domingo, 12 de abril de 2009

UNA SEMANA SANTA NON TAN SANCTA, VIAJE AL EDÉN


Jaén. Este nombre lo había escuchado desde muy pequeño en frases lanzadas cada vez que las aguas ecuatorianas y peruanas se movían por problemas limítrofes. "Tumbes, Jaén y Maynas, ni de vainas", ésa era la frase que algunas veces se escuchaban cuando aparecían gritos patrioteros que los gobiernos de turno solían mover. Y era irónico, por lo menos en la parte peruana, porque le venía sus arrebatos de peruanidad y señoría cuando había situaciones como la nombrada; pero el resto del año o por lo general, era terreno olvidado. Si mal no recuerdo, muchos representantes de estas zonas no las conocían, pues radicaban en Lima. Así son los líderes actuales cuyos lugares de residencia figuran en el padrón sólo para cuestiones administrativo-políticas.

Ante tanto preámbulo y referencias, decidí tomar mis bultos y enrumbarme a esa ciudad.

Toda la gente, salvo contadas excepciones, incluso tendía a desanimarme, puesto que las lluvias habían hecho intransitable el camino. Había parte de verdad, no toda.

El jueves santo salí hacia Chiclayo, ciudad que tiene el mejor nudo de comunicaciones de todo el norte del país (era cierto, en las ciudades que estuve Trujillo es una mera referencia, la gravedad cae en Chiclayo). Salimos en un bus de Moviltour, casi puntual: 2 pm. Premunido de mis cámaras y libros, subí al bus no con cierto temor: lo que había escuchado había sembrado en mí cierto temor.

Enfilamos por la carretera hacia Olmos, futuro proyecto rival de Chavimochic. La ventaja de Olmos es que tienen vertientes de aguas diversas y ya es una zona agrícola rica. Desde ahí se inicia el ascenso a uno de los puntos más bajos de la Cordillera de los Andes: Abra de Porculla. La carretera fue concesionada hace un par de años y es bastante buena, diría asombroso lo que vi. Cierto es que habían caído huaicos (deslizamientos), pero rápidamente conos de seguridad, vías alternativas o reparadas y carteles anunciando el peligro aparecían por todo lado; además la carretera cuenta con postes de seguridad para llamar a auxilio mecánico o policial, no tuvimos necesidad de éste, no sé si funcionare, pero ahí está. La carretera, para haber tenido derrumbes, estaba mil veces mejor que la Panamericana en varios tramos y el viaje fue placentero.

Sin ningún contratiempo llegamos a la ciudad de Jaén a la hora prevista. Más puntual que los inefables buses a Tumbes.

Al llegar, la lluvia caía sobre la ciudad; un fuerte chapuzón me hizo temer que la íbamos a pasar en nuestro hotel. Para suerte nuestra, el hotel se hallaba a media cuadra del terminal de buses; en una ciudad pequeña, las diferencias sociogeográficas no son tan marcadas, por lo que el hotel era mil veces mejor de lo que pudo haber pasado por mi cabeza con los parámetros de un ciudadano costeño.

Con un buen pollo a la brasa, cerramos ese día, planificando la salida para el día siguiente y tratando de hallar algo de ropa adecuada para la lluvia. No íbamos a tener necesidad de ella.

Habíamos oído de San Ignacio y el paraíso que lo rodeaba. Hacia allá apuntamos. Cuando fuimos al terminal de buses y micros, la gente nos decía que para llegar a dicho lugar te tomaba 4 HORAS. Cambiamos de opinión, había hablado con Diego, un exalumno y él me había nombrado BELLAVISTA y su interesante vista del Marañón. Tomanos un colectivo e hicimos migas con el chofer. Nos dijo que podíamos cruzar dicho río con una suerte de balsa. Era la aventura.

Llegamos con un mototaxi y vimos el caudal: era impresionante. Veíamos el agua totalmente turbia con caudal violento y arrastrando troncos de árboles desgajados por su violencia. A lo lejos vimos la nave, delgada y pequeña frente la turbulencia: o regresábamos a Jaén con eso sólo conocido o seguíamos hacia Bagua Chica. No nos amedrentamos y nos lanzamos hacia la aventura. Reconozco que hubo momentos en que temí que la lancha se volteaba. Ya me habían dicho que en la selva la vida tiene otros valores. Los estaba experimentando.
Al llegar a la orilla, descendimos y fuimos a buscar otra mototaxi que nos llevara a Bagua Chica. Por 8 soles, subimos a dicha moto y comenzo un viaje alucinante: la trocha estaba más o menos bien tenida y, de repente, aparecen unos charcos y una suerte de río acequia cargado de agua. Cientos de pequeños insectos (milpiés) pugnaban por cruzan de una orilla de la carretera a la otra, los pobres animales era aplastados por las ruedas de los vehículos que transitaban por ahí, el desgraciado de nuestro chofer apuntaba sobre ellos; pero al ver el charco, temí que el viaje acababa ahí. Como buen ciudadano de tu urbe, eres el perfecto inútil para situaciones como ésta, aterrado me aferraba a la moto mientras ésta avanzaba entre el lodo y el agua. Pronto salimos a la carretera que iba a Bagua, alucinante. Con la motito pasabas desafiante frente a buses e inmensos camiones. Pero el tráfico era bastante regular, sobre todo motos como la nuestra.
Llegamos a Bagua, el calor se hacía infernal. Bagua Chica tuvo un momento de esplendor y era, irónicamente, más importante que Bagua Grande. Pero ahora la carretera la ha "aislado", ya que tiene una sola entrada (y salida). Esta Bagua sobrevive por el hecho de ser la capital de la zona, pero a ese paso se va a convertir en un pueblo fantasma (ya casi lo es)
Al llegar preguntamos qué era lo atractivo de la zona, un chico de 18 años nos ayudó en su mototaxi. Irónicamente, este muchacho, Ricardo, tenía un buen vocabulario y manejaba bien la información. Nos contaba que su curso preferido en el colegio era Geografía; le había rendido frutos. Nos llevó hasta un lugar que es el encuentro de tres ríos: Chinchipe (que viene desde Ecuador), Utcubamba (lo había visto en Chachapoyas) y el violento Marañón; al llegar al lugar éramos parte del grupo de curiosos que veíamos las ruinas de un reciente desastre por causas de huaycos: como decía el cartel, zona de inestabilidad geológica.
Dejamos atrás Bagua Chica y nos fuimos por una buena carretera a la Grande, ahora sí en mérito a su adjetivo, más comercial, con más servicios (aunque cerrados por fiesta). Aquí almorzamos (sólo pollo, les gusta el pescado y mariscos que traen de Chiclayo, me daba mala espina) y luego seguimos con nuestras visitas; previo arreglo con un mototaxista nos fuimos al pintoresco pueblo de Cajaruro y vimos el cerro la Torita, donde hacen una peregrinación por Viernes Santo. De este lugar nos fuimos a una laguna, Burlan, la cual es maltratada por sus habitantes. En realidad, el lugar es bello, pero la gente llega con todo su servicio y luego de comer dejan la basura abandonada e incluso la lanza a la laguna, increpé a unos señores y ellos respondieron que era culpa de la Municipalidad, pero le increpé diciéndoles que ellos habían llevado la basura y lo correcto era que se la llevara, hicieron oídos sordos. Fue una situación bastante decepcionante.
Retornamos a Jaén con este sinsabor. El retorno fue tranquilo.
Este viaje quedó muy corto para ver todo lo que ofrece la zona: ríos, lechos de dinosaurios, bosques feraces, grandes plantaciones de café y mucha amabilidad.

Hay que ir otra vez.


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