, Italia, España y Argentina), suplió esa carencia de las figuras paterna y materna, y fueron apareciendo bandas de adolescentes de manera inquietante. Pero estuvo, en cierta manera, controlada. Estas pandillas, en cierta forma, van a ser el terreno del cual se van a "alimentar" las bandas organizadas. Ya desde la segunda década de los 90 era frecuente apreciar las formas cada vez más sofisticadas de delincuencia en nuestra ciudad. La presencia de delincuentes "importados", sobre todo colombianos, halló un terreno bastante fértil en Trujillo y otras ciudades peruanas. Los ciudadanos nos enfrentamos con una delincuencia más astuta y avezada: clonación de tarjetas, secuestro al paso, robo electrónico. Modalidades a las cuales no estábamos preparados.
El crecimiento de un mall es signo de una riqueza visual; eso nos han querido mostrar y es, como el azúcar, la golosina que quería ver el niño. La primera parte de esta década, ciudades como Chimbote o Chiclayo, conocidas por su movimiento comercial, acompañada de un hampa más o menos organizadas, fueron perdiendo paulatinamente su identidad peligrosa. Trujillo fue acogiendo estas bandas. En un principio, eran bandas de paso, trásfugas, migratorias; luego, se afincaron.
Alguna vez hablé con un docente que había trabajado para la prensa amarilla de nuestra ciudad; dicha experiencia le permitió acumular una impresionante información de lo que son varios sectores de las periferias de Trujillo: tierra de nadie. Lo de los distintivos que identifican a las bandas se han vuelto toda una industria del tatuaje y de stickers que pululan por nuestras calles en personas y vehículos.
La ciudad está llegando a situaciones un poco extremas. La desesperación de muchos se ha transformado en respuestas rápidas y violentas, las cuales van a conllevar a más violencia.
La violencia actual obedece a más factores que sólo el de la perspectiva policial: así tenemos lo laboral justo; lo educacional (la calidad educativa es paupérrima en el país y de esto no escapa Trujillo); lo comunicacional (los medios tienen una alta responsabilidad por crear patrones de conducta en los jóvenes, los cuales tienen nuevos "héroes" bastante deplorables); la planificación de una ciudad ; la imagen institucional (si tenemos paradigmas corruptos como tomar 15 mil dólares del estado para apoyar graciosamente un espectáculo, ¿qué podemos exigir de personas de escasos recursos a ser modelos de conducta? ); la corrupción de las instituciones del Estado (judicial -sobre todo -, policial) y éste mismo; la necesidad de un diálogo permanente de las instituciones vivas de una ciudad.
Estamos, pues, frente a la punta de un iceberg; saquemos o tratemos de sacar todo el iceberg para atacar de fondo el problema. Sino, no lograremos solucionar el problema y será, como los rebrotes de Sendero, un mal endémico que no pararemos por más que organicemos marchas de buena intención.

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